Mostrando entradas con la etiqueta ancient-winds. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ancient-winds. Mostrar todas las entradas

28 octubre 2020

The Witcher (Ignis Fatuus)

Däyn cerró la puerta tras de sí y exhaló un sonoro suspiro. ¿Qué había sido eso? No tenía explicación para aquel instante de pura conexión. Las musas se habían alineado... ¡No, los planetas! ¡Una pluma!

Guía la quimera, el mundo de la fantasía,
inconsciente liberado, reino de utopía.

Soltó la pluma como si quemase. Sus ojos se abrieron aterrados y miró en derredor mientras la tormenta estallaba en el exterior. Inconscientemente, dirigió la mirada hacia los cajones del escritorio. Con la mano temblorosa, cogió la llave que pendía a su cuello y los abrió.
Todo se volvió oscuridad por un instante... Las imágenes se difuminaban en un mar de irrealidad que las distorsionaba hasta crear meros reflejos de su antigua existencia...

-No... 

¿Cómo puedes escribir a la lluvia desde el desierto?
¿Cómo puedes dejar que la inspiración fluya desde un corazón que no le pertenece?

- No... ¡No!

Y entonces tus ojos inmortales sobre los míos...

- ¡NO!


Ese último "no", a pesar de haberlo exclamado él mismo, le había dado un susto de muerte. Se había quedado frito sobre el escritorio en plena tormenta. ¡Frito! Dioses, si aún tenia la marca de la llave clavada en su mejilla... 

- ¡Eh, tú! -golpeó alguien en su camarote.

Medio atontado todavía por aquel extraño sueño, Däyn se tambaleó hacia la puerta y la abrió. Para su disgusto no era el pirata de la pata de palo, su anterior visita le había hecho gracia.

- ¡Necesitamos ayuda! ¡Al Capi le está dando una paranoia oceánica por la tempestad y está fuera de sí! Krämse ha tomado el mando y necesitamos gente en cubierta...
- ¡Pardiez, allá voy! -dijo el joven contento de no quedarse a solas con sus divagaciones y preguntándose si realmente el término "paranoia oceánica" realmente existiría...


La situación en cubierta no era nada halagüeña. El Capi lloraba sin consuelo abrazado al palo mayor, Krämse se había subido a la torre vigía y gritaba órdenes mientras... Pues mientras se le veía todo, el viento era demasiado fuerte... y los marineros trataban de estabilizar el timón para que el navío se mantuviera a salvo del oleaje... ¡Se sentía vivo!

- ¿¡Qué hago, qué necesitáis!? -preguntó lleno de energía por la siesta en la que desde luego no estaba pensando en absoluto ni considerando sus posibles significados... 
- ¡Oh, Däyn! ¡Toma el timón! ¿si? ¡Guíalos con la brújula!
- ¿La... brújula?

Tratando de obviar que "la brújula indicaba su corazón" -en eso sí había estado pensando, no como en otras cosas...- ¡Oh, basta! -exclamó para desconcierto de los otros marineros.

A ver, concentración. Krämse le pedía que guiase. Pues guiaría. ¿Sí? Sí. 

- ¡Viento en popa a toda vela! ¡Literal, el viento viene de popa! ¡Virad al sur! -ordenó.

Krämse sonrió, satisfecho, mientras aireaba sus vergüenzas feliz de tener una excusa plausible. ¿Sí?


La tormenta había amainado al fin y las aguas volvían a parecer de cristal. Capi se había calmado y parecía más alegre ahora que su Galera Roja se encontraba a salvo de la tempestad, con solo unos pequeños destrozos que lamentar y su aire lóbrego incorrupto. Bueno, eso no es que le gustase demasiado, pero le daba personalidad. Y si quería algo de las bodegas, siempre podía mandar a otro...

- ¡Capi, querido amigo! ¿Estás mejor, si?
- ¡Krämse! Mhenos mhal que no pierhdesh la calma cohn fahcilidaz! -agradeció el hombre, aliviado por tenerlo como segundo de a bordo.
- ¡Pero sí las hojas! -dijo uno de los grumetes pasándole una hoja de platanero. El hombrecillo sonrió agradecido, pero no se la puso.
- ¡Tierrha a lah vishta! -gritó repentinamente el Capi señalando al horizonte y buscando un catalejo.

En la lejanía, se divisaba un islote oculto entre la bruma que había dejado la tormenta. Däyn contuvo el aliento mientras Krämse lo miraba sin perderle ojo.

- ¿La brújula nos lleva hacia allí?
- ¡Sih!  ¡Nhoroheste! -exclamó emocionado Capi.
- Si... -confirmó el joven, ahora realmente preocupado de que ambas brújulas se hubieran sincronizado.
- ¡Entonces es momento de una tonada marinera mientras arribamos! -animó Krämse a Däyn, que se puso a improvisar lleno de inspiración por...

Sí que he visto barcos quedarse 
anclados frente a la respiración 
amenazante de lo eterno,  
o acaso ante el bramido 
colérico de la muerte...

- ¡Oh, mahraviyhoso! ¡Proshigue, muchahcho!

Y desde alguna galera sin más
brújula que la ignorancia...

No podía abstraerse en su psique de poeta con aquel tenebroso islote frente a sus cálidos ojos. Lo veía reflejado en sus pupilas, las mismas que le observaban en silencio perforándole con su ignominiosa ignorancia. Y se vio catapultado a recuerdos, a sentimientos vanos que creía no correspondidos, a la frustración de amar en silencio el océano tornasolado con la luz que reflejaba su nívea piel... 

- ¡Eh, regresa! ¿Sí?

Däyn pestañeó confundido.

- Si, esto...

Vida y muerte son eternas,
imposibles al mismo tiempo.
La naturaleza silenciosa es el preludio
de un renacimiento.
El cambio vislumbra la noche
cuajada de estrellas y la luz ancestral. 

Nunca olvidaría sus miradas. Como si hubiese lanzado una terrible blasfemia a los siete mares. ¿Eran esas sus palabras? Otra vez no...

- ¡Estoy dormido!

Los marineros le miraron estupefactos. Alguno le pareció que se quería... ¿Reír?

- ¡Paranoia oceánica!

Ahora si que la había liado.

Flores de carroña, sonidos del averno
el miedo, la duda, el silencio

Despertó en su camarote con unas esencias extrañas abrazando sus sentidos. Especialmente el olfato, pero también la vista, pues notaba los ojos resecos, el tacto, pues se sentía pringoso y el aroma se había calado en sus ropajes, y el oído, porque el tarro que contenía aquellas hierbas emitía un extraño fulgor burbujeante que dejaba un sonido curioso de describir.   

- ¡Ya despiertas! Menos mal.

Krämse estaba sentado a los pies de su camastro canturreando una cancioncilla que parecía un ritual tribal.

- ¿Qué ha ocurrido?
- ¡Ta, ta, T-dang!

El joven no sabía qué responder a eso mientras Krämse reía con sus clásicas risas convulsas y silenciosas. Al menos había renovado su taparrabos, que ahora parecía más frondoso. ¿De dónde sacaría tantas hojas de platanero?

- ¿La sacerdotisa..?

Krämse rió más fuerte y todo su cuerpo vibró al compás del silencio de su hilaridad.

- ¡La sacerdotisa! Claro que no, muchacho. ¡Más quisieras que ella fuera tu problema!
- ¿Qué significa..? -preguntó Däyn, confundido.
- El islote al que nos llevaron las brújulas es una isla Tdang. Muy tenebrosa.
- Mal rollito...
- Sí. Efectivamente. Y hace efecto en tu alma de cristal -terció el hombrecillo poniéndose serio. 
- Mi "alma de cristal"?
- ¡Los vientos, muchacho!

Däyn no entendía o no quería entender. El señorín respetó su decisión.

- Así que resulta que esa isla te afecta por lo abyecto de su legado... Porque tienes un vínculo con ella.
- ¿Soy un Tdang?
- Pues hombre, no creo... Pero esa brújula, mi sextante, la brújula de Capi...

El joven abrió mucho los ojos esperando una revelación única.

- Todas marcaban este lugar como destino. ¡Tendremos que averiguar por qué! ¿Sí?

El muchacho le miró decepcionado y Krämse volvió a reír.

- ¿Y estas esencias?
- ¡Fantosmia!

Nuevamente, se quedó sin palabras.

- ¿A qué te huele?
- Eucalipto... menta, ¿Miel?, agua marina, incluso diría que ajo... Pero tiene un aroma dulce y sutil...
- ¡Oh, interesante! A mí me huele a platanero y helado.
- ...

Däyn se levantó y miró por el portillo, espantándose. Estaban anclados en la isla, cuya arena negruzca le recordaba a ceniza y cuyas aguas parecían corruptas. Algunos marineros paseaban entre las algas rojizas del lecho marino que le conferían el aspecto de sangre. Luces que juraría que era fuegos fatuos danzaban en medio de la oscuridad... ¿Cuánto tiempo había dormido?

- ¿Por qué las brújulas nos traen hacia aquí? -preguntó intrigado.
- ¿No tienes tú la respuesta?

Cae la noche antes de que caiga.
Agoniza el aliento amarrado
al Olimpo ínfino que mana
de la ausencia inefable, tomado
por los dioses de cicuta
que no se supieron soplido
entre la maleza de tus rezos.

Cae la noche antes, 
muere el día en su retiro
de párpados.

Paseaba en solitario por la naturaleza salvaje de aquel lugar, como el resto de marinos. Explorando, descubriendo. Prefería mil veces la realidad en la que Jaime de Messacota y los demás vivían... Porque aquel islote le recordaba una vieja historia tenebrosa de venganza... Casi esperaba ver aparecer a los lobos, las figuras espectrales...

- ¡Oh, lunacy! ¡Oh, illumination!

Capi parecía un Sir Walter Raleigh con los ropajes antiguos con los que había decidido visitar la isla -para ponerse en consonancia con ella, según Krämse- recitando poemas en lenguas desconocidas. La brújula giraba descontrolada de nuevo, como si no supiera qué buscar. ¿Tal vez había demasiados interrogantes allí?

- ¡Noroeste! ¡A New Age Dawns!

Sintiendo un escalofrío, Däyn siguió al Capi y los designios de la brújula.


Dedicado a Dani, ¡feliz cumpleaños bucanero!

07 abril 2020

YYIYY IIIYYIYYIYY YIYYIYY


Escribir es tan especial... Que a veces nos quedamos sin palabras para poder mirar al pasado en busca de un futuro...



Dedicado a mis incondicionales, por todos estos años.

28 octubre 2019

Idolatress ()

La mañana les despertó con la bulliciosa animación del mercado. La noche anterior habían arribado en el fondeadero desierto de un pequeño islote abandonado, pero Krämse, con una de sus crípticas sonrisas, les habían sugerido que esperaran a la luz del día para verlo todo de un modo diferente. Y resultó curioso, porque esa luz nunca llegó. El día tenía una insólita tonalidad parda como si el amanecer no acabara de despuntar, como si se encontraran en un sueño... Incluso la luna, enorme, brillaba aún en el horizonte de la isla.

- ¡Oh! ¡Un mehrcadoh! ¡Qué delhishia! -se alegró el Capi al ver el pescado fresco y otras baratijas que podrían servir de adornos para su barco recién exorcizado. 
- Pero... anoche... 

Krämse bajó por la pasarela y con cierta dificultad le puso la mano en el hombro a su nuevo compañero de viaje.

- ¿Conoces este sitio, si?
- Yo... -musitó Däyn sin poder creérselo.
- Sólo espero que hoy se acuñe algún mote memorable. Me encantaría ver a nuestra amada reina prometida con Sir Jaime... 

Se tapó los oídos y cerró los ojos. ¿Acaso estaba soñando? 

- ... E incluso se parece a Messacotta.
- ¡Touché!

Däyn miró el puesto del que salían las voces. Una humilde cesta de truchas que dejaban mucho que desear y un saco informe alargado. Lo contempló con terror. Después observó a los que hablaban. Una joven de vivaces ojos azules con peluca y camisola y un hombre de camisa, barba postiza y un raído gorro de ala caída. Se alejó rápidamente cuanto pudo de ellos entre el gentío. El hombrecillo le siguió.

- ¡Espera!

El joven se detuvo. El señorín le seguía como podía con sus cortas piernas y casi sin aliento. Pobrecillo. 

- ¿Qué... temes?
- Yo...

Pues realmente no lo sabia. ¿Quizá el hecho de que una de sus historias, que nadie conocía, cobrase vida propia? ¿Tal vez el hecho de que la gente, aunque parecía real, tenía un extraño halo de niebla a su alrededor que les daba un toque místico y fantasioso? ¿O que el islote de pronto se había convertido en una enorme isla donde incluso había monarcas y...?

- El mercado del puerto de Abraxas es solo uno de los míticos lugares que visitaremos en nuestros viajes -terció Krämse, muy serio. 
- ¿Abraxas? -preguntó Däyn con un hilo de voz.

Esto se le estaba yendo de las manos. ¿Pero en qué se había metido? Él solo quería surcar los mares y olvidar por un tiempo los vientos de cristal y todo lo que tuviera que ver con ellos... Aunque quizás no podía escapar de su destino... ¿Verdad? 

- Supongo entonces que querrás irte antes del espectáculo de Sir Jaime Messacotta y su desnudez... -comentó Krämse mirando al ahora lejano saco que se movía inquieto.
- Si, bueno... Sería divertido pero...
- Pero aún no está escrito. No sabemos qué ocurrirá. Volvamos al barco.


Una vez todos estuvieron a bordo y el navío comenzó a alejarse lentamente, la isla se fue desvaneciendo. No como cuando uno se aleja y se va cerrando en niebla marina, si no que volvió a convertirse en un islote desierto. Däyn entrecerró los ojos. 

- ¡Pehro qué ocurreh? ¡Mis alhajash!

El Capi, que había adquirido un montón de ornamentos para su amado barco, miraba desolado un montón de arena que se deslizaba entre sus dedos. 

- ¡Ah, Capi..! ¡Los misterios del océano son tan... enigmáticos! -rió Krämse. 
- Esh la últihma vez que compro enh un puerto ilusohrio... ¡Y yo que pensabah que la leyenzda de Abraxas había cobrahdo vihda! -gimió mientras se aproximaba al timón para trazar un nuevo rumbo.
- ¿La leyenda de Abraxas? 

A ver, a ver, a ver... Él se había inventado Abraxas. Abraxas no existía. ¿Cómo qué..?

- Estás confuso, muchacho -sonrió Krämse.
- Sí... un poco. ¿Es un sueño? ¿Una alucinación? 
- Es lo que tú quieres que sea.
- ¿Y eso qué significa? -preguntó intrigado. El señorín empezó a reír convulsivamente. 
- La música de las esferas te lo contará. A no ser que prefieras hablar con la sacerdotisa...

En cuanto dijo eso, notó unos ojos castaños clavados en su nuca. Se giró rápidamente, mareándose. No vio a nadie a excepción de los bucaneros que quitaban la arena de cubierta. Se ve que muchos de ellos habían intentado adquirir mercancías...

- Te dije que notaría tu presencia -recordó el hombrecillo.
- Y que yo no notaría la suya... Y en cambio...
- ¡Oh! Eso no es importante ahora. Estáis en diferentes mundos. Diferentes realidades.

En serio, que él solo quería navegar. Y escribir un poco si tal.

- Ve a tu camarote. Reflexiona. Relájate. ¿La brújula hacia dónde marca? 

El joven miró su brújula. Oeste. Por un instante osciló al sur, pero volvió a marcar el oeste.

- ¿Y qué quiere decir..?

Se quedó en silencio. Krämse había desaparecido, lo cual era mucho decir teniendo en cuenta lo lento que se movía... Ah, no, que estaba allí, yéndose a su camarote. Seguramente había querido hacer una desaparición épica pero su lentitud se lo había impedido. ¡Qué tipo tan divertido!


Däyn regresó a su lóbrego camarote y suspiró recostándose en su lecho. El día comenzaba a nublarse, al igual que sus pensamientos. Miró hacia su escritorio, en cuyos cajones escondía sus escritos, poemas e historias inconfesables que no quería compartir con el mundo... Y otras que sí. Se levantó. Rebuscó en el cajón y ahí estaban. Intocables. Les dio la vuelta y los abrió. Olían a pergamino viejo, como siempre. Ninguna señal de haber sido manipulados por otras manos. ¿Entonces cómo podían saber Krämse y Capi lo de Abraxas? ¿Alguno de los espíritus de las bodegas se lo había contado? Rió ante sus propias elucubraciones. Posó los manuscritos en el escritorio y lo cerró con una pequeña llave que se colgó del cuello. Sintió otra vez una mirada clavada en su nuca y comenzó a buscar en la madera algún agujero por el que le pudieran estar espiando... ¿Se estaba volviendo loco, o era la locura típica del artista en alta mar? ¿Existía eso acaso?

Una risa le sacó de sus cavilaciones. Una voz femenina que le sonaba tremendamente familiar. Ay, no, ella no... Corrió a la puerta y la abrió de golpe, asustando a un marinero que se encontraba cerca. Juraría que había visto una pequeña silueta deslizándose con agilidad hacia las entrañas de la embarcación. Pues... No pensaba ir tras ella. No esta vez. ¡Que fuera ella tras él! Cerró bruscamente la puerta tras de sí y agarró la pluma. 

¡Vira, galera, hacia donde
nazcan las aguas, azar
que entre los cielos se esconde!
¡Vuela, galera, al zarpar,
henchida tu vela en revancha,
que nunca la mar fue tan ancha
ni tan bravo y vasto mi hogar!

- Bueno, mira, al menos me inspira... -pensó. La tenue luz diurna que se filtraba por el portillo le permitía admirar los prodigios oceánicos, como peces feos y rocas cuando el fondo no era demasiado profundo. Ni sirenas ni bocinas de momento... Suspiró mientras se estiraba. Un tímido golpe en su puerta le hizo levantarse a abrir.

- ¿Sí? -preguntó al ver a un bucanero con parche y pata de palo. Un clásico. ¿Tendría pantalones a rayas y un fajín? No sabía para qué preguntaba...
- ¡Ahoy! 
- Eh... ¿Chips?
- ¿¿Eh??
- Nada, nada... -contestó el joven al ver la cara de confusión de su interlocutor.
- El Capitán quiere advertiros de que se aproxima una vil tormenta prevista para estar tarde-noche. Guardaos con cuidado y no oséis asomar vuestra jeta por cubierta, ¡¡arr!!
- Vale... Gracias por el aviso.
- No es necesario, ¡Avast!
- ¿El antivirus? -preguntó Däyn con extrañeza.
- ¿Qué decís? -preguntó el marinero mirándole de arriba a abajo como si fuera un demente.
- Yo... No domino aún la jerga marinera, lo siento... -se disculpó.
- Marinero de agua dulce... -farfulló el pirata mientras se iba.

Däyn cerró la puerta y suspiró otra vez. Tenía mucho en qué pensar y una tormenta no era lo que más le preocupaba en ese preciso momento. Un rato más tarde, viendo la calma de las aguas, decidió desoír la petición del bucanero y subir a cubierta en busca de aire fresco. Cuando llegó a popa vio una dantesca escena en la que el Capi lloraba a mares -nunca mejor dicho- lanzando maldiciones a los cielos culpando a la tormenta de todos sus males. No sabía que conocía palabras tan fuertes...

- ¿Qué ocurre? -preguntó mirando al horizonte, donde un precioso e inspirador atardecer se reflejaba a través de las nubes en las aguas, que parecían un cristal.
- Capi perdió su embarcación en una terrible tormenta que nos dejó varados en una isla, justo donde conocimos a Krämse... Aún no lo ha superado -musitó un marinero. 
- May the vessel of your life never float in the sea of existence! May you die! What have you done! -profirió el Capi completamente enajenado.
- ¿Pero qué..?
- Si, habla lenguas extranjeras a la perfección. ¿Quién lo hubiera dicho? Si apenas sabe pronunciar la nuestra... Pero claro, ha viajado mucho y eso...

Un trueno resonó en la lejanía y Capi estalló en lágrimas.

- This is all out war, they got us outnumbered, they way the swords clash is the sound of the thunder... -canturreó Krämse, que apareció de la nada. Däyn le miró sin saber qué decir. And we are not going under, we will never run for cover! ¿si? -le dijo sonriendo con su taparrabos agitándose peligrosamente con la brisa que cobraba fuerza.

- Bueno... Yo me voy a refugiar del drama... -disimuló Däyn intentando huir- Si necesitáis achicar agua o algo...
- Sí, sí, muchacho, ve a resguardarte, esto es solo para hombres de verdad -respondió uno de los piratas.

¿Qué demonios insinuaba? Entrecerró los ojos pero antes de poder reaccionar, se cruzó con su mirada. El mundo se ralentizó. Parpadeó, pero ya no estaba. Los gritos desgarradores del Capi rompían el bonito crepúsculo. Qué lío, no sabía ni cómo sentirse. Lo mejor era regresar a su camarote y esperar que la tormenta arreciase.


Dedicado a Dani, ¡feliz cumpleaños bollu!

28 octubre 2018

Rara avis

El sol ardía radiante en el firmamento creando hermosísimas iridiscencias en el océano. Un nuevo comienzo. Däyn respiró con fuerza el aire con olor a salitre y se sintió renovado. Se acercó al muelle observando los navíos que allí se encontraban hasta que uno en particular llamó su atención. Era un barco restaurado, recién pintado y en un estado envidiable... Y sin embargo, le daba la impresión de tener algún oscuro y tenebroso pasado. Sacudió la cabeza y sonrió. ¿Quién podría tener pensamientos sombríos en un día tan brillante?

- ¡Arriad las velash! ¡Rumboh a la afventuhra!
- ¡Pero si aún no partimos!

El joven miró hacia el lugar de las voces y vio a un señor con pinta de capitán y un pendiente de aro en su oreja izquierda que parecía muy ufano. Los ojos le brillaban y contemplaba con admiración su nave con un orgullo difícil de describir. 

- ¡Buenos días! -saludó Däyn acercándose. Por un momento, se sorprendió al ver aparecer del interior de la embarcación a otro señor bajito con un taparrabos hecho de hojas de platanero que le hacía parecer un nativo de tierras lejanas.
- ¡Holah, muchaxo! ¿Qué deseas? -preguntó con voz gangosa.
- Bonito barco, señor... ¿Es suyo?

El Capi sonrió orgulloso y señaló al navío.

- Eshta esh la Galera Roja.

El corazón de Däyn dio un vuelco. ¿"La Galera Roja"?

- ¿Por qué ese nombre? -cuestionó.
- El Bucanhero de Fhuegoh en rehalidaz es un antighuo bharco pertenehcienteh a losh pihratas Tdang, pero tras unah afventura en alhta mar lo hicimosh nuesstro. Estaba en un eshtado dehplorableh el pobrecihto, pero lo hemosh restaurahdo y cambiando de nombre rehspetahndo su pasado... ¡Y ahora es una vahliente embahrcación que nosh llevaráh a mil y un aventurahs! Tiene ciertho rastro de tehnebrohsidad en lahs bodeghas y eso... pero ya lo iremos soluhcionahndo poco a poco -sonrió confiado.
- Nada "precupante" -corroboró el hombre del taparrabos.
- ¿Y tú quién eres, jovencito?
- ¡Oh! Me llamo Däyn, soy... Bueno, me encanta el mar. Un viajero...
- Me llamo Krämse.

El hombrecillo del taparrabos había bajado por la escalinata del barco y le daba la mano afectuosamente. Le miró largamente y le pareció que sus ojos le atravesaban el alma, como si pudiera leer en su interior... No, no, no, estaba allí precisamente para olvidar todo aquello, para cambiar de aires y rumbo. Un nuevo comienzo.

- Este chico me gusta. Tiene un pasado interesante a juzgar por su mirada y sería un marinero de primera, ¿si? ¿Quieres unirte a nosotros, si? -le preguntó con una sonrisa.
- ¡Querido Krämse! ¿Eshtáis sehguroh? Nuehstra tripulación...
- … Necesita un poeta, un artista, ahora que varios de sus miembros han decidido poner tierra de por medio. Jajaja -rió su propio juego de palabras- necesitamos jóvenes deseosos de aventuras.
- ¿Sabhhéis tohnadas marinehras?

Däyn miró al hombre del pendiente.

- Yo...
- Me llamoh Capi, phor ciertoh, shoy el capitáhn de eshte bfarco. Aunque Krämse tamhbién es capitán, pero me dejah ejjercer el mandoh porque asíh puebde dishfrutar de la brisah marina... ¿Y esa tonada?

No sabía qué hacer. No conocía canciones de piratas más allá de "Yo, ho, ho y una botella de ron" pero seguro que no era eso lo que querían... ¿Y si les recitaba alguna poesía de las suyas?

"¡Madera bajo mis botas!
¡Conciertos de artillería
bravía en funestas notas!
¡Ondea la epifanía
del fin de la jerarquía
bruñida entre pergaminos, 
que arpías y libertinos
tomaron por pleitesía!"

Parecía haber captado su esencia. Todos los marineros le miraban boquiabiertos.

"¡Ya ruge nuestra amnistía!
¡Sucumben los calabozos
en la acuática homilía
de piratas y sollozos!
¡Y alzados entre los trozos, 
velamos el cementerio
que atestigua que un imperio
se consume en sus esbozos!"


Silencio absoluto.

- Se... llama "Homilía pirata..." -dijo con cierta timidez.
- ¡FASCINAHNTE! ¡Qué ohbra de arte! ¡Qué arhtishta entre nuestrhas filas! -aplaudió Capi encantado.
- Me gusta mucho, ¿si? ¿Te unirás a nosotros? 

Däyn asintió emocionado. ¡Por fin podría hacerse a la mar!

- ¡Yha verás quéh bfien! ¡Thal ves enconthremos sirehnas... ¡¡o bohcinahs!! -rió el Capi ante su propio chiste. Däyn soltó un bufido de risa. ¡Qué señor más ocurrente!
- Te advierto de que vamos en busca de serias aventuras, tesoros ocultos y navegaremos por sitios peligrosos... Pero seguramente tu magia interior nos será muy útil...
- ¿Eh?

Krämse le sonrió y empezó a reírse compulsivamente al compás de todo su cuerpo. Däyn alucinaba, ¿Dónde se estaba metiendo?

- Ocultas secretos, muchacho, y está bien. ¿Dominas los vientos de cristal?

El joven se puso en guardia. ¿Quién era ese señor y por qué sabía eso sobre él?

- No te "precupes", todos tenemos nuestros enigmas. Mira, ven. 

El hombrecillo le invitó a subir a la nave y Däyn, tras ver la mirada de aprobación del Capi, que parecía encantado con su nueva presencia en el barco, le siguió. El señorín le llevó hasta su camarote, que estaba adornado de forma muy particular, con objetos recogidos de los lugares más recónditos del mundo y algunas conchas marinas que reconocía de las cercanías. Incluso tenía unos pequeños arrecifes en un acuario... Pero lo que realmente captó su atención fue un magnífico astrolabio que guardaba encima de la mesa custodiado por un cristal.

- ¡Oh... qué maravilla! -admiró con sinceridad.
- Es mi astrolabio de Hiparco de Nicea. Un sextante de lo más particular y antiguo. 
- El matemático y astrónomo griego... -recordó Däyn mientras lo observaba detenidamente.
- Sabía mucho de constelaciones, ¿si? Como tú.

Däyn le miró y Krämse sonrió enigmáticamente. 

- El universo... un pequeño cosmos a escala...
- ¿Cómo..?
- ¡Oh! ¿Tienes la brújula? 

Aquello era demasiado. ¿Cómo podía saber..?

- Nuestro capitán también tiene una. La suya indica el noroeste -dijo mirándolo significativamente. Sintiéndose más seguro, Däyn rebuscó en su capa y sacó su propia brújula. En aquel momento estaba detenida marcando el norte.
- Bonita pieza. Mágica, ¿si? Indica tu corazón, ¿no?

No sabía qué decir. 

- Tranquilo, estás a salvo aquí. Tal vez no de la sacerdotisa del navío, pero de todos los demás si. Solo son marineros, Capi es su capitán y buscan tesoros.
- ¿Hay una... sacerdotisa?

Oh, no.

- ¡No pasa nada! Ella ni siquiera lo sabe. Trae mala suerte tener mujeres a bordo, ¿si? Pero Capi siempre ha sido un aventurero y nada supersticioso. Ni notarás su presencia, oh, aunque ella si que notará la tuya...
- No se si esto es buena idea... -titubeó Däyn.
- Tranquilo, es invisible a los ojos. No te hará daño.

Definitivamente, no entendía nada.

- Tú olvida lo que te he dicho, ¿si? Vamos a preguntar a Capi cuando quiere partir, ahora que por fin has llegado para unirte a nuestra tripulación.
- ¿Me esperabais?

Krämse le miró y por un instante le pareció que era consciente de que sin querer había hablando demasiado. 

- A un artista. Los viajes son aburridos sin algo de sesera a bordo, ¿si?


Unas horas más tarde se reunieron por fin en cubierta y desamarraron el barco. Al principio comenzó a surcar los mares con lentitud, alejándose del puerto que le había visto renacer.

- ¡Llehvaba thanto tiempo en losh astihlleros! -suspiró el Capi, encantado de volver a navegar- ¡No había quiénh exhorcizahra a esos eshpírituhs! 
- ¿Qué?

Varios marineros se giraron, asustados, mientras el Capi tomaba el timón.

- ¡Ooh! ¡Es un dhecir! Como erah de losh Tdagn… -disimuló moviendo el navío distraído mientras miraba su brújula. 
- ¿Había espíritus a bordo?

Nadie contestó y todos comenzaron sus labores. ¿Tendría que arrepentirse de haber partido a la aventura?


La noche estrellada y el mar el calma serenaban sus pensamientos. Le habían asignado un bonito y tranquilo camarote en lo más profundo del barco, donde las aguas susurraban sus misterios a la vieja madera de la embarcación, que mantenía su aire lóbrego a pesar de la restauración y los alegres adornos de los que la habían provisto, como Capi había mencionado. En realidad lo notaba en su atmósfera... "El Bucanero de Fuego", ¿Quién lo hubiera dicho? Sacó su brújula, que giraba de nuevo incontrolada hasta que señaló un punto perteneciente a un islote cercano que podía ver a simple vista.

- ¡Eh! -gritó al muchacho de la torre vigía. No estaba. Miró a su alrededor y decidió subirse a una cofa en busca de algo que le dijera por qué la brújula señalaba ese lugar. Miró guiándose por la luz de las estrellas y lo que vio le dejó sin aliento.


Dedicado a Dani, ¡feliz cumpleaños Licaón!

28 octubre 2017

Kiss the Void

Los vientos de cristal le guiaron hacia una hermosa isla rodeada de niebla. Las brumas eran muy densas y no podía vislumbrar en su interior. 

No podía vislumbrar en su interior.

No

¿Qué ocurría? El veía lo mismo que ella, siempre. Desde otra perspectiva, pero siempre lo mismo. ¿Por qué solo veía el océano rompiendo suavemente contra la orilla y no el interior de aquel lugar? ¿El viaje solo había reflejado sus sentidos más profundos?

Cerró los ojos tratando de percibir con el corazón y mágicamente se hizo la visión. Los trinos de los pájaros, el susurro del viento en los árboles y las olas... Se guiaría por sus sentidos en su busca.


Paseaba por la playa disfrutando de un paisaje que él no podía ver. En algún momento sus pasos dejaron de oírse en la arena y los sintió orientándose hacia la espesura del bosque, que parecía llevar al interior de la isla a juzgar por el ramaje y la espesa vegetación. Podía tocar flores y bayas, y la naturaleza era tan salvaje y gloriosa que apenas podía avanzar, pero sentía las runas de su mano brillando y abriendo el camino. Las mismas runas adornaban los árboles y sus símbolos le aportaban calidez a la niebla. 

Sentía que aquella joven perdería algo esencial si proseguía. Aquel pensamiento le detuvo por un instante, pero ella seguía hacia el interior de la bruma y no podía dejarla sola. No podía abandonarla a su suerte. Era su guía. Las runas se iluminaban ante su incertidumbre. ¿También tendría aquella rara sensación de irrealidad?
Las hojas resplandecían mientras sus pensamientos se oscurecían sin motivo... Temía que la belleza vacía del lugar la engañase para querer descubrir sus más profundos secretos y su terrible verdad... No podía controlar su recién descubierta pesadumbre, la maldición se la llevaría consigo y ni siquiera parecía presagiarla... pero él sí. No quería eso para ella.

Däyn llegó cerca del último árbol que tenía tallado una runa y sin que lo esperara ella se giró. Le miró a los ojos y su corazón se paró un instante, pero descubrió que ella solo veía la niebla. Había perdido la visión. Miro hacía el árbol y volvió a caminar hacia la profunda Nada. ¿Qué hacía?

Entonces lo sintió. Una fuerza oscura que atraía negatividad como un agujero negro. La niebla parecía aún más densa y las runas de los árboles se habían apagado. ¿Qué significaba? ¿Qué veía ella, que parecía encantada? Entendía que su personalidad atraía a la oscuridad en busca de iluminación, pero aquello era un craso error... Quiso gritarle, quiso apartarla, guiarla hacia la verdadera luz y la interpretación de sus runas... Oía el mar rompiendo contra el acantilado. No creía que la joven entendiera qué era aquella isla y por qué estaba allí. Ni que su viaje no acababa en aquel lugar maldito a donde no pertenecía y que él conocía muy bien. La bruma cubría cada vez más el paisaje y vio como la joven miraba el acantilado. ¿No veía lo que ocurría? ¿Qué aquel palacio que contemplaba no era el castillo digno de una princesa, sino una prisión? El ente oscuro no dejaba de mirarla y ella sonreía. No entendía por qué no leía las runas de su mano y veía que no era su ser o que ilusión obnubilaba su juicio para no huir. La horrísona cadencia de su alrededor dolía al oído, ¿y no era ella una amante de la música? No era su sino, nunca habría soñado eso ni debía olvidar la auténtica magia. La miró, a punto de errar en la isla que la maldeciría un tiempo, sin poder volver atrás.

Tenía que guiarla a la luz y a su verdadero destino.


Dedicado a Dani, ¡feliz cumpleaños escritor!

28 octubre 2016

The Lotus Veil

El roquedal en el mar al que le llevaron los vientos de cristal le dejó sin palabras por su hermosura. El sol brillaba con fuerza sobre la superficie del océano creando unos brillos que le inspiraron mil poesías en un solo instante sobre aquel precioso arrecife a flor de agua y la misteriosa cueva que se encontraba justo detrás de él. Oía los cantos de sirena que habían llevado a la joven hasta su interior, pero ni podía ni deseaba dejarse guiar por ellos. O tal vez si... pero sabía que esa no era su misión. Había escogido ser el guía secreto, oculto en las sombras. Sonrió ante este pensamiento mientras miraba cómo le iluminaba el sol.

Miró hacia la cueva. Däyn caminó lentamente por la arena como hipnotizado, ya que como artista no podía ignorar la belleza de aquellas voces y sus melodías. Penetró en la cueva y se fijó en que sus paredes brillaban tenuemente con la luz solar  y el mar las rozaba de cuando en cuando, haciendo que cambiaran levemente de tonalidad. Una brisa fresca fluía por doquier y sabía que se volvería más fría si proseguía avanzando hacia la envolvente oscuridad. La melodía instrumental le atraía magnéticamente pero no quería escucharla. No podía. No debía dejar de escuchar el mar, su verdadero destino. O eso creía.

Sin pensarlo dio la vuelta sin mirar atrás. Se sentía como Orfeo y no quería correr su mismo destino. Crearía sus propios misterios. La cueva y lo que ocurría en su interior... En fin, no quería pensar, solo dejarse llevar por la belleza del océano y esperar a que la joven regresara cuando dejara el pequeño universo a escala en manos de sus verdaderas dueñas. Aún quería ver cómo cobraría vida para ver el cosmos, las nebulosas y toda la magia que encerraba en su interior, sus sueños y visiones... Suspiró.
Entonces lo vio. Él era su guía, esa era su misión. No podía caminar en la oscuridad sin él. Volvió a la cueva y se adentró en su interior. Dejó de oír el mar y se movió en las sombras guiado por el misterioso brillo de las paredes de la cueva, que parecían estar iluminadas con luz propia procedente de la propia roca. Llegó a un estrecho sendero, donde las voces se oían cada vez más nítidamente y cuando la cueva comenzó a ensancharse se detuvo. En aquel espacio abierto las paredes brillaban con más fuerza que nunca y no podía verle. La joven estaba en trance contemplando a la nada, pero el intuía lo que veía. Nunca lo sabría...
Solo tuvo un instante. Cuando su corazón le dijo que la visión de la joven comenzaba a difuminarse cerró los ojos y tomó su lugar convirtiéndose en un brillante punto de luz. Ella nunca lo sabría y creería que su guía era otro, pero no importaba. Su destino era más valioso que eso, ¿no?
Se situó a su lado como un espíritu guía contento de poder volver a mirarla por fin a los ojos, aunque ella no lo supiera. Ni siquiera se conocían aún. La joven escogió uno de los caminos que se abrían en aquella estancia y aparecieron en otra amplia oquedad. Ella seguía viendo imágenes con sus ojos ciegos que le eran ajenas y solo vio cómo alargaba la mano quizá para tocarla. Algo la hizo arrepentirse porque simplemente dejó su palma abierta hacia el cielo. Las runas de su mano comenzaron a brillar mientras unas sacerdotisas surgidas de otros caminos comenzaban a desfilar a su alrededor. Algunos símbolos escaparon de sus manos y comenzaron a flotar a su alrededor. Cada sacerdotisa tomó uno a su cargo hasta que solo unos pocos quedaron grabados en su piel. Una sacerdotisa, la portadora del oráculo, se acercó y la miró. Se contemplaron mutuamente como si trataran de leerse los pensamientos y la sacerdotisa la tomó de las manos haciendo que sus runas se iluminaran con más fuerza y el pequeño universo del cofre surgiera de entre las sombras cubriendo toda la escena. Justo lo que Däyn deseaba volver a ver una vez más.

Tras contemplar aquella maravilla, las sacerdotisas se alejaron y solo quedó el oráculo en silencio sosteniendo sus manos. El universo fue disminuyendo hasta volver a ser una miniatura y la joven, con sus manos ya liberadas, lo hizo flotar con su energía. Aquel cosmos pertenecía a ese lugar y la sacerdotisa debía custodiarlo. Se lo ofreció y el oráculo tendió la mano para que se moviera hacia ella. Entonces Däyn se dio cuenta. La sacerdotisa y la joven eran una sola. Ambas estaban perdidas en sus recuerdos y leyéndose mutuamente los pensamientos. Él no podía ver las imágenes pero si sentirlas, por lo que comenzó a girar alrededor de ellas haciendo que se convirtieran en pequeños haces luminosos que flotaron por la sala creando una pequeña lluvia de estrellas para después desvanecerse en la oscuridad. Quería verlas sonreír y lo logró, pues la sacerdotisa le sonrió por hacer que las paredes de la cueva brillaran con luz propia tras la lluvia. La caja con el universo flotó suavemente hasta sus manos y él supo que por fin regresaría a su precioso altar, desde el cual podría moverse con libertad por la cueva, su auténtica esencia. De pronto vio una potente luz y notó cómo dejaba de ser un punto de luz para volver a ser él mismo. Cerró los ojos y cuando los abrió estaba fuera de la cueva, frente al mar y detrás de ella. Su corazón latió con fuerza, no podía verle y arruinarlo todo. Una ráfaga de aire meció con fuerza los cabellos de la joven, que se dejó abrazar por los vientos antiguos para ser llevada a su último destino sin siquiera percatarse de su presencia.

Däyn suspiró aliviado en cuanto desapareció. Oía la voz de la sacerdotisa y el sonido del mar. Tenía demasiados pensamientos que meditar antes de escoger acompañarla con los vientos de cristal...


Dedicado a Dani, ¡feliz cumpleaños majo!

28 octubre 2015

Karma

Los vientos de cristal le llevaron junto a ella al paisaje de nieve. El frío era intenso y lo único que podía oír era el sonido del viento a su alrededor. La vio caminar lentamente y el aire le trajo el conocido sonido de las campanillas que se movían con la brisa helada al compás de una dulce melodía que revelaban la cercanía del pueblo. Hacía muchísimo frío aquella noche y Däyn se arrebujó en su capa al mismo tiempo que lo hacía ella. Imaginó que también notaba aquella sensación de hielo en su rostro y manos, que quedaban al descubierto al igual que las suyas. 
Pronto vio el hermoso pueblecito entre las dunas de nieve, que a la suave luz de las estrellas brillaban con tonos azulados y enigmáticos. Cuando se acercó pudo ver que aquella noche sus habitantes no osaban permanecer fuera junto al viento helado. Däyn se ocultó tras una de las casitas y observó los movimientos de la joven. Ella fue hacia el totem en medio de la aldea y el joven se preguntó si conocería los símbolos que para él eran un misterio. Vio cómo los dibujaba con los dedos para después dedicarse únicamente a contemplarlos. El frío era tan intenso que creyó que se convertiría en una estatua de hielo si la joven decidía no moverse. Ella debió pensar algo parecido ya que se alejó del totem para ver las pieles que narraban la historia del poblado.

Una luz brillante lo distrajo por un momento y miró hacia el cielo. Una aurora boreal comenzaba a reflejarse por todo el firmamento. Era muy bella, quizá la más intensa que había visto jamás, con sus tonalidades vivas que recordaban a miles de arco iris. Miró el rostro de la joven, que parecía embelesada con tanta hermosura. Sonrió y la contempló junto a ella sin que lo supiera hasta que al cabo de un tiempo la aurora boreal desapareció sin dejar huella. 

El viento arreciaba y la joven decidió proseguir su camino entre las casas. Däyn la seguía cautelosamente en silencio, aunque sabía que el sonido del viento cubriría cualquier ruido que pudiera hacer. Justo en ese instante pisó una rama, que crujió bajo sus pies. La joven no pareció percatarse. 
Por fin llegó al extremo del poblado y vio el puzzle. Cogió una de las piezas, la que tenía grabada un sol, y a Däyn le dio la impresión de que la posaba sobre la nieve sin pensar. Después tomó la que tenía una estrella y la dejó a su lado. El joven vio cómo meditaba con la pieza de la luna para luego unirlas formando una estrella. Ambos sonrieron mientras la luz iluminaba el rostro de ella, lo había logrado. El puzzle relució y se abrió la pequeña oquedad. La joven tomó la caja de madera con adornos de cristal y al retirar la tapa vio que estaba vacía. La cerró y Däyn sintió que ella notaba aquella sensación de que algo pesado se movía en su interior. Volvió a abrirla y encontró la reproducción en miniatura del universo. Trató de tocarla, pero sus dedos helados la atravesaron, aunque si consiguió que flotara en su mano y se moviera con la escasa calidez que irradiaba su piel. Däyn la contempló admirado. Era más poderosa de lo que había imaginado. 

Una ráfaga de viento hizo que la joven alzara la vista y guardara la caja entre los pliegues de su túnica. Los vientos antiguos la reclamaban para llevársela a su próximo destino. Däyn esperó un instante a que desapareciera y la acompañó con los vientos de cristal.


La ciudadela medieval, hogar primigenio del Pueblo de las Dunas, era un lugar hermoso y fascinante. Däyn se ocultó tras una gran columna y aguardó. Vio que la joven contemplaba el enorme patio central y las ventanas que lo rodeaban. Tras ello, fue hacia la torre del reloj que custodiaba el patio y se fijó en las estatuas que lo guardaban. Debía de gustarle mucho la arquitectura del lugar, o simplemente deseaba conocer en profundidad todos los lugares que los vientos antiguos le mostraban. Al fin y al cabo era su camino, el destino al que estaba ligada. 
La joven comenzó a fijarse en las gentes que se movían por la ciudadela e inconscientemente Däyn se echó la capucha por encima. No quería que le viera, entre tanta perfección. Aquellas gentes parecían de otra época y realidad, pues eran tan elegantes y refinadas que encajaban a la perfección con la majestuosidad del lugar. Por alguna razón le hacían sentir pequeño e insignificante, mientras que a ella parecían hacerla brillar con luz propia. Mientras cavilaba, la joven comenzó a moverse y atravesó el patio hasta traspasar una puerta y desaparecer de su visión. Däyn suspiró. No podía acompañarla hasta allí sin que los sabios de la ciudadela se percataran de su presencia. De hecho, ya había ocurrido. Uno de los sabios, de ojos castaños y apuesto porte, se acercaba a él. Algo en su mirada le hizo quedarse estático en el lugar. Sentía que no hacía nada malo, solo era el guía secreto de una joven que debía cumplir su destino.

Cuánto tiempo había pasado, no podría decirlo. El tiempo había dejado de fluir durante milenios, quizá solo décimas de segundo, tal vez un instante más del que dura la eternidad. Däyn se perdió en los ojos del sabio, que le mostró tantas visiones y recuerdos que pensó que no sería capaz de volver a ser la misma persona que era cuando sus miradas se encontraron. Entre las profecías, las ilusiones y los espejismos encontró una pequeña parte de su esencia que había estado olvidada en su interior. Sonrió agradecido y parpadeó. El sabio ya no estaba a su lado. 

El joven paseó entre los muros de la ciudadela, esperándola. Admiró los capiteles tallados de las columnas, las estatuas que adornaban el patio y los grabados en lugares emblemáticos. Aquel lugar tenía una historia grandiosa que se remontaba muchos siglos atrás. Däyn sonrió con dulzura cuando llegó a la base de la torre del reloj. Un hueco revelaba un espacio donde su talla encajaba a la perfección. En aquel momento percibió una sensación extraña en los oídos. Alguien se acordaba de él. 
Tuvo la sensación de que la joven se acercaría pronto, así que volvió a ocultarse tras una de las grandes columnas. Como presagió, ella regresó al patio central y caminó hacia la torre del reloj. Encontró sin dificultad el hueco en la base y dejó allí su talla tras sonreír a los sabios. Uno de ellos, de ojos claros, la llamó por el verdadero nombre de su alma, lo que provocó un escalofrío en Däyn. Vio cómo las runas de su mano se iluminaban al contacto con la piel del sabio, cuya mirada era indescifrable. El joven sintió cómo el pequeño universo a escala cambiaba. Algunos planetas formaron conjunciones, una estrella fugaz cruzó parte de aquel cosmos y una nebulosa cobró vida. Supuso que ella también lo había sentido. Un viento helado acarició su rostro y la joven se dejó llevar de nuevo en su abrazo.

Los sabios le miraban fijamente, aunque no se había dado cuenta hasta unos instantes más tarde. El de ojos castaños le sonrió y se retiró, pero los otros dos avanzaron hasta él. Däyn se quitó la capucha y se dejó ver. Su pelo ondulado se movía con la fría brisa y por un instante se sintió empequeñecido ante los poderes de aquellos eruditos. Sonrieron como si adivinaran sus pensamientos y le guiaron hasta la puerta que la joven había cruzado sin él. Däyn les miró y supo que querían que descubriese aquel lugar por si mismo. Con otra sonrisa, los sabios inclinaron la cabeza y se retiraron.

Descendió por unas escaleras y traspasó otra puerta. Llegó hasta un patio con una fuente enorme en cuyo centro había una estatua de mármol que manaba agua incesantemente. Más allá había unos inmensos jardines parcialmente ocultos por la niebla, que se hacía más densa por momentos. Antes de que estuvieran totalmente cubiertos, el joven caminó sin rumbo hacia ellos, buscando aquello que debía ser suyo. 

Aquellos jardines eran laberínticos. El frío comenzaba a apoderarse de él y de nuevo se echó la capucha sobre la cabeza, esta vez para resguardarse de la brisa helada. Su aliento formaba pequeñas nubes con su respiración y la niebla le hacía errar por aquellos intrincados pasadizos. No entendía cómo las flores consentían en brotar con aquella helada, ni cómo la niebla las hacía aún más hermosas, cuando debía ser el sol el que las... hiciera florecer. Contempló las flores. Eran muy variopintas. Madreselvas, rosas, orquídeas, heliotropos, mimosas, pensamientos, artemisas, lirios... Aquel jardín era su alma, no había ninguna duda. Y precisaba del sol para iluminarlo. 

Lo había entendido.

Däyn sonrió y encontró el camino de vuelta hasta el patio de la fuente. Desde esa perspectiva, pudo vislumbrar un pequeño elemento que brillaba misterioso a la luz de la niebla. Era una madreperla. La tomó en sus manos y volvió a sonreir. Ya sabía dónde encontrarla.



Dedicado a Dani, ¡feliz cumpleaños salao!

28 octubre 2014

Crystal winds

El aire nocturno era tan puro y helado que por un momento solo pudo pensar con nostalgia en la calidez de los hogares de las gentes que habitaban en el desierto. El sonido de unas campanillas le alejó de sus pensamientos y le hizo recordar su misión. Däyn avanzó entre la nieve dejando huellas de sus pasos, que formaban un sendero irregular debido a que trataba de buscar en vano algún atajo entre las dunas que le llevara al hermoso pueblecito que se ocultaba entre ellas. 

Cuando llegó al lugar vislumbró a algunas de sus gentes que se reunían en torno a una alegre hoguera para asar los salmones que habían pescado en uno de sus agujeros en el hielo. Al verle, sonrieron abiertamente y le indicaron por señas que se acercara, pues sabían que no compartían la misma lengua. El joven se aproximó y pudo ver que se encontraba en medio del poblado, donde se alzaba un tótem cuya base tenía grabados símbolos lunares y zodiacales, mientras que el resto estaba tallado con símbolos que le eran desconocidos. Uno de los niños de la aldea le cogió de la mano y le hizo acercarse hacia unas pieles dibujadas que estaban sujetas con trozos de madera. Las señaló y según dedujo comenzó a contarle la historia de su pueblo desde sus orígenes. Lástima que no pudiera entenderlo. Cuando hubo acabado, una niña se acercó y le ofreció amablemente un trozo de pescado. Däyn lo aceptó y se unió al resto del poblado, que aquella noche cenaba a la luz de las estrellas. 

Después de la cena, uno de los hombres le dio unos trozos de madera y le guiñó un ojo. Eran gentes intuitivas y sabían perfectamente lo que hacía allí, seguramente porque su chamán era capaz de ver más allá del velo de la visión humana. Caminó entre las casas y en uno de los extremos de la aldea decidió ocultar la caja para que le fuera revelada llegado el momento. Demostraría que era digna de su contenido si lograba resolver el puzzle. El joven unió las piezas sobre la nieve, que brillaron al estar juntas, se abrieron y formaron una oquedad en la que escondió la caja. El puzzle se cerró sobre si mismo y sobre la madera aparecieron tres dibujos, uno en cada pieza: un sol, una estrella y una luna. Däyn deshizo el puzzle y dejó los fragmentos en la nieve. 

Era el momento de ir tras ella. El viento comenzaba a levantarse con fuerza y había empezado a borrar las huellas que había dejado anteriormente en la nieve. Aquello le recordó que en su viaje hacia el norte había conocido a un sabio que le había mostrado una interesante forma de desplazarse... los vientos de cristal. Con una sonrisa, se concentró y al poco tiempo unos finísimos cristales aparecieron ante el danzando. La luz de las estrellas los hacía brillar místicamente, y, mientras contemplaba su belleza, se dejó llevar en su abrazo... 


El lugar era muy oscuro y no había luna. La única luz que podía guiarle era la antorcha que custodiaba la entrada a la cueva. El silencio era profundo, debía moverse con cautela si no quería que le descubriera, aunque en el fondo quería hablar con ella. Quería contarle todos aquellos misterios, ser su guía en el camino... pero sabía que no podía, era un... 
Unos pasos le apartaron de sus cavilaciones. Se acercaba. Se escondió a un lado de la cueva, no podría verle entre tanta oscuridad siempre que se alejara de la tea. Justo en aquel instante, salió mientras el viento la reclamaba para llevarla al norte. La contempló mientras desaparecía con los símbolos de su destino grabados en la mano...



Dedicado a Dani, ¡feliz cumpleaños poeta!

28 octubre 2013

Beyond the dawn

La luna crepitaba en el firmamento, aún iluminado por el cálido sol del atardecer. El viaje se estaba demorando ya demasiado tiempo, pero sabía que su fin se acercaba. Y eso no era más que el inicio de la aventura.

Däyn caminaba a través de los bosques de madreselva meditando. El desierto debía estar muy cerca, pero la brújula no le guiaba hacia su destino. Solo se movía desorientada, quizás fruto del magnetismo. Tenía que llegar antes del anochecer, así que cerró los ojos y se quedó inmóvil. El viento susurraba entre los arboles la dulce melodía de la naturaleza. Con los ojos cerrados, continuó avanzando. 

Alcanzó el desierto cuando las primeras estrellas comenzaron a brillar. La brújula volvía a oscilar sin rumbo, de modo que decidió guardarla. Este viaje debía realizarlo por si mismo. 

Los últimos rayos de sol relucían entre las estrellas cuando llegó al Pueblo de las Dunas. Las casas de piedra, repletas de antiguos grabados y complejos símbolos solares y adornadas con piezas de orfebrería parecían muy acogedoras. Sus habitantes le dieron la bienvenida y le invitaron a pasar la noche en una de las moradas más alejadas. Sabían que necesitaba estar solo para dedicarse a su labor.

La noche transcurrió plácidamente mientras labraba su talla. Debía grabar todos los secretos de aquel reino en el desierto, la historia de sus orígenes y todos los enigmas que ocultaba. El amanecer ya había dejado paso a un cálido y hermoso día cuando la vio aparecer en la lejanía. La llevaba esperando fuera desde que el sol comenzó a brillar en el horizonte. Le sonrió y señaló la pieza que estaba creando. Mientras la joven se acercaba, un espejo movido por la brisa reflejó la luz solar desde una de las paredes y Däyn quedó deslumbrado. Cuando el espejo regresó a su posición original, vio su aspecto envejecido. Había vertido parte de su alma en aquella pieza, era lógico. Pronto volvería a ser joven.

La muchacha llegó hasta él y contempló su talla. Veía por su mirada que la entendía, y que no se le escapaba ninguno de sus detalles. Después le miró, y percibió que notaba que en realidad era alguien joven. Le sonrió a su vez y le ofreció la pieza. Debía trasladarla a su lugar original. Cuando la joven la tocó pareció entrar en trance. Su mirada se perdió, estaba alcanzando la iluminación. Tardaba en reaccionar, por lo que Däyn le rozó la mano, apartándola de sus pensamientos. Volvió a sonreirle y vio como ella se daba la vuelta y contemplaba a los habitantes del pueblo, que habían comenzado su jornada hacía tiempo. Tal vez no se había dado cuenta antes. Le miró de nuevo y le tendió la talla, pero se la devolvió con una sonrisa, era para ella. En algún momento lo comprendería, debía custodiarla hasta entonces. El viento comenzó a arremolinarse entre ellos lentamente, debía partir. La muchacha cerró los ojos, se unió al viento y desapareció en su abrazo. Suspirando, Däyn se acercó a los habitantes del desierto y contempló como se dedicaban a su artesanía, aparte de conversar con ellos. 

Después del mediodía, decidió que era hora de emprender el camino de regreso, por lo que se despidió de aquellas gentes tan amables. Sin embargo, mientras se alejaba, uno de los niños del pueblo se aproximó a él, le tiró de la manga y le hizo inclinare para susurrarle algo al oído.

- ¿Estás seguro de eso?

El niño asintió con los ojos muy abiertos.

- ¿Dónde lo habéis encontrado? -preguntó Däyn, viendo que los demás niños también se acercaban.

El pequeño le guió hasta las afueras del pueblo, cruzaron unas cuantas dunas de arena dorada y en lo alto de una de ellas señaló hacia un pequeño oasis que había pasado desapercibido a su vista al llegar al lugar. Däyn le dio las gracias y fue hasta el sitio, preguntándose cómo había podido pasar. Debajo del árbol que el niño le había indicado, había un pequeño hoyo excavado a mano con huellas diminutas a su alrededor, y con una fina capa de arena que ocultaba su interior. El joven retiró la arena con suavidad y vio una hermosa caja de madera con adornos de cristal. Reconoció la orfebrería del lugar, era inconfundible. La abrió y comprobó que estaba vacía. La cerró y notó como algo pesado se movía en su interior. Cuando volvió a abrirla, una reproducción en miniatura del cosmos le mostró toda su belleza y esplendor. 

- No puede ser...

Ese universo pertenecía a otro lugar y otra época. Los sabios de la ciudadela, exiliados por voluntad propia en el desierto, lo había ocultado en un lugar remoto y helado a la espera de que su verdad fuera descubierta y custodiada por un corazón puro durante toda la eternidad. Pero ahora ella no lo encontraría, porque no estaba en el lugar preciso, ni podría llevarlo a su auténtica naturaleza. 

Däyn alzó los ojos y miró al horizonte. Tenía que llegar al norte antes que ella. 



Dedicado a Dani, ¡feliz cumpleaños Licaón!