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01 octubre 2020

The Heart of Everything (Holy Ground)

Epílogo 

Tenía que ser ella, la Gran Señora, la Gran Diosa. Ningún ser terrenal podía ser tan hermoso ni desprender tanto poder. Ambos elegidos estaban sin palabras, su mera presencia les resultaba irreal, como si las profecías al fin se cumplieran y la Diosa hubiese llenado de gracia su mundo con su aparición. Prôed vio algo entre el ropaje de aquella dama que le dejó aún más sin aliento.

- Lêan... 

El joven Leonîda no podía apartar su mirada de aquella sonrisa tan pura.

- Lêan... "Socio"... 
- ¿Qué?

El heredero al trono de Nrym apuntó a una de las manos de la joven y Lêandrö ahogó un grito. Era la flor de cristal índigo.

- Bienvenidos, elegidos.

Su voz era como el canto de un pájaro, uno que perteneciera al paraíso. Ese timbre no lo olvidarían jamás.

- Hola... -dijo tímidamente Prôed, sintiéndose tonto. Entre él que no paraba de mirar la flor estupefacto y su amigo que parecía completamente obnubilado por su belleza irreal debían parecer dos locos. Al menos ya no pensaba en aquella sacerdotisa demoniaca...
- Mi Señora -hizo una reverencia el futuro rey de los Leonîdas. Prôed le imitó y la mujer sonrió ampliamente.
- Habéis logrado vuestro cometido. Sois los mejores elegidos que he escogido en los últimos milenos -alabó. Los guerreros no sabían qué decir.
- ¿Vos sois..?
- Äshrôn Den Deläh.

Su nombre real, aquel que todos desconocían, cambió sus existencias para siempre. No recordaban bien qué había ocurrido entonces, solo que la seguirían ciegamente para cumplir su destino. La joven había bendecido la piedra Yngü de Lêandrö y le había dado un beso en la mejilla. Su puro contacto había desterrado cualquier pensamiento oscuro que pudiera tener y cumplió una de las profecías, aquella que había escogido en el templo de Möryew. Luego sonrió al señor de las tierras de Kyrien y susurró unas breves palabras en su oído que le hicieron gritar de asombro.

- ¡No puede ser! ¡Es imposible! -exclamó fuera de sí para horror de Lêandrö. ¿Cómo se atrevía a levantar la voz en presencia de Äshrôn? No tenía ningún saber estar... Y él debía andarse con cuidado, ¡A ver si iba a ser demasiado enamoradizo? ¡Pero era la Diosa! No estaba a su alcance, por supuesto, pero la adoraría por el resto de su vida y la eternidad. ¡Al carajo la sacerdotisa maldita!

Una risita en su mente le hizo helarse de terror. Miró a la Diosa, que esquivó ágilmente su mirada, pero sonrió. Aún debía luchar contra sus demonios...

- ¿No están escritas las profecías en Möryew? ¿Las palabras que susurro a la humanidad en busca de guía? -sonrió misteriosa. Prôed la contemplaba incrédulo. 
- Socio... -musitó Lêandrö, temblando como una hoja. No lo podía evitar- Socio...
- ¿Qué te pica?
- Está... aquí... -gimió el Leônida antes de casi desvanecerse.

La sacerdotisa demoníaca había irrumpido en la estancia. No se habían percatado de su presencia, tanta era la luz que desprendía la Diosa. El silencio que dejaba atrás en la taberna era signo suficiente de que algo no iba bien. 

- Has venido... -susurró Äshrôn sin perder la sonrisa.

La sacerdotisa rió con su risita maléfica y dirigió su mirada a Lêandrö, que no era capaz de verle los ojos debido a su capucha. Su cuerpo parecía ensombrecido, fruto de la luz que se filtraba a través de la puerta antes de que la cerrara de un portazo convirtiendo aquella estancia en un lugar más allá del mundo terrenal. Una escisión en el tejido de la realidad.

- ¿Qué..? -empezó el heredero al trono de Nrym, pero Lêandrö le suplicó que no dijera palabra. Juntos se retiraron y el príncipe de los Leônidas asió con fuerza la piedra, el amuleto de rubí y la brújula de cuarzo, sintiéndose protegido. Prôed estaba tan alucinado en general que giraba nervioso entre sus dedos el anillo de ópalos y trataba de proteger sus partes nobles con el libro de nácar. No sabía por qué, pero esa sensual sacerdotisa al fin quizá se fijara en él, estaba mucho más bueno que el príncipe. ¿No?

- ¿No les vas a decir tu nombre? -animó la Diosa. Sin que ninguno de los elegidos lo esperara, la sacerdotisa se retiró la capucha y gritaron de asombro y terror. Su rostro era tan inhumanamente hermoso como el de la Diosa... Porque era el rostro mismo de la Diosa. Casi idéntico. El futuro rey de los Leônidas, que le había profesado un amor ardiente a la oscuridad y ahora un amor puro a la luz, podía notar las sutiles diferencias. Pero era Prôed, señor de Kyrien, quien la veía como realmente era. Una joven terriblemente hermosa pero desfigurada, porque su alma estaba tan corrupta por la podredumbre que no quedaba nada de la jovialidad que algún día había adornado su rostro. El mismo que vio el la caverna donde hilaba con su rueca. 
- Häled Ned Nôrhsä. 

Los oídos del Leônida se rompieron ante tal profanación y Prôed quedó ciego. El libro de nácar, lo único que podía salvarles de la destrucción, quedó inservible. 

- Tu nombre es odio, mira lo que ha ocurrido. Como con todas las generaciones de elegidos que caen en tu hechizo.

La risita de la sacerdotisa solo pudo escucharla Prôed. Quería asesinarla, pero no sabía a dónde dirigir su furia ni su espada. Lêandrö la contemplaba horrorizado. ¿Cómo un ser tan hermoso podía ser tan malvado? ¿Acaso era la mujer que había hecho caer en el pecado a los de su estirpe?

- Tu linaje no puede prosperar. Este elegido es mío ahora. Y el otro jamás fue tuyo. Esta vez no les harás abandonar su destino ni los símbolos que portan.

La sacerdotisa maldita comprendió en ese preciso instante lo que nadie, excepto las sacerdotisas, habían comprendido hasta ese momento. La razón por la que había dos elegidos, nacidos el mismo día bajo los mismos signos astrales. Y los elegidos entendieron que las leyendas no eran más que mentiras, y que los elegidos siempre habían errado en su misión, por eso abandonaban los símbolos. Por deshonor. La sacerdotisa alzó una mano y de la nada apareció una rueca en miniatura, con la que empezó a tejer un nuevo destino. 

- ¿Qué ocurre? ¡No veo nada! -gritó Prôed, desencajado.
- ¡Socio! -dijo Lêandrö, que le había visto mover los labios -¡Tenemos que cortar los hilos del destino!

Fue como si el tiempo se detuviera. La Gran Revelación. La Diosa sonrió por última vez, y lanzándole un beso y una sonrisa que no olvidaría jamás, desapareció de su lado no sin antes entrelazar las manos de los elegidos y entregarles la flor de cristal índigo. El poder absoluto. 

- ¡Socio, la flor! ¡La flor es para ambos!
- ¡Pues ya puede estar bien afilada, atravesaré el corazón de esa bruja! -gritó con fiereza Prôed, aunque el Leônida solo dedujo sus palabras porque no sabía leer los labios. La sacerdotisa comenzó a hilar con premura y ambos jóvenes comenzaron a sentir cómo les fallaban las fuerzas, siendo atados por un destino al que no pertenecían.
- ¡Yo te amaba, maldita sea! -gritó Lêandrö, furioso.
- ¿A mí? -exclamó Prôed, sintiéndose halagado e incómodo a partes iguales. Sin escucharle, el príncipe prosiguió.
- Has tomado el rostro del ser más puro, sabio y bondadoso que existe ¡y eso nunca te lo perdonaré!
- ¡No es tan hermosa, eres tú que la ves así! -gritó Prôed, aún a sabiendas de que no le escucharía. 
- ¡Muere!

Antes de que pudiera hacer nada, el amuleto de rubí se partió a la mitad y la brújula se detuvo sin marcar ninguna dirección. ¿Cómo era posible? 

- Prô...

No le hizo falta preguntar. El anillo de ópalos se había deslizado del dedo del señor de las tierras de Kyrien y yacía roto en el suelo. Solo la frágil flor de cristal permanecía entera mientras la sacerdotisa sonreía de forma siniestra cambiando el curso de la historia a su voluntad.

- ¿Por qué haces esto, maldita sombra?

La sacerdotisa se detuvo al punto. Parecía más peligrosa que nunca, sus ojos ensombrecidos por algún sentimiento indescifrable. Se retiró la túnica y Lêandrö, con toda su fuerza de voluntad, apartó la mirada. No la vio hasta que se puso frente a él, peligrosamente cerca, como un liviano espíritu.

Portaba un atuendo rojo sangre terriblemente sensual que destacaba su melena oscura y su pálida piel y unos hilos entrelazados en su brazo simbolizando el matrimonio oscuro que quería con él. Miró el anillo de ópalos, la alianza, el amuleto rubí que conjuntaba con su atuendo, el libro de nácar donde inscribir sus nombres unidos por la magia oscura y la brújula que marcaría su camino. Lo único que tenía que hacer era entregarle la flor como signo de amor y todo acabaría. El rostro de la Diosa sería suyo para siempre. Pero para ello debía asesinar a su compañero ciego -que por cierto no paraba de gritar improperios, aunque nadie le escuchara. 

- Y entonces... Nada será como siempre. Tú serás mi auténtico elegido, mi verdadero amor -dijo la sacerdotisa con su voz más sicalíptica. ¿Qué importaba que el otro elegido no la amara? Le destruirían juntos. 

~~~
Nunca.


Lêandrö la traicionó. Traicionó a la Diosa oscura, empuñando la flor de cristal índigo junto al heredero del trono de Nrym. Le prometió un destino juntos para que no hilara, y rompió su rueca. Juntos le atravesaron el corazón con el tallo de la flor, que sangró toda la ponzoña que tenía en su interior, dejando negrura a su alrededor. Su cadáver era horripilante, y el grito agónico que había lanzado por aquella felonía fue tan espantoso que devolvió la vista a Prôed y el oído a Lêandrö, castigando al primero con una última visión real de su horrorosa presencia hasta entonces ignorada y al segundo con la voz maldita que nunca jamás volvería a escuchar salvo en sus pesadillas.

- ¡Socio! -exclamó el futuro rey de los Leônidas abalanzándose a los brazos de su amigo.
- ¡Calma, muchacho! -rió el otro correspondiéndole sin poderlo evitar. Nadie en la posada parecía haberse percatado de que el destino se había forjado entre aquellos muros. Gracias a la auténtica Diosa.

***

"Las diferentes generaciones de Elegidos portaban los objetos hasta que su misión tocaba a su fin, momento en el cual los abandonaban en un enclave que se les aparecía en sueños".

Una vez cumplido el destino, el verdadero destino, entendieron que los símbolos siempre les habían pertenecido. Que eran un regalo de la Diosa para que nunca olvidaran su presencia, ni su aventura. Ni el profundo vínculo de amistad y lealtad que ahora les unía.

- ¡Así que el amuleto de rubí, la brújula de cuarzo y el libro de nácar te pertenecen! -exclamó Prôed, por una vez sin envidia.
- La Diosa me dio más símbolos porque sabía que yo sería débil a los encantos de la sacerdotisa... ¡Si hasta necesité la piedra Yngü! Más que un honor será un recordatorio perenne de mis pecados y una lección para que aprenda a forjar mi carácter... ¡Tú nunca sucumbiste, socio! Eres el mejor elegido y por eso mereces el anillo de ópalos -contestó, alegre de que los símbolos hubiesen renacido tras la muerte de la sacerdotisa.
- ¿Y la flor?

Ninguno supo qué decir, pero ambos sabían la respuesta.

- Pero yo seré el rey principal...
- ¡No, no, no! -rió su compañero- Tú te ocupas del trono de Nrym en las tierras de Kyrien y yo de mis Leonîdas... Pero uniremos ambos reinos bajo la flor de cristal índigo, a la que eregiremos un templo justo en el medio de ambas tierras...
- ¿Y quién va a custodiarla?
- Tú sabes bien quién... 

El heredero al trono de Nrym asintió y ambos iniciaron su último viaje juntos en la era de paz hacia Möryew, en busca de la hermana de Prôed.

Fin.

Dedicado a Leandro y Pedro, ¡feliz cumpleaños, héroes!

01 octubre 2019

My Reckoning

Dos días más tarde, las aguas parecían haber vuelto a su cauce. Prôed leía el libro de nácar en voz alta a Lêandrö, que compartía su fascinación por él con el heredero del trono de Nrym -tanto que en una ocasión trató de abrirlo sin darse cuenta por la emoción del momento y recibió un fogonazo de luz directo a los ojos- y Lêandrö le explicaba el ahora lógico movimiento de las agujas de la brújula a su compañero.

- Has estado muy callado desde que estuvimos en el templo... -empezó cauteloso Lêandrö aquella noche frente al fuego.
- Es por esa niña. Me recuerda a mi hermana.

El futuro rey de los Leonîdas se le quedó mirando. Su amigo no solía ser tan abierto y eso le sorprendió.

- Su cabello rojo como el fuego, sus ojos oscuros...
- Pero...

El señor de las tierras de Kyrien le contó su historia durante la guerra y cómo había perdido a su querida hermana cuando solo era una criatura.

- ¡Podría ser ella! -se alegró Lêandrö.
- No... Esos hombres...
- ¡Quizá no eran tan malos, vieron sus dones y su potecial y la llevaron al templo! -se emocionó.
- Cuando estabas distraído con las "prô-fecías" me dijeron que la habían encontrado sola en la montaña...
- Oh... 

El futuro rey guardó silencio. No sabía qué decir.

- No puedo para de pensar en ella...
- Se a lo que te refieres... -suspiró Lêandrö. 

La mirada de odio que le dirigió Prôed le hizo temblar.

- Bueno, no... Es decir, no es lo mismo... Pero se lo que es tener una idea en tu mente y...
- Si, no pasa nada. Lo mejor será dormir -terció Prôed dándose la vuelta y acomodándose en la hojarasca. Lêandrö volvió a suspirar. ¿Dónde estaría su señora?


La mañana siguiente amaneció gris y plomiza, como el humor de los elegidos. Prôed no había conseguido descansar pensando en su hermana y en la herida que aquello abría de nuevo en su alma y Lêandrö había tenido pesadillas, hermosas pesadillas en las que se fundía con la sacerdotisa en su sensualidad... Con ojeras y mirada perdida, se encontraba frente al fuego dando vueltas entre sus dedos a la piedra de Yngü. Aquello le hacía sentir mejor, las iridiscencias doradas y carmesí le distraían, y había descubierto que frente al fuego brillaba en tonos tierra. ¿Cómo sería ante la luz de la luna?

- ¿Lêan? 

El príncipe de los Leonîdas miró a su compañero, que sonreía.

- Siento lo de ayer... Estoy susceptible y quisquilloso con el tema de mi hermana, pero se que tu estás sufriendo largamente por la bruja... En fin, pronto llegaremos a una aldea, una cama para dormir, un techo para cobijarnos y buena comida nos harán olvidar... Y habrá otras mujeres... Quien sabe, ¡un clavo saca a otro clavo! -bromeó.
- Claro que sí, socio -respondió su compañero levantándose animado. Pero espera... ¿¿Qué has querido decir con "buena comida??

Las carcajadas de Pröed iluminaron el día y un rayo de sol salió entre las nubes.


La aldea de Tröbyon era realmente un lugar muy pacífico. Tenía varias posadas, pues era un enclave de paso para viajeros, y ciertamente sus calles estaban plagadas de mujeres hermosas.

- ¡Mira esa..! ¡O esa!
- En serio, que salvajes sois los de Kyrien... ¡Que no son ganado!
- ¡Esa lleva unas ovejas! ¡Y si yo lo digo por ti! -exclamó Prôed ante la mirada escandalizada de unas jóvenes.
- Son muy jóvenes... Yo necesito una mujer... Una esposa...
- ¿Esposa?

Prôed se detuvo en seco. ¿No estaría pensando en un matrimonio demoníaco con la bruja?

- Eh... Quiero decir, para olvidar... Es un hechizo, no va a sanar porque me enamore...
- El amor todo lo puede.
- ¡Oh, socio, eres un auténtico romántico! -rió Lêandrö.
- Y tu siempre estropeas mis grandes momentos de dulzura épica...
- ¡Ooh!

El heredero del trono de Nrym se alejó de su compañero en busca de una buena posada. Ya que dormirían bajo techo, procuraría tener todos los lujos a su disposición.

- Mira, aquí. Entra -empujó a su compañero hacia la entrada de un sitio que parecía agradable, con flores en el exterior y sendos guerreros entrando y saliendo, la combinación perfecta.
- Espera... ¿Cuál era la última línea que me habías leído del libro?
- ¿A qué viene eso ahora?

Lêandrö le mostró con disimulo la brújula. Todas sus agujas apuntaban hacia el interior de aquel lugar. Su cuarzo parecía brillar más de lo común.

- Pues mira, razón de más para ir... -contestó Prôed aventurándose hacia dentro.
- ¡Pero..!

La posada era un sitio lleno de claridad -incluso en aquella mañana con la fina llovizna impregnando el ambiente- y todo el mundo parecía muy animado. Ninguna pelea, un montón de gente con pinta rara... Se sentía en su salsa.

- ¡Cerdo en salsa de jengibre! -gritó la posadera con voz cantarina.
- ¡Nos quedamos! -afirmó Prôed acercándose a la mujer
.

Lêandrö sonrió, le hacía gracia su actitud aristocrática pero debía reconocer que tenía buen gusto.

- ¡Hola, viajeros! ¿Desean una estancia? -preguntó la dueña, una mujer rubicunda, más joven de lo que aparentaba y con una amable sonrisa.
- Si, por favor.
- ¿Compartiremos aposento? -preguntó Lêandrö.
- ¡Pues claro! ¡No pienso gastar oro en dos aposentos! -respondió. El futuro rey de los Leonîdas se rió y volvió a mirar la brújula. Apuntaba directamente al cuarto de al lado.
- ¿Qué hay ahí?-preguntó a la posadera.
- Un entorno más tranquila, para aquellos que deseen reposar, leer...
- ¡Perfecto! ¡Echemos un vistazo! -dijo mirando significativamente a Prôed. El heredero al trono de Nrym le siguió.
- ¿Y tú que crees que vamos a encontrar? -comentó en voz baja mientras atravesaban la puerta. 

En cuanto cerraron lo supo. Una figura vestida de negro con varias alhajas les contemplaba desde una de las esquinas del lugar. Su cabellera castaña con visos rojizos y sus ojos oscuros les daban la bienvenida. Su sonrisa iluminaba el universo, los espíritus, tanto que desterró de golpe toda la oscuridad de Lêandrö.

- Parece... un ser de las estrellas... Su belleza no es de este mundo... -admiró Prôed.
- Es la Gran Diosa -dijo Lêandrö, sin poder apartar su mirada de ella.


Dedicado a Leandro y Pedro, ¡feliz cumpleaños, bollus!

01 octubre 2018

Caged

Descifrar las profecías llevaba mucho más tiempo del que los Elegidos hubieran imaginado. El templo se parecía a los antiguos círculos de piedra y aún así el laberinto que lo conformaba no se asemejaba a nada que Prôed hubiese visto jamás. Kyrien no tenía aquellos templos tan misteriosos que pertenecían a otras zonas, como la tierra del príncipe de los Leonîdas…

- ¿Dónde está Lêandrö? -preguntó en voz alta percatándose de que no estaba a su lado desde hacía un buen rato.
- Oh, está preocupándose por sus elecciones -respondió Enya, que había aparecido de la nada- Esas dos líneas escogidas por su corazón quizá no sean de su agrado...
- ¿Del agrado de quién? -cuestionó Prôed, suspicaz. La niña sonrió enigmáticamente pero no dijo una palabra.

- ¿Quién es ella?

Enya le miró con ojos inocentes.

- Tú sabes quién es, pero no te atreves a pensar que realmente pueda ser ella... Nadie lo haría.
- ¿Cómo va..?
- ¡Eh, Prô!

Lêandrö apareció tras uno de los muros con mirada ominosa. De repente parecía cansado, ojeroso, como si un gran pesar atenazase su corazón y quisiera liberarse de él.

- ¿Mala suerte con la naturaleza?
- ¿Qué..? ¡No es nada de eso! -rió levemente el joven, que por un instante pareció más dueño de si mismo. Solo un instante.
- ¿Qué quieres?
- Quiero hablar contigo... en privado -dijo en un suspiro de resignación. 
- ¿Te vas a poner romántico?

No entendía por qué hacía esas bromas cuando tanto estaba en juego. Quizá precisamente por eso. Enya sonrió complacida, como si hubieran cumplido un designio que les estaba destinado.

- Ya quisiera... Anda, vamos. Discúlpanos, señora.

La niña se retiró sonriente y los dos guerreros se alejaron hacia una roca donde podían sentarse.

- ¿Señora?
- Esa niña tiene un aura muy especial, como si fuera un alma vieja... Pero no es el caso, tengo que decirte algo de suma importancia.

Prôed se quedó en silencio esperando. Su compañero no dijo nada.

- ¿Y bien?

El futuro rey de los Leonîdas parecía estar luchando contra una voluntad más fuerte que la suya para hablar. Cuando comenzó, su voz sonaba quebrada y lejana.

- Quiero que veas esto. Solo que me digas si puedes... Mira -le mostró el libro de nácar y lo abrió al azar en una de sus páginas. Prôed gritó sorprendido. Ninguna luz cegadora salió del libro, como Lêandrö había esperado. ¿Puedes leerlo? -preguntó el príncipe.
- Si... No sabría explicar cómo, no conozco la lengua ni los símbolos... Pero mi corazón sabe lo que significa...
- Te me estás poniendo tierno, socio... ¿Ves? Te necesito en la misión. Tu nunca hubieras encontrado el libro de nácar, y yo no puedo interpretarlo sin ti... Nos necesitamos mutuamente, ¡somos los elegidos!

Justo en ese momento, los ojos de Lêandrö se pusieron en blanco y un gran dolor cruzó su rostro.

- ¿Estás bien, amigo? -dijo el señor de las tierras de Kyrien con semblante preocupado.
- Ella... No quiere... -Lêandrö le miró suplicante. Tenía que entenderlo.
- Vale, tranquilo. Esa bruja del demonio pagará por lo que te está haciendo... ¿Pero por qué..?
- Soy débil frente a sus encantos...

¿Cuántos hombres se habrán sentido así alguna vez? Pensó Prôed.

… Y sabe que puede manipularme. No siempre me siento... yo.
- Aquí estás bien.
- El poder de las sacerdotisas os protege. Disculpad mi presencia, las profecías ya han sido reveladas.

Lêandrö se quedó pálido, completamente lívido. Aquel sería su fin. La sacerdotisa le sonrió con confianza y un halo de esperanza nació en su interior. Quizá no todo estaba perdido.

- La Suma Sacerdotisa os espera. Ella os revelará los designios de la Diosa.
- ¡Oh, Gran Señora, ilumínanos! -suspiró con devoción el príncipe.


La Suma Sacerdotisa se encontraba en una sala realmente hermosa del templo, donde el tiempo parecía detenerse y fluir más despacio que para el resto de la humanidad. Sus rasgos se hallaban rejuvenecidos, o tal vez solo era su impresión. Lêandrö bajó los ojos, no tenía derecho a mirarla al rostro. La mujer se acercó a él y solo pudo ver su largo cabello perlado.

- Mírame -dijo con una voz sorprendentemente autoritaria.

El príncipe la miró y un profundo odio se adueñó de su ser. 


Todo ocurrió en un instante. La sensual sacerdotisa brotó de la nada como si de un ser astral se tratase y rió con su risa macabra, nublando los sentidos del Leonîda. El amor que sentía por ella era demasiado profundo y sofocante, insondable, no podría volver a vivir si no era suya. Tenía todos sus sentidos a su merced, no podía luchar contra ella ni contra sus deseos.

- ¡Maldita bruja!

En la lejanía, entre la bruma que cegaba sus ojos, oyó gritar al heredero del trono de Nrym, una risa que le perforaba los oídos y una sensación inexplicable de profundo placer a pesar del lacerante dolor.

Un grito. Una sombra.

Un rio carmesí que le recordaba al caldero burbujeante de su señora cegó sus ojos. Aún podía escuchar su risa, cuyos toques siniestros apreciaba con más lucidez. Sintió miedo y sus ojos se llenaron de lágrimas... Se avergonzó de ello. ¡Era un guerrero! ¡Ninguna hechicera podría doblegar su alma jamás!

- Socio... -murmuró antes de desvanecerse.


Prôed miraba a su amigo con compasión. La sacerdotisa había nublando sus sentidos pero ya se había acabado... al menos de momento. Algunas almas son más susceptibles a la magia, y la del príncipe de los Leonîdas lo era.

- ¿Qué ha ocurrido? -preguntó el joven incorporándose, desorientado.
- Bueno... digamos que la bruja había consumido parte de tu espíritu y lo hemos restaurado a su ser... A tu ser. Volverá a atacar, pero la Suma Sacerdotisa...
- Tengo algo para ti -dijo tendiéndole una piedra de Yngü, una maravilla de las tierras de Möryew que era capaz de desterrar a los malos espíritus y las fuerzas negativas a su esfera. Lêandrö la contempló. Los visos dorados y rojizos dentro de su estructura azulada y violácea la hacían tan hermosa... 
- No soy merecedor de ella -terció seguro de si mismo. He fallado a la Diosa y me he fallado a mi mismo, cayendo ante el conjuro de la sacerdotisa oscura. Prôed...
- Claro que te la mereces, ¡eres el Elegido! -dijo Enya con voz ligera. Ambos los sois -miró a Prôed, que le sonrió- y la misión se cumplirá gracias a ambos. Cógela, tu sensibilidad a la magia negra no es un signo de debilidad, cada batalla contra ella te fortalece.

Lêandrö sonrió y cogió la piedra. Tenía toques verdes cuando la movía hacia la luz solar.

- Gracias... -susurró con humildad y auténtico agradecimiento. 
- Vamos, ¡tenemos una misión que cumplir! -dijo Prôed tendiéndole la mano.
- Socio... yo...
- No pasa nada, está bien. No volveré a sentir envidia de tus símbolos de la Diosa, nuestros destinos están entrelazados...
- ¡Ay, qué bonito! 

El príncipe le dio un abrazo y el señor de Kyrien se sintió cohibido. ¡Eso no era nada de guerreros!

- Eres como un hermano para mi... -murmuró con gratitud.
- Sí, y tu hermano mayor, que nací unos minutos antes... Anda, vamos -rió el otro.
- ¡Las profecías!

Ambos miraron a la Suma Sacerdotisa. Con tanta magia habían olvidado completamente por qué se hallaban allí. La sacerdotisa se acercó a ambos y susurró unas palabras en sus oídos. Lêandrö suspiró de alivio y Prôed se quedó pensativo.

- Esas son las palabras de la Diosa a los Elegidos -confirmó la anciana.
- Pero... ¿Estáis segura? ¿Vuestras traducciones..? No quiero decir que...
- Sí. La Gran Señora lleva dejando sus palabras en este mundo durante milenios y ninguna sacerdotisa ha fallado jamás en su interpretación -aseguró la joven rubia de tez pálida.
- En vosotros está compartir la sabiduría con vuestro compañero o guardárosla para vos -dijo Enya con una mirada significativa. Los guerreros se miraron y asintieron. Pero no en estas tierras. La verdad de la Diosa no debe ser pronunciada por mortales en su terreno.
- ¿Y eso? -el heredero al trono de Nrym dio un codazo a su amigo. Al parecer la indiscreción era parte suya, no de la bruja. Enya sonrió.
- Designios de la Gran Señora -contestó simplemente.


La luz del atardecer les acompañaba mientras se alejaban de Möryew en busca de su próximo destino. Lêandrö movía la piedra entre sus dedos, embelesado con su enorme belleza y sintiéndose protegido, a salvo. 

- Bueno, socio... ¡En busca de la flor de cristal índigo! -exclamó con alegría.
- Eso parece... -suspiró Prôed, sabiendo que el camino sería arduo pero que podía contar con su hermano. Se giró y pudo ver en la lejanía a Enya, que sonreía despidiéndoles y cuya melena parecía auténtico fuego con los últimos rayos del sol.

- Ella... 



Dedicado a Leandro y Pedro, ¡feliz cumpleaños chicos!

01 octubre 2017

Hydra

El viaje cada vez era más silencioso. Prôed, de mal humor pensando en qué tenía el otro elegido para ser considerado mejor que él por la Diosa. Lêandrö, luchando contra sus demonios y el ardiente amor que profesaba en secreto a la sacerdotisa. Y pensando en la brújula y cuando podría examinar con tranquilidad el libro de nácar para saber interpretarla. Pero sobre todo, en la hechicera... 

Prôed daba vueltas entre sus dedos al anillo de ópalos mientras cabalgaba. No entendía por qué el príncipe de los Leonîdas... 

- ¿Y esa bruma? -rompió el silencio provocando que Lêandrö diera un respingo.

Una niebla densa y opaca les rodeó repentinamente y una figura femenina empezó a formarse en ella. Los ojos de Lêandrö brillaron esperando que fuera su amada, pero la decepción se vio claramente reflejada en su rostro cuando en su lugar apareció una joven menuda y rubia de tez pálida como un rayo de luna y ojos verdes casi transparentes.

- Bienvenidos, elegidos. Las tierras de Möryew os esperan para dar respuesta a las preguntas que atenazan vuestro corazón -dijo con voz etérea abriendo los brazos.
- ¿Möryew? Pero eso está al sur... 
- Iremos con vos, señorita -sonrió Lêandrö.
- ¿Ahora vamos donde tú dices? -se molestó Prôed.
- Claro, socio, así verás que ambos somos elegidos y dejarás de estar tan serio... echo de menos a mi amigo divertido que solo montaba en Cólera, su caballo, no en ira... -dijo susurrando las últimas palabras.
- Ese chascarrillo ya está muy gastado. Está bien, iremos de todas formas, pero solo para entender las profecías y qué pinto yo aquí...
- Socio... -suspiró Lêandrö.


Desviarse hasta Möryew les llevó dos largos días en los que Prôed hablaba entre dientes y Lêandrö se perdía en sus ensoñaciones de enamorado. La noche previa a su llegada fue capaz de encontrar un rato para él cuando Prôed decidió irse de paseo a inspeccionar los aledaños -según la teoría de Lêandrö para acudir a "la naturaleza"- y por fin abrió el libro de nácar. En un principio las páginas emitieron una luz cegadora que le dejó sin visión y lo cerró de golpe.

- ¡Increíble!
- ¿Y esa luz? -oyó en la lejanía con voz de esfuerzo a su compañero. 
- ¡Nada, una llamarada del fuego! -exclamó riendo para sus adentros. Volvió a coger el libro, lo envolvió en su capa y lo abrió de nuevo. Las páginas estaban tan negras que no leía nada. Lo sacó de la capa y volvió a emitir su luz.
- ¿Otra... llamarada? 
- ¡Si! ¡Tranquilo, socio, todo bien! ¡Ánimo! -volvió a reírse con los gruñidos que contestó su amigo.

Parecía que el libro brillaba con la luz de la luna pero no era capaz de leer nada si lo cubría... ¿entonces cuál sería la forma adecuada de poder ver su contenido? Por los ruidos que oía no tenía tiempo de descifrarlo aquella noche, así que lo dejaría para después. Quizá en Möryew tuvieran la solución a la incógnita...


La noche transcurrió sin percances salvo una llamarada real del fuego, que crepitó con fuerza al contacto con algún animal que arrojó algo en él -probablemente unas hojas- y Lêandrö se maravilló con las luciérnagas que se veían en la penumbra. El heredero al trono de Nrym le ignoró y se dio la vuelta en su lecho, para desasosiego del otro. 

Al día siguiente, con las primeras luces del alba, los dos guerreros recogieron sus enseres y se dirigieron al enclave mágico en busca del templo de las profecías. No tuvieron que buscar mucho tiempo porque la sacerdotisa que se les había aparecido fue a su encuentro con una gran sonrisa y una mirada misteriosa en sus ojos traslúcidos. 

- Bienvenidos, elegidos. La Gran Señora os espera.
- ¿La Diosa? -preguntaron los jóvenes al unísono.
- Si -dijo simplemente la sacerdotisa.

Imposible. ¿Cómo iba a estar allí la Gran Diosa entre los mortales?

Siguieron a la sacerdotisa hasta el templo, donde la Suma Sacerdotisa, una anciana hermosa en su vejez, de vivos ojos castaños y cabello largo y perlado, les esperaba junto a una niña palidísima cuya tez parecía la luna y cuyos cabellos cobrizos y ojos oscuros brillaban con luz propia como el fulgor del amanecer.

- La Gran Diosa espera vuestra audiencia. Sus palabras escritas en el templo revelarán hechos de suma importancia para vuestro futuro -dijo la Suma Sacerdotisa.
- ¡Ah! -exclamó Lêandrö, que había entendido. No era la Diosa en persona, solo sus palabras en el reino mortal. Prôed no podía creer el poco saber estar de su compañero.
- Gracias, Señora. Leeremos con honor y sabiduría a la Gran Señora.
- Eso, eso. 

¿En serio? ¿Quién se creía, aunque tuviera ya tres símbolos? El señor de las tierras de Kyrien no daba crédito a su actitud ni a cómo de repente paseaba por el templo como si se tratase de su propio hogar, tocando sin pudor los muros donde la Diosa inscribía su saber. La Suma Sacerdotisa no parecía darle importancia, al igual que el resto de las hermanas. Seguro que era porque era elegido... El Elegido, no como él, que era un mindundi.

- ¿En qué pensáis? ¿Qué caviláis con tanta profundidad?

Ahora la niña le hablaba de forma elegante y enrevesada y le hacía parecer aún más tonto de lo que se sentía. Le hacía sentir más tonto de lo que parecía. Le hubiera gustado pronunciar algo hiriente pero los ojos de aquella pequeña le cautivaban y no podía odiarla. Le resultaba familiar...

- Solo meditaba antes de leer los designios de nuestra Señora. ¿Quién sois?

El rudo en ese momento era él, pero Lêandrö se subía a las rocas y salientes de las columnas buscando escondrijos secretos y no se le tomaba por iluminado. Un poco de tosquedad no haría daño a nadie y así desahogaba su frustración.

- Mi nombre no lo recuerdo, mis dones se lo han llevado...
- ¿Uhm..?
- Esta niña, a la que hemos bautizado como Enya, se encontraba perdida en la montaña cuando nuestra hermana la acogió. Era tan solo un bebé, no tendría más de dos años, y lleva con nosotros desde entonces.

Los ojos de Prôed se humedecieron. Él había perdido a una hermana, secuestrada cuando la guerra les obligó a alejar a mujeres y niños de Kyrien, hacía pocos años. A su regreso, la nodriza había relatado la historia de cómo unos hombres la habían arrebatado de su lado por la fuerza y a ella la habían... No quería pensar en ello. Miró a la niña y sonrió. "Pequeño fuego" era un nombre perfecto para ella.

- ¿Y qué dones posee?
- ¡Mira Prô! ¡Profecías! ¡Prô-fecías!

El guerrero prefirió ignorar al otro elegido y miró a la Suma Sacerdotisa.

- Los elementos no le son ajenos, su clarividencia es extremadamente fina... No recuerda su nombre pero puede ver el pasado y el futuro de los hombres, aunque no el suyo propio. Creemos que algo horrible le sucedió para hallarse abandonada en aquel lugar inhóspito, y su mente ha renunciado al dolor para salvar a otros de la desdicha.
Tanta grandilocuencia le cansaba y no estaba de humor, así que se limitó a sonreír y disculparse para ir con su compañero a ver el templo y esas respuestas prometidas a sus interrogantes.

- ¡Por fin vienes! Mira, no se entiende nada.

Lêandrö señaló a los muros, adornados de preciosos símbolos indescifrables.

- Solo las sacerdotisas pueden, no los entendidos en el arte de la guerra o los hombres comunes -explicó la niña apareciendo a su lado y tomando la mano de Prôed para su sorpresa.
- ¿Y cómo sabremos..?
- Tú no. Él sí.

Ambos se miraron. La niña solo miraba a Prôed.

- ¿Qué quieres decir?
- Nuestros corazones están unidos por la distancia. Tú eres El Elegido, solo tú te mantienes cuerdo. Bajo él -señaló a Lêandrö- pesa la marca de la muerte, del sino, de la que le roba el hálito de vida y provocará que la muerte sea tu amiga.
- No te entiendo, niña misteriosa. Habla claro -exigió Lêandrö sintiéndose ofendido por lo de que no estaba cuerdo y sin entender bien todo el resto.
- Tú sabes a qué me refiero. Su cuerpo domina tu mente.
- ¡La sacerdotisa! ¡La..!
- ¡Cállate! -bramó el príncipe- ¡No oseis insultar el nombre de mi dama!

La niña se balanceó sobre un pie y sonrió a Prôed tirando suavemente de su mano.

- ¿Ves? Es un peligro, no está cuerdo. Y sin embargo, os necesitáis mutuamente para completar la misión. Pero no sé si tú la acabarás, tus pasos lo decidirán.
- ¡Oye niña! ¡Que yo no soy un asesino!
- Elige una profecía.
- ¿Cómo?

La pequeña señaló a los muros del templo.

- Elige una profecía.
- No se leerlas. No puedo -trató de justificarse el príncipe, que por alguna razón que parecía lejos de su verdadera voluntad sentía que no debía elegir ninguna. ¿Qué le aconsejaría su hermosa señora, cuál escogería ella?
- La descifraremos para ti. Los sabios la inscribirán para la posteridad. ¿Puedes encontrar la nueva profecía de la Diosa? Elige una.

Lêandrö no sabía bien cómo hacer. Cerró los ojos, trató de inspirarse y tras dar unos pasos, escogió una corta profecía de dos líneas.

- Ahora tú.

El señor de Kyrien caminó por el templo con la niña esperándole en el punto donde la había dejado y tras mucho pensar eligió una de seis líneas.

- Mis hermanas las descrifrarán y vuestras elecciones os guiarán hacia la verdad.
- Hermanas... -murmuró Prôed mirándola.


Dedicado a Leandro y Pedro, ¡feliz cumpleaños chavales!

01 octubre 2016

Shot in the dark


Cuanto más avanzaban por el bosque, más deseaban abandonarlo. Llevaban un día y una noche viajando a través de él y las visiones que les presentaba cada vez eran más extrañas e irreales.

- Si no fuera porque es imposible... diría que estamos en medio del bosque de Nüymn -susurró Prôed.
- ¿Nüymn? -repitió Lêandrö- ¿El bosque maldito de las leyendas? Solo es un mito... -dijo con voz dubitativa.
- Píensalo... "Hermoso en su interior, maldito por los nigromantes de la noche, quien ose atravesarlo perderá sus dones y su juicio para vivir por siempre con sus seres diabólicos en una danza mágica sin fin...".
- No me lo creo. Más bien será un bosque especial y mágico, como tantos, y lo que ha creado la inspiración de un lunático... La leyenda, me refiero...
- ¿Qué dice la brújula?

Era la primera vez que Prôed la mencionaba desde que la había encontrado y el príncipe de los Leonîdas no sabía qué responder.

- Sus agujas giran en direcciones que no logro comprender... mira -dijo mostrándosela. Prôed cuidó de no tocarla y la observó detenidamente. Él tampoco la entendía. Variaba del noreste al sur y cada dos giros señalaba al oeste.
- Bueno, ni idea. Mejor continuamos nuestro camino, quiero irme de aquí cuanto antes... -dijo mientras observaba a los misteriosos seres azulados de las charcas.


Cuando casi caía la noche, ambos elegidos vieron que se aproximaban a la linde del bosque.

- ¡Al fin! Podremos proseguir nuestro rumbo al sur por un camino... -empezó Lêandrö, pero se interrumpió al ver cómo su compañero se detenía.
- ¿Qué ocurre? ¿Ves lo mismo que yo? -preguntó el heredero al trono de Nrym.

Lêandrö vio cómo la linde del bosque se alejaba parcialmente de ellos. Caminó unos pasos en su cabalgadura y la linde se alejó aún más.

- ¿Qué significa esto?
- Nüymn -musitó Prôed.
- ¿Cómo..?

Antes de que pudieran reaccionar se vieron rodeados por cinco figuras encapuchadas y altísimas que formaron un círculo a su alrededor. El príncipe oyó de nuevo aquella risita macabra y femenina...

- ¡Nigromantes! -gritó el señor de las tierras de Kyrien.

Las figuras alzaron sus manos e invocaron a los espíritus. Lêandrö y Prôed contemplaron impotentes cómo cientos de cadáveres vivientes se acercaban con lentitud dispuestos a acabar con ellos.

- ¡Desenvaina tu espada, Lêan! -ordenó su compañero viendo que éste parecía haber entrado en trance. Lêandrö le obedeció y pronto se vieron inmersos en una encarnizada batalla contra esqueletos y muertos. Prôed desmontó de Cólera mientras el valiente corcel alzaba las patas y golpeaba a aquellos terribles seres sin ningún miedo, al igual que el caballo del príncipe. El guerrero trató de asesinar a uno de los nigromantes, que comenzó a reír demente mientras la espada se clavaba en su corazón. Los otros magos trataron de atacarlos a su vez y Prôed logró deshacerse de uno de ellos mientras otro huía. Lêandrö estaba rodeado por varios esqueletos y los otros dos nigromantes y el señor de Kyrien acudió en su rescate. Sus movimientos eran lentos y torpes, como si una fuerza superior le retuviera. Prôed ahuyentó a uno de los hechiceros mientras Lêandrö acababa con el otro. Inmediatamente y tan de improviso como había comenzado, los muertos se retiraron mientras ambos escuchaban el eco de la risa femenina...

- Esa maldita sacerdotisa... -murmuró Prôed sin que su amigo le oyese- ¿Estás bien?

Lêandrö tenía varias heridas poco profundas y sus ojos estaban fijos en un punto en la lejanía. El heredero al trono de Kyrien se fijó en que su propio brazo sangraba y le dolía un tobillo, pero estaba demasiado preocupado por la actitud de su amigo como para pensar en ello. Sin mediar palabra, Lêandrö asió las riendas de su caballo y comenzó a caminar obnubilado hacia la linde del bosque. Prôed temía que alguno de los nigromantes lo hubiera hechizado con su magia oscura y agarró con fuerza su espada por si tenía que protegerse. El príncipe arrastraba la suya.

Al llegar al límite del bosque, Prôed vislumbró un sendero de piedra iluminado por la luz de la luna y se fijó en que ya era de noche. Lêandrö seguía caminando en silencio y con los ojos perdidos.

- ¿Lêan..? -arriesgó a preguntar su compañero. No obtuvo respuesta.

Tras un rato avanzando y con el señor de las tierras de Kyrien cada vez más pensativo tratando de adivinar qué le ocurría a su amigo y si era peligroso, Lêandrö se detuvo en seco y miró hacia el este, a un grupo de árboles a través de los cuáles fluía un riachuelo que parecía hecho de estrellas; el príncipe se agachó y metió la mano en él. Tras tantear un poco en la oscuridad, sacó un cofre de piedra del agua.

- ¡Buah, está helada, socio!

Prôed pegó un salto del susto. Lêandrö parecía estar perfectamente ahora y eso le confundía.

- ¿Pero qué...?

Ante su asombro, el príncipe de los Leonîdas abrió el cofre con naturalidad, en cuyo interior yacía un libro de nácar.

- ¿Otro símbolo de la Diosa? ¿Estás de broma? -dijo el señor de Kyrien, enfadado.
- Aún no te he dado las gracias por salvarme la vida -respondió sencillamente Lêandrö mientras tomaba el hermoso y brillante libro en sus manos.
- Si, señor Frodo -respondió secamente Prôed dándole la espalda y alejándose de él.
- Prô...
- ¡Ni Prô ni prû! ¿Cómo te atreves? ¡Yo soy el elegido! -exclamó furioso.
- Ambos somos elegidos...
- ¡¡No!! ¡está claro que yo no! ¡ya tienes tres símbolos de la Gran Señora! ¡¡tres!!

Cualquiera le dice que el libro de nácar sirve para interpretar la brújula y encontrar la flor de cristal índigo, pensó Lêandrö.

- Tienes que calmarte, socio... Si, de momento tengo más símbolos que tu, pero eso no significa nada...
- ¡Claro que si! Da igual si consigo la flor, ¡tu ya tienes tres! ¡y yo solo tendría dos!
- Prô... no significa nada, créeme. Te necesito en la misión tanto como tu me necesitas a mí. Acabas de salvarme la vida -le recordó.
- Y qué... tu te llevarás toda la gloria y nadie me recordará...
- No hacemos estoy por el honor, sino por la Diosa... -trató de razonar el príncipe.
- Yo ya no sé nada, no sé que hago aquí.

La risita macabra de una mujer se escuchó en la oscuridad muy cerca de ellos y ambos alzaron los ojos.


Dedicado a Leandro y Pedro, ¡feliz cumpleaños bollus!

01 octubre 2015

Covered by roses

El amanecer teñía de rojo todo el paisaje con su suave luz. Lêandrö contemplaba el páramo perdido en sus pensamientos. Sus ojos buscaban las gotas de rocío, que con la claridad del alba creaban iridiscencias por doquier otorgando al bosque un halo mágico de impresionante belleza. 
Un ruido le distrajo. Entre la hojarasca se veía una esbelta figura que parecía aproximarse con la elegancia digna de las reinas élficas. Tal vez era una dríada, o una criatura del bosque. No se movía, pero avanzaba liviana hacia él. El príncipe se puso en guardia. El baluarte de su espíritu se desmoronó cuando la miró a los ojos. Eran de todos los colores, y oscuros como la noche. Azules, verdes, castaños... Sus ojos grises le devolvieron una mirada que heló la sangre en sus venas e inmediatamente se enamoró de ella. La sacerdotisa de sus visiones. La joven sonrió de forma siniestra y rió levemente con su risa aguda y macabra mientras señalaba hacia un punto indefinido del bosque. Lêandrö vio a través de los árboles y el ramaje un pequeño objeto que brillaba a la luz del sol. Una brújula.

El joven abrió los ojos. Estaba amaneciendo. Prôed yacía a su lado apaciblemente dormido. Aún era temprano y la noche anterior había pasado mucho tiempo descifrando los caracteres de los árboles, aunque no había logrado averiguar toda su historia. Se levantó con cautela, cogió su espada y se dirigió al interior del bosque. Sabía dónde encontrar la brújula, la sacerdotisa le había revelado el don de la visión.


La luz del sol brillaba con fuerza cuando Prôed abrió los ojos para después bostezar sonoramente. Miró a su alrededor y vio que su compañero no estaba. Confiaba en que hubiera ido a por algo rico para desayunar... Le costaba admitir que un guerrero pudiera tener tanto talento culinario, pero eso solo le hacía aún más especial. Vaya, ahora si se estaba poniendo "romántico". Tendría que tener cuidado, rió ante su propio pensamiento.

- ¡Hombre, ahí estás! -dijo cuando le vio aparecer entre el ramaje. El joven venía con una sonrisa enorme y sin decir nada le mostró lo que portaba. ¡La brújula de cuarzo! -exclamó Prôed.

Era una verdadera obra de artesanía. La pieza estaba compuesta enteramente de cuarzo blanco y brillaba en el claro iluminando al Elegido. El señor de Kyrien no pudo evitar sentir una punzada de envidia cuando vio a Lêandrö con aquel símbolo de la Diosa. Ya tenía dos.

- Tuve una visión con... la sacerdotisa, me la mostró en sueños -explicó Lêandrö con una voz quebrada que pasó desapercibida para su compañero.
- Ya veo... quizá deberíamos ir al sur, como marcan los árboles -contestó Prôed con algo de frialdad.
- Socio...

El heredero al trono de Nrym no respondió. Se sentía apartado de la misión y no entendía el significado de poseer el anillo de ópalos. No entendía nada.

- Cada uno ha de cumplir su propio destino...
- ¿Ahora también me robas las frases?

Lêandrö le miró fijamente. Entendía cómo se sentía, pero los designios de la Diosa eran inescrutables. Nunca había habido dos Elegidos, y tal vez nunca los habría. No era su culpa.

- Tu tienes el anillo de ópalos, nuestros destinos son uno. Estamos juntos en esto, socio...
- Ya, bueno, es posible. Seré tu esclavo que descifra caracteres Äen, al parecer. No pasa nada, cuando regrese a Kyrien y herede el trono seré grande. Mi pueblo me amará y prometo no declarar la guerra al tuyo.

La oscuridad se adueñaba de sus pensamientos y no sabía cómo desterrarla. Sentía furia, culpabilidad y una profunda sensación de impotencia. Sus visiones no se estaban cumpliendo.


La mañana transcurrió en silencio. Los dos jóvenes montaron en sus cabalgaduras rumbo al sur y no mediaron palabra. El príncipe de los Leonîdas contemplaba la brújula con disimulo tratando de que su compañero no se diera cuenta. Las agujas no señalaban hacia el norte, sino que parecían girar según una orientación que no era capaz de comprender. Le hubiera gustado preguntarle a Prôed que creía que significaba aquello, pero el joven parecía sumido en tenebrosas cavilaciones. Tenía que haber alguna forma de sembrar la paz entre ambos. Tal vez con una comida exquisita...
Sin que a ninguno le diera tiempo a reaccionar, una criatura de enormes dimensiones se cruzó en su camino. Los corceles se arredraron y los jóvenes tuvieron que detenerse para calmarlos.

- ¿Qué era eso? -preguntó Lêandrö.
- Ni idea... pero ahora que me fijo... ¿no es este bosque un poco raro?

Raro no era la palabra. La hiedra cubría parcialmente los árboles, unos misteriosos reflejos brillaban alrededor de la espesura y todo parecía tener un aura mágica y enigmática. El agua se derramaba por cada rama de los árboles y formaba pequeñas charcas en la tierra, habitadas por seres luminosos y azulados que fluían por el líquido como si de otra realidad se tratase. Era una visión irreal.

- ¡Oh!

El futuro rey de los Leonîdas se quedó mirando hacia el bosque, anonadado. La sacerdotisa paseaba con su túnica violácea que dejaba al descubierto parte de su seductora figura. Sus ojos volvían a estar cubiertos por la sombra que arrojaba su capucha. Su sensualidad era tan terrible y grandiosa que no podía dejar de mirarla.

- ¿Qué ocurre?
- Ella...
- ¿Ella? Yo no veo nada...

Prôed miró a su compañero, que parecía totalmente obnubilado. 

- La sacerdotisa...
- No hay nadie.
- ¡Claro que sí!

El joven parecía muy seguro de si mismo y el heredero al trono de Nrym comenzó a sospechar que tal vez estuviera hechizado. Quizá poseer dos de los símbolos de la Diosa era demasiado para un alma mortal.

- Tal vez deberías darme la brújula... -sugirió en un murmullo Prôed.
- ¿Por qué? -respondió Lêandrö, más consciente de lo que le rodeaba.
- ¡Pones en peligro la misión!

Las ramas de los árboles se mecieron suavemente con la brisa y una risita femenina, clara y lejana, rompió el silencio. 

- No pongo en peligro nada, la Diosa me ha encomendado su legado y su misión -dijo con tranquilidad Lêandrö.
- A mi también, y tu no estás en tu sano juicio -se defendió el señor de las tierras de Kyrien.
- Tal vez no eres digno de portar sus símbolos... -el joven guardó silencio ante el rostro dolido de su compañero- No he querido decir eso...
- Si, has querido. Es lo que piensas -contestó Prôed, ofendido.
- Socio...
- No soy tu socio.
- Socio...  lo siento, es verdad que esa sacerdotisa me ha dejado su impronta, pero la misión es nuestro destino. Y tenemos que estar juntos en esto.

El señor de Kyrien le miró y vio la sinceridad reflejada en sus ojos. 

- Está bien... te creo. Estamos juntos en esto, somos los Elegidos.

Prôed emprendió el camino de nuevo mientras Lêandrö le seguía. La sacerdotisa se movía al compás de los cascos y atravesaba el bosque como si de un espíritu ingrávido se tratase. El corazón de Lêandrö latió con fuerza cuando vio sus ojos vacíos de nuevo. Haría todo lo que desease su señora. 


Dedicado a Leandro y Pedro, ¡feliz cumpleaños elegidos!

01 octubre 2014

Hand of sorrow

Era un ser terrenal, los designios de la Diosa no eran para él. Tenía el amuleto de rubí, pero no significaba nada.

Era una criatura de la tierra, no era digno de gloria. Tenía el anillo de ópalos, pero no simbolizaba nada.


Los pensamientos oscuros sumían a los dos Elegidos mientras se dirigían al oeste. La siniestra y enigmática sacerdotisa había nublado su juicio y a la vez les había mostrado el camino, pero había hecho mella en su raciocinio, más de lo que podían imaginar...

- Aquella mujer... -comenzó Prôed antes de que su voz se quebrara.
- No dejo de pensar en ella... -reconoció Lêandrö.
- Yo tampoco. 

El silencio se hizo entre ambos, que no volvieron a decir palabra hasta mucho tiempo después.

El atardecer fue ensombreciendo la luz hasta que apenas iluminaba el paisaje. Era una noche de luna menguante y casi no se veía nada.

- Deberíamos parar, socio.

Prôed alzó la mirada y se detuvo. 

- Hay algo extraño en este lugar -terció.
- ¿El qué?

No sabía explicarlo. Estaban en la linde de un bosque y aún se oía el susurro del mar, pues cabalgaban cerca de la costa. Parecía un sitio agradable, un páramo abandonado hacía tiempo por el que nadie pasaba y donde podrían hacer noche sin emboscadas. 

- ¿Un páramo en un bosque?

La voz del príncipe de los Leonîdas se oyó lejana, amortiguada, como si se hallase en lo más profundo del interior de una cueva. Incluso le pareció notar un deje femenino en su tono...

- ¿Estás bien, socio? -preguntó su amigo, preocupado.
- Si... yo... ¿no lo notas?

La voz del señor de Kyrien se escuchó alejada, opaca, como si se encontrase en un recóndito abismo. Incluso le dio la impresión de que tenía un deje femenino en su tono...

- Vale, creo que se a qué te refieres.
- Esa bruja nos ha hechizado.

Lêandrö le miró fijamente. No podía revelarle su visión, pero tenía la certeza de que eso simplificaría toda la misión. Adivinó por la mirada de su amigo que el pensaba exactamente lo mismo. 

- La Gran Señora quiere que sean dos los Elegidos, y empiezo a creer que cada uno ha de cumplir su propio destino... 
- Jo, a veces te pones tan profundo... -dijo Lêandrö con voz soñadora.
- No te rías, es en serio. La profecía...
- Si, si, la profecía, el oráculo, yo solo sé que estamos en un sitio que me da muy mala espina y no tiene sentido y que tengo hambre y sueño...
- Espera...

El heredero al trono de Nrym bajó de su montura y se aproximó a uno de los árboles. Había visto un símbolo parecio a los Äen, pero...

- Escrito como si no dominaran la lengua...
- ¿Qué dices? me he perdido... -suspiró Lêandrö mientras su estómago rugía temiblemente.
- Creo que los símbolos pertenecen a los seres de las estrellas... -susurró Prôed acariciando la corteza.
- ¿Los seres de las estrellas? jijiji... -rió por lo bajo el príncipe.
- ¡No te rías! ¿no crees en ellos?
- Bueno... los antiguos hablaban sobre su existencia, en las runas los mencionan... aunque...
- ¡No crees! ¡y luego los salvajes somos los de Kyrien!
- ¡Vuelve a montar a Cólera, tendrá más gracia..! 

- ¡Son ellos! ¡la sacerdotisa era una de su clan! -gritó Prôed, eufórico.
- Valeee... Si eso voy buscando algo de caza o alguna baya y tu descifras los caracteres... -propuso Lêandrö, poco convencido.
- ¡De acuerdo! ¡ya verás, Lêan!



Dedicado a Leandro y Pedro, ¡feliz cumpleaños majos!

01 octubre 2013

Black Symphony

La cadencia de la melodía de las olas le relajaba. Era un sonido armonioso, uno de los más hermosos que había escuchado en la naturaleza. Kyrien no tenía mar, y cada vez que tenía oportunidad de ver su increíble grandiosidad se quedaba totalmente obnubilado. Le encantaba, no podía escapar de su hechizo.

- ¡Prô! ¡Prôed!
- ¡Dime! -gritó abandonando sus pensamientos.
- ¡Creo que lo he logrado!

Prôed se alejó del océano y antes de que pudiera llegar a donde estaba su compañero las estatuillas comenzaron a brillar y el acantilado a resquebrajarse. Una voz femenina, sensual y siniestra a la vez, les guiaba con su cántico hacia el interior de la cueva. Lêandrö miró a Prôed y ambos se adentraron en aquel oscuro lugar.

Las imágenes se sucedían en sus mentes como si de recuerdos corpóreos se tratasen. Ambos vieron a una mujer, una sacerdotisa, de rostro serio y cuerpo seductor. No podían ver sus ojos, cubiertos por una sombra. Ambos vieron a esa mujer, pero para ambos fue diferente. Solo uno de ellos la veía tal y como era en realidad.
La oscuridad se volvió menos opaca y la claridad les mostró que habían llegado a una amplia sala con varios umbrales unidos por unos caminos de piedra que desembocaban en un círculo, en el que se hallaba la sacerdotisa de sus visiones. La joven hilaba en una rueca y parecía sumida en sus pensamientos, ajena a todo.


Ninguno se atrevía a romper el silencio. La sacerdotisa hilaba, misteriosa.

- ¿Eres nuestra guía? -aventuró Prôed, cuya voz hizo eco por toda la estancia.

Silencio.

- ¿Eres discípula la Diosa? -preguntó Lêandrö, provocando el mismo eco.

Silencio.

Prôed señaló los umbrales e hizo un gesto a su compañero, sugiriéndole que atravesaran alguno de ellos para ver qué ocurría. Sin embargo, el príncipe de los Leonîdas no lo vio ya que estaba mostrándole a la mujer su amuleto. La sacerdotisa no alzó la mirada, pero el rostro de Lêandrö cambió. Prôed se acercó y le mostró a la mujer su anillo de ópalos. La joven tampoco alzó la mirada. Los jóvenes se miraron entre sí y escogieron un umbral cada uno al azar.  


~ Un paisaje tropical revelaba el lugar en el que nacían las leyendas sobre los Elegidos ~

~ Un libro de nácar descubría cómo interpretar la brújula de cuarzo para conseguir la flor de cristal índigo ~


Sin que pudieran explicarlo, se encontraron de nuevo ante la sacerdotisa. Ésta sonreía de forma extraña, y no les dio buena espina. La joven, sin dejar de hilar, les miró.


* ^* Burbujas y agua rojiza era lo único que podían ver. Un garfio de hierro se acercó a sus caras y de repente la escena cambió, dejándoles ver cómo la sacerdotisa sacaba una calavera de un gran caldero. La joven rió de forma macabra y lanzó la calavera por los aires con el garfio, de forma que parecía que les iba a golpear en el rostro * ^* 


De repente, se encontraron en una sala a oscuras, tan solo iluminada por una curiosa pirámide en el centro que irradiaba una magnética energía. 

- Es el viaje más raro que he realizado jamás -comentó Prôed.
- ¿Crees que la Gran Diosa quería que viéramos todo esto? -preguntó Lêandrö, pensativo.
- Nunca se sabe... pero somos sus Elegidos, así que...
- Tengo hambre, ¡salgamos de aquí! -interrumpió. 
- ¿Cómo puedes tener hambre en un momento como este?
- Teniéndola... -suspiró el príncipe de los Leonîdas.

La pirámide les atraía sin remedio, y dedujeron que sería la clave para salir de aquel lugar. Lêandrö la tocó, pero no ocurrió nada. 

- ¿¡Cómo la tocas!? ¡podría ser peligroso! -gritó Prôed.
- Ahora si que estás "montando en cólera", jijiji.
- Muy gracioso... -refunfuñó.
- No te enfades socio, creo que deberías tocarla, he tenido una sensación muy curiosa... -le animó Lêandrö.
- ¿Tocármela?
- ¡La pirámide! jajajaja -rió su compañero. 

Ambos posaron sus manos a la vez en la estructura y una fuerte corriente de aire les hizo cerrar los ojos.


Estaban de nuevo en la playa, y la oquedad del acantilado se hallaba cerrada. 

- "Sensaciones curiosas", dice... -repitió Prôed mientras Lêandrö se reía.
- Eres un mal pensando... ¿Qué comemos? ¿pescado?
- No queda otra...

Los jóvenes improvisaron una caña y se pusieron a pescar desde el acantilado, antes de descubrir que podía darse un festín a base de marisco que se encontraba entre las rocas.

- ¡Fíjate que cangrejos más grandes! con unas algas estarán deliciosos.
- ¿Pero tu sabes cocinar? -cuestionó Prôed.
- ¡Ahora verás!

Un rato más tarde, Prôed comprobó que las capacidades culinarias de su compañero le asegurarían comer como un rey a lo largo de su viaje mientras fuesen capaces de encontrar ingredientes. 

- ¡Está buenísimo!
- Muchas gracias, me encanta cocinar. 
- De nada... ahora que estamos llenos deberíamos hablar.
- Dime... -preguntó Lêandrö distraído mientras daba de comer a su caballo.
- Cuando estuvimos en el caldero... o lo que fuera... ¿te fijaste en los símbolos de las paredes?
- Si... pero no los reconocí. Parecían runas antiguas mezcladas con otro tipo de caracteres...
- Algunos parecían Äen, pero transformados... como si los hubiera escrito alguien que no dominaba la lengua...
- ¿Y en cuanto a nuestras visiones?

El silencio se apoderó del lugar, dejando que el sonido del mar acompañase sus pensamientos. Realmente ninguno de los dos creía que debieran revelar su visión al otro. Un simple intercambio de miradas les hizo entender que ambos pensaban lo mismo. 

- Bueno, se hace tarde, lo mejor será pasar la noche aquí y continuar mañana hacia el oeste -propuso Prôed contemplando el atardecer. 
- Lo que tu digas, socio -sonrió su compañero.



Dedicado a Leandro y Pedro, ¡feliz cumpleaños chicos!

01 octubre 2012

The Promise

El pueblo de Möryew siempre habia sido el enclave magico mas poderoso de la region. Su destino se regia por profecias que la Gran Diosa escribia en su templo, cuyas sacerdotisas descifraban, y los sabios las escribian en manuscritos para que permanecieran como legado a las futuras generaciones.

- La ultima profecia describe el inicio de una era de paz, que sera posible cuando el Elegido cumpla su mision -relato una de las sacerdotisas a la Suma Sacerdotisa del templo.
- La Diosa revelara al escogido otorgandole su señal, como ya ocurriera en la antigüedad.
- Mi señora... me temo que esta vez...
- ¿Si?
- Hay dos Elegidos.
- Eso solo puede significar... -comenzo la Suma Sacerdotisa quedandose livida.


El destino juega con el azar, y entre ambos escriben la historia. Dos jovenes cabalgaban hacia el mismo lugar, cada uno convencido de ser el heroe que las leyendas y la Diosa habian nombrado. Ambos habian recibido un simbolo de la Gran Señora, que habia dejado varios objetos en la tierra de los hombres para que sus Elegidos se distinguiesen con facilidad: Un amuleto de rubi, un libro de nacar, una flor de cristal indigo, un anillo de opalos y una brujula de cuarzo. Las diferentes generaciones de Elegidos portaban los objetos hasta que su mision tocaba a su fin, momento en el cual los abandonaban en un enclave que se les aparecia en sueños. Los dos jovenes se encontraron de frente, cuando estaban a punto de cruzar un riachuelo.

- ¡Aparta, voy en mision de la Diosa! -exclamo Prôed.
- ¿Tu? ¡yo voy en mision para la Gran Señora! -contesto a su vez Lêandrö.
- ¿Quien te crees que eres?
- ¡Yo soy el Elegido, principe Lêandrö, futuro rey de los Leonîdas! ¡HU, HA, HU, HA! -grito el apuesto joven.
- ¿Que "hu-ha" ni que ocho cuartos? ¡yo soy el Elegido!  ¡Prôed, señor de las tierras de Kyrien, heredero al trono de Nrym!
- ¡Yo tengo el amuleto! -exclamo Lêandrö señalando un rubi que pendia de su cuello.
- ¡Y yo... yo... yo estoy buenisimo!

Lêandrö le miro alucinado y se echo a reir a carcajadas. La verdad era que ese Prôed parecia un tipo simpatico con mucho caracter.

- ¡No! ¡tengo el anillo! ¡aja! perdona, es que crei que lo habia perdido... -confeso Prôed mostrandole el anillo de opalos que guardaba en uno de sus bolsillos.
- De modo que... ¿quien es el autentico Elegido?
- Pues no te sabria decir...
- La Diosa... nos habra designado a ambos...
- ¿Tu crees? tal vez...

Los dos jovenes se miraron tratando de descubrir que era lo que podia haber provocado que ambos fueses Elegidos. Hasta donde ellos sabian nunca habia ocurrido nada igual.

- Tiene que haber un vinculo especial entre nosotros....
- Si te vas a poner romantico yo me largo... -respondio Lêandrö alejandose sutilmente de su compañero.
- ¡No, hombre! algo que nos una... ¡¡no me mires asi!! -se enfado Prôed ante los gestos del otro -un eclipse, un simbolo de nacimiento, algo por el estilo...

Tras mucho cavilar se dieron cuenta de que ambos habian nacido el mismo dia, lo que supusieron era el signo definitivo de que ambos habian sido escogidos. Decidieron unirse y luchar juntos, buscar aquello que la Diosa habia revelado en su profecia y combatir el mal que asolaba sus tierras. Para ello tomaron sus monturas y se dirigieron a las tierras del oeste, donde comenzaria su verdadera andadura.

- Estoy montando en Colera... -comento Prôed tras un largo silencio.
- ¿Y ahora que te pasa? -pregunto Lêandrö ligeramente exasperado. Aquel tipo era de lo mas impredecible.
- No, mi caballo, que se llama Colera...
- Jajajaja, ¡que bueno! ¡mira, ahi!

El principe de los Leonîdas señalo un claro en el bosque que estaban atravesando, donde los arboles parecian mas antiguos y cada uno tenia grabado una runa diferente.

- En el roble grande hay una puerta que nos guiara a las tierras del mago -dijo Lêandrö.
- Pero... ¡eso lo has sacado de una cancion!
- ¡Muy cierto! pero es verdad... jijijiji.
- Menuda risita de heroe... -murmuro Prôed.
- ¿Que? -pregunto Lêandrö, que no le habia escuchado.
- Nada, nada, ¡vamos!

El joven palpo el tronco hasta encontrar una muesca en la madera e introdujo un dedo. No ocurrio nada.

- ¿Como se abre, Lêan?
- ¿Que son esas confianzas? jijijiji, hay una llave.
- ¿Que esta en..?
- Mi bolsillo -Lêandrö extrajo una pinza que sujetaba un pedazo de pergamino de su bolsillo, se la tendio a su compañero y leyo el papel para despues estallar en carcajadas. Prôed le miro con curiosidad, por lo que el principe le mostro la nota.
- "¡Hola! Lêandrö soy tu pinza, lo siento pero te abandono chao Menelao" -leyo en voz alta Prôed- a ti se te va mucho...
- ¡Siii!

Prôed tomo la pinza y la encajo en la muesca, con lo que la puerta se abrio. Ambos traspasaron el umbral junto a sus cabalgaduras y tras un fuerte soplo de viento se encontraron a orillas del mar en una playa escondida parcialmente por un acantilado.

- Buen atajo, si señor...
- "Dio un paso a traves del portal, cerro la puerta y se comio la llave... con su vida tomaron el camino hacia la libertad y se convirtio en el ultimo guardian de la llave..." ¡mira, una piedra grabada! -exclamo Lêandrö echando a correr hacia un monolito que se alzaba en medio de la arena mientras Prôed se preguntaba por que no paraba de citar viejas canciones."Hay un lugar en lo mas profundo del interior... -leyo el principe.
- "Un lugar donde escondes tus pecados mas oscuros", ¡yo tambien puedo jugar a eso! -comenzo a enfadarse de nuevo Prôed.
- ¡No, en serio! ¡lee, es lo que pone! " Hay un lugar en lo mas profundo del interior de la cueva que... regira los deseos de sus poseedores".
- Eso no tiene sentido.
- No se leer runas del todo bien... ¿que pone?
- Yo... no se leerlo... -se sonrojo Prôed. En sus tierras no se apreciaba el estudio runico, sino que se dedicaban a la interpretacion de los caracteres Äen, los mas antiguos de la civilizacion.
- ¿De veras? que salvajes sois en Kyrien.

Prôed se cuestiono seriamente darle un sopapo, pero temia que se lo devolviera... ademas aquel tipo parecia autentico, no le daba la impresion de que tratara de presumir.

- Ahi parece que hay una caverna... -dijo Lêandrö señalando una oquedad en el acantilado- segun el monolito se abre uniendo las piezas de ese puzzle -apunto a la arena, donde unas estatuillas reposaban cerca de un tablero.
- Me suena de haberlo visto antes... pues nada, ¡abramos la roca!




Dedicado a Leandro y Pedro, ¡feliz cumpleaños bollus!