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24 mayo 2020

Spring is icumen in

https://www.youtube.com/watch?v=dZWGH0ougJI

El cielo nocturno rige el tiempo de los firmamentos. Las constelaciones contemplan solas el silencio. La oscuridad custodia los eónes de la eternidad.

La primavera relucía en la oscuridad con su belleza silenciosa. Los pétalos de las flores se marchitaban en las plantas y fluían con la helada brisa estival que anunciaba la vuelta del invierno ígneo. La naturaleza permanecía estática pero las estaciones aún se sucedían como antaño. La diferencia radicaba en que aquel instante, cristalizado en el espacio, no quedaba nadie para contemplarlo... La Madre Tierra se hallaba en una encrucijada, sola y abandonada a su suerte. Con sus hijos marchitos en la oscuridad dando la bienvenida al regreso del otoño mientras el manto de niebla cubría su visión de los bosques que renacían entre los pétalos florecientes de los finos copos de nieve que se arremolinaban entre las flores y la hojarasca crujiente en su verdor de tonalidades cálidas. La naturaleza reclamaba su poder ancestral en la quietud de aquel instante fijado en el tiempo cuando Las Moiras decidieron seccionar todos los hilos al mismo tiempo e inmortalizar la propia muerte en una era de luz. Y mientras las propias Moiras se desvanecían y con ellas todo lo que alguna vez había sido, la niebla cubrió totalmente el paisaje con sus hebras de plata y aquella época llegó a su fin en silencio...

La lluvia caía en el silencio resucitando todo el verdor. El agua se acumulaba en los ríos que reflejaban el mundo exterior. Y así ella renació...

Toda luz proyecta una sombra.

La luna iluminaba el mundo que renacía bajo el firmamento. Las constelaciones otorgaban sus dones a la naturaleza vestal. El ciclo eterno. La historia de la naturaleza volvía a escribirse en el lienzo en blanco del pentagrama de las emociones que envolvían el reino terrenal que volvería a ser un paraíso prístino...

Los brotes crecían a una velocidad vertiginosa en aquel Edén primaveral donde todo había surgido y todo volvería a surgir. Flores, árboles y ríos comenzaban su andadura por aquel mundo primigenio donde antes solo había niebla. La Madre Tierra se regocijaba ante la visión de la naturaleza recobrando sus rituales atávicos en aquel renacimiento tras la tormenta que la había destruido...

* 

El silencio era precioso de contemplar desde su trono de marfil mientras la tierra fértil daba sus frutos en medio de la bellísima ventisca de nieve que cubría los pétalos de las rosas que flotaban en medio de la tempestad estival junto a los pétalos de sus hermanas y la hojarasca marchita de los árboles que se negaban a desaparecer en el olvido como la última vez cuando Las Moiras lo destruyeron todo. Las ancianas hermanas del Destino, rejuvenecidas con el elixir de la muerte sonrieron a la Madre Tierra y tejieron sus hilos con una sonrisa siniestra y sus tijeras afiladas... 

La quietud de los ojos de la Madre Tierra pareció conmoverlas hasta lo más profundo. Quizá aquella vez sería diferente y la naturaleza podría seguir su curso en armonía sin que el equilibrio fuese roto de nuevo. Las Moiras miraron con sus ojos ciegos alrededor, al caos de eufonía de las estaciones y entonces regresaron a sus ruecas y comenzaron a tejer las historias de la naturaleza, un mundo que sería eterno en el imaginario de las crónicas del universo que ellas mismas crearían en aquel perfecto microcosmos. La Madre Tierra reconoció en aquella primavera los dones de las constelaciones y los deseos de las flores y la fortuna de los árboles que volvían a nacer para ella sin verano, sin otoño y sin invierno profanando su preciosa primavera para que al fin pudiera florecer en paz y armonía...

El cielo nocturno rige el tiempo de los firmamentos. Las constelaciones contemplan solas el silencio. La oscuridad custodia los eónes de la eternidad. Toda luz proyecta una sombra...


Dedicado a los seres de luz en la oscuridad.

23 abril 2019

Los Öryn


Los Öryn convivían en paz en el bosque hasta la llegada de los desconocidos seres de plata. Quiénes eran ellos, lo ignoraban, pero habían venido para cambiar el orden natural de todo, el equilibrio de la sombra.
Llegaron en medio de la paz otoñal cuando el bosque moría para lentamente renacer. Qué buscaban tan lejos de su hogar, los Öryn no podían saberlo, ni cómo aquello cambiaría el rumbo de su historia.

Los seres de plata eran silenciosos y parecían pertenecer a otro plano astral equidistante. Paseaban por el bosque sin rumbo fijo, como almas en pena que caminan sin sentido vacuas. Las estaciones se sucedían y los seres de plata usurpaban el lugar dejando su impronta en los árboles. Los Öryn trataron de impedirlo con su magia pero los seres de plata eran más poderosos y todo acabó... … … 

Los Öryn miraron al cielo... A aquel pequeño planeta azul desprovisto de vida y lleno de color. Aquel podría ser su nuevo hogar.. Un lugar donde comenzar alejados de los seres de plata que habían destruido su mundo con su tristeza. Reproducirían sus bosques en sagrada armonía y nadie sabría de su origen interestelar para que los seres de plata no pudieran descubrir sus maravillas ni desearan poseerlas nunca más otra vez. Los Öryn viajaron durante muchas lunas al mundo azul que sería su nueva morada para olvidar el pasado...

Cuando llegaron el planeta era un mundo de agua. El origen de la vida estaba en una semilla... Los Öryn plantaron el germen de sus bosques en la Tierra. Y la belleza comenzó a surgir en el nuevo planeta al que llamarían su hogar...


Dedicado a Veneranda, gran amante de mis relatos.

14 septiembre 2014

Hills of myst


La silenciosa quietud del bosque hacía que la vida nocturna resurgiera de su letargo diurno y pasease por sus dominios con libertad. Las luciérnagas iluminaban con su tenue luz los arbustos en los que moraban ocultas, los búhos ululaban sus misteriosos cánticos y los grillos componían sus sinfonías en armonía con la naturaleza. La Madre Tierra erraba entre los árboles admirando cuanto la rodeaba... Amaba esos tranquilos parajes, su prístina belleza, el aire puro que se llenaba de las fragancias de la flora que consentía crecer en aquel idílico lugar... Nunca lo cambiaría, pero los tiempos estaban cambiando. Los seres de la tierra habían olvidado la divinidad de todo aquello que les daba la vida y cada vez se veían menos ligados a sus orígenes. Sus mentes divagaban lejos de la filosofía natural que les había acompañado en sus principios bajo el manto de estrellas que había sido su inspiración y la firme tierra bajo sus pies que había sido su hogar. La vieja sabiduría se perdía en las generaciones; las antiguas civilizaciones y sus creencias no tenían cabida en el nuevo mundo, en el que todo era diferente, y el paso de las estaciones, las misteriosas constelaciones, el lenguaje de la naturaleza y la cadencia de las melodías del viento, la vegetación y los océanos nunca más tendrían significado para ellos. Habían perdido su esencia, aquello que les hacía especiales y únicos, que nada más ni nadie podría poseer... Las voces de los seres que se encontraban más allá, en el espíritu de la naturaleza, aún se oían, pero eran muy pocos los capaces de escucharlas. La Madre Tierra se unía a sus cánticos y creaba bellas sinfonías con todos los elementos naturales que podían recordar a aquellos seres de tierra que su hogar tenía vida propia: magníficas tormentas, impetuosos oleajes, tempestades de lluvia y nieve, implacables volcanes y seísmos... Las auroras boreales y la misteriosa belleza de los parajes helados, el enigmático desierto y los secretos que ocultaba enterrados en la arena, y las selvas impenetrables junto con los piélagos más insondables configuraban un mundo hermoso al que ya a nadie parecía impresionar... Las constelaciones no regían el destino de aquellos seres que un día sintieron fascinación por ellas, la luna no dominaba sus instintos y los solsticios y equinoccios pasaban desapercibidos en el calendario... La Madre Tierra no sabía cómo recuperar a los que fueron sus más fieles allegados y dejaba que sus pensamientos divagasen entre los árboles ancestrales que habían sido testigos de la grandeza de las razas que habían vivido en aquellos territorios en un pasado que parecía muy lejano e inalcanzable... Las voces de los seres que se encontraban más allá entonaron sus cánticos y plegarias en busca de la iluminación de los seres de la tierra... Solo ellas harían que pudiesen recordar la belleza y majestuosidad del que aún era su hogar... La eufonía de sus palabras llenaba el bosque mientras se acercaba el amanecer y su suave cadencia llenaba el corazón de la Madre Tierra de promesas de un futuro en el que sus descendientes nunca olvidaran el significado de su origen y la nobleza del lugar que les había dado la vida... 



Dedicado a Veneranda, una auténtica amiga.