15 octubre 2014

Aube (I)


La niebla nacarada cubría todo a su alrededor. Cuando empezó a despejarse, pudo ver un hermoso paisaje que le daba la bienvenida. Era un lugar maravilloso, una suerte de jardín del Edén. Los árboles se extendían indefiniblemente a lo largo de aquellas bellísimas tierras. Las playas de finísima arena bordeaban la preciosa costa y los acantilados que abrazaban el profundo océano que brillaba a la luz del sol, majestuoso, rodeaban aquella perfecta visión. Era el lugar más hermoso que jamás había visto, y todo en el parecía convivir en armonía y paz. La naturaleza virgen le recordaba a una era primigenia donde los seres que habitaban el mundo comenzaban su andadura, curiosos e ilusionados por descubrir el hermoso lugar que les había sido legado por sus ancestros y del cual desconocían casi todos los secretos y enigmas... Un mundo misterioso cuya historia escribían a cada paso, revelando toda la sabiduría que eran capaces de desvelar para conquistar sus tierras y a ellos mismos... Un lugar al que pertenecían y que llevarían por siempre en sus corazones, porque era la tierra que les había visto nacer, prosperar a través de los tiempos, crear más allá de todo entendimiento, realizar todos sus sueños... 

El paisaje se desdibujó lentamente y la niebla se arremolinó a su alrededor ocultando aquel hermoso mundo... Tras unos instantes en los que una sensación de eternidad fluyó por sus pensamientos, la niebla comenzó a despejarse de nuevo y pudo ver una antigua civilización que habitaba en una isla paradisíaca dominada por un volcán. También se vio a si misma guiando con la fuerza de un cristal un barco volador por encima de aquel lugar. Parecía ser una sacerdotisa que viajaba entre la misteriosa isla y un lejano bosque en el que vivían en secreto otras sacerdotisas. Había una cueva próxima a un círculo de piedra...

La niebla volvió a cerrarse a su alrededor ocultándole la visión. No entendía qué era lo que acababa de presenciar, pero sabía que era la única que podía revelar aquel enigma. No sabía dónde se hallaba, pero la sensación de paz era indescriptible... Tras unos instantes en los que sus pensamientos fluyeron hacia la eternidad, la niebla volvió a despejarse y pudo ver un paisaje que parecía pertenecer al lejano oriente. Las montañas se erguían cubiertas de nieve en su cima, aunque la naturaleza reflejaba el otoño o la primavera. Los bosques eran muy hermosos y silvestres, profundos y misteriosos como nunca antes había conocido, y sus tonos rojizos eran tan bellos que no podía describirlos porque no encontraba palabras... Los árboles mecían sus hojas con la brisa y unas flores de cerezo se deslizaron hasta una mística pagoda en la que unos ancianos reverenciaban a sus dioses... Quizá eran los guardianes del templo, los custodios de la verdad... Los únicos que comprendían todos sus misterios y que buscaban honrar a las antiguas divinidades que una vez adoraron sus ancestros en el origen de su civilización... Le recordaba a una vieja historia sobre la leyenda de un dragón que le habían contado una vez hacía tiempo. También se vio a si misma relatando esa misma historia en la pagoda... Las flores de cerezo se deslizaron ante sus ojos y la llevaron hasta las tierras más lejanas, donde nacían las montañas y no existían fronteras para la naturaleza que convivía en armonía con los seres humanos. Su belleza era tal que deseó vivir allí de nuevo como guardiana del templo...

La niebla desdibujó la imagen y se arremolinó a su alrededor ocultando aquel bello paraje. El enigma de aquellas visiones era fugaz, sabía que tarde o temprano lo desvelaría, estaba en su mente. Tras unos instantes en los que la eternidad fluyó a través de sus pensamientos, la niebla comenzó a despejarse y pudo ver una pirámide maya que se erguía contra el cielo y los montes que la rodeaban... Los monumentos de piedra adornaban el lugar con sus tallas grabadas para honrar a los dioses y los jóvenes inscribían en sus tablillas los glifos para dejar constancia de su paso por la historia... También se vio a si misma en la pirámide frente a una vasija ritual llena de sangre haciendo una ofrenda de sacrificio a las deidades para agradecerles la buena fortuna de su pueblo... Volvía a ser una sacerdotisa de una cultura antigua y perdida en el tiempo porque al parecer ese era el destino que había elegido en todas sus vidas...

La niebla cubrió lentamente todo a su alrededor y se perdió en el silencio de sus pensamientos... Sus recuerdos aún eran nítidos pese a que ya no pertenecían a este mundo... La melodía de la eternidad creó un portal para ella que la llevaría al mundo de las esencias puras, donde su psique encontraría un lugar para reflexionar acerca de su vida y el destino que le esperaba. Suavemente, se deslizó hacia el portal inmersa en una diáfana sensación de inmortalidad, sabiendo que su nuevo sino aún no había sido escrito y que por ello su voluntad era libre de soñar con todo lo que siempre había deseado y que tal vez se otorgaría en la vida que le había sido concedida a su espíritu en el mundo mortal, donde las esencias cobran vida más allá de los límites de la inmortalidad y el pensamiento eterno...


End part I

09 octubre 2014

Ádhmharaighe

- ¿¿Êdimbürgh?? ¡Eso está lejísimos, allende los mares!

Märga miró fijamente a Polvo de Galleta. No sabía qué le sorprendía más, que estuviera dispuesto a hacer lo que fuera para recuperar su cuerpo pero ir a aquel sitio le pareciera lejísimos o que hubiera usado la expresión "allende los mares". En serio, la dejaban alucinada.

- Pero bueno, os teletransportaría...
- ¡Ah, vale! entonces bien.

Alucinada.

La risita pánfila de Pänsy la sacó de sus pensamientos. Tenía que actuar con rapidez, estaba harta de ser un hombre y Polvo de Galleta parecía inexplicablemente igual de incómodo que ella. Con firmeza, les obligó a formar un círculo.

- Oye una cosina... ¿si puedes teletransportarnos, por qué nos has hecho caminar estos días? -preguntó Chico-chica. El resto del grupo asintió mostrando acuerdo. Al parecer llevaban tiempo queriendo preguntárselo.
- Primero, porque no conocía la ubicación exacta del lugar al que nos dirigíamos. Segundo, caminar es bueno, ¡so vagos! Y tercero, ¿que es eso de "oye una cosina"? Me has recordado a un amigo -sonrió la meiga. 


Poco tiempo después, el grupo se materializó en unas tierras cercanas a la costa de Êdimbürgh.

- ¿Dónde estamos? -preguntó El doble de chico-chica.
- En Êdimbürgh... ¿dónde si no?
- ¿Y qué hacemos aquí? -se interesó El novio de Princesa.

¿Le estaban tomando el pelo?

- Venimos a... en serio, ¿no os habéis enterado?

El grupo parecía extrañamente confuso.

- Soy Märga la meiga, he venido a recuperar mis poderes.

Polvo de Galleta miraba a todos por encima del hombro. ¡Ella no se daba aires! ¿Qué hacía?

- Pero...
- Silencio, Polvo. Debo encontrar el sendero de la verdad con mis artes mágicas.

La meiga no sabía qué decir. ¿Qué estaba ocurriendo? Una risita pánfila hizo eco en su mente.

- Pänsy...
- Te seguimos, Märga -dijo Princesa a Polvo de Galleta.
- ¡Yo soy Märga! -perdió la paciencia la meiga.
- ¡Mentiroso! ¡tu no eres nadie!
- ¿Cómo os atreveis? ¡estáis todos hechizados! -gritó ella.
- ¡No lo escucheis! ¡reducidlo!

Märga se vio rodeada y antes de que se lanzaran a por ella ejecutó un conjuro que le permitió desaparecer.

- ¿Adónde ha ido? -preguntó Km3.
- Ni idea... pero me ha robado la magia. Debemos encontrarle y obligarle a dármela.


La meiga apareció instantes más tarde a poca distancia de allí y se ocultó tras unas rocas. ¿Qué había pasado? Aparentemente Pänsy quería reírse a su costa embrujando a sus compañeros para que le dificultaran la tarea. ¿No tenia bastante con lo que le había pedido? Al parecer no, pero no importaba. Ella también sabía jugar, y aún conservaba sus poderes...



Dedicado a Marga, ¡feliz cumpleaños churri!

01 octubre 2014

Hand of sorrow

Era un ser terrenal, los designios de la Diosa no eran para él. Tenía el amuleto de rubí, pero no significaba nada.

Era una criatura de la tierra, no era digno de gloria. Tenía el anillo de ópalos, pero no simbolizaba nada.


Los pensamientos oscuros sumían a los dos Elegidos mientras se dirigían al oeste. La siniestra y enigmática sacerdotisa había nublado su juicio y a la vez les había mostrado el camino, pero había hecho mella en su raciocinio, más de lo que podían imaginar...

- Aquella mujer... -comenzó Prôed antes de que su voz se quebrara.
- No dejo de pensar en ella... -reconoció Lêandrö.
- Yo tampoco. 

El silencio se hizo entre ambos, que no volvieron a decir palabra hasta mucho tiempo después.

El atardecer fue ensombreciendo la luz hasta que apenas iluminaba el paisaje. Era una noche de luna menguante y casi no se veía nada.

- Deberíamos parar, socio.

Prôed alzó la mirada y se detuvo. 

- Hay algo extraño en este lugar -terció.
- ¿El qué?

No sabía explicarlo. Estaban en la linde de un bosque y aún se oía el susurro del mar, pues cabalgaban cerca de la costa. Parecía un sitio agradable, un páramo abandonado hacía tiempo por el que nadie pasaba y donde podrían hacer noche sin emboscadas. 

- ¿Un páramo en un bosque?

La voz del príncipe de los Leonîdas se oyó lejana, amortiguada, como si se hallase en lo más profundo del interior de una cueva. Incluso le pareció notar un deje femenino en su tono...

- ¿Estás bien, socio? -preguntó su amigo, preocupado.
- Si... yo... ¿no lo notas?

La voz del señor de Kyrien se escuchó alejada, opaca, como si se encontrase en un recóndito abismo. Incluso le dio la impresión de que tenía un deje femenino en su tono...

- Vale, creo que se a qué te refieres.
- Esa bruja nos ha hechizado.

Lêandrö le miró fijamente. No podía revelarle su visión, pero tenía la certeza de que eso simplificaría toda la misión. Adivinó por la mirada de su amigo que el pensaba exactamente lo mismo. 

- La Gran Señora quiere que sean dos los Elegidos, y empiezo a creer que cada uno ha de cumplir su propio destino... 
- Jo, a veces te pones tan profundo... -dijo Lêandrö con voz soñadora.
- No te rías, es en serio. La profecía...
- Si, si, la profecía, el oráculo, yo solo sé que estamos en un sitio que me da muy mala espina y no tiene sentido y que tengo hambre y sueño...
- Espera...

El heredero al trono de Nrym bajó de su montura y se aproximó a uno de los árboles. Había visto un símbolo parecio a los Äen, pero...

- Escrito como si no dominaran la lengua...
- ¿Qué dices? me he perdido... -suspiró Lêandrö mientras su estómago rugía temiblemente.
- Creo que los símbolos pertenecen a los seres de las estrellas... -susurró Prôed acariciando la corteza.
- ¿Los seres de las estrellas? jijiji... -rió por lo bajo el príncipe.
- ¡No te rías! ¿no crees en ellos?
- Bueno... los antiguos hablaban sobre su existencia, en las runas los mencionan... aunque...
- ¡No crees! ¡y luego los salvajes somos los de Kyrien!
- ¡Vuelve a montar a Cólera, tendrá más gracia..! 

- ¡Son ellos! ¡la sacerdotisa era una de su clan! -gritó Prôed, eufórico.
- Valeee... Si eso voy buscando algo de caza o alguna baya y tu descifras los caracteres... -propuso Lêandrö, poco convencido.
- ¡De acuerdo! ¡ya verás, Lêan!



Dedicado a Leandro y Pedro, ¡feliz cumpleaños majos!