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27 diciembre 2020

Quetzalcōhuātl

Se quedaron boquiabiertos. A Pichu le estaba dando síndrome de Stendhal total y no sabía hacia cuál de todas las maravillas que abarcaban sus ojos mirar.

- ¡Oh, reacción romántica ante la acumulación de belleza! ¡Oh, exhuberancia del goce artístico! -estropeó el momento el arqueólogo listillo.
- ¡No tienes corazón! -exclamó Pichu, extasiado ante la hermosísima pirámide que se erigía ante ellos.
- ¡Escuchad!

Todos guardaron silencio ante las palabras de Mama Quilla y comenzaron a oir una suave melodía que parecía nacer de la mismísima pirámide. Pichu no cabía en sí de emoción y ni siquiera se dio cuenta de que la imagen de Viracocha, el esplendor originario, Señor Maestro del Mundo, brillaba en su trono con la piedra preciosa de su torso refulgiendo. 

- ¡Vamos a investigar el sepulcro! -propuso Pichu admirando el atardecer y lo bucólico de aquella escena que parecía pertenecer a un sueño.
- ¡No!

Pacha Mama parecía de nuevo muy incómoda. La pirámide le provocaba un sentimiento que no sabía cómo describir. Su brillo mágico le recordaba a Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, dios de la luz y de la vida. Buscó en los cielos del crepúsculo a Xólotl, la estrella vespertina, pero no logró encontrarla. El gemelo precioso...

- ¡Oh!

Pichu de pronto entendió lo que ocurría con su arqueóloga favorita (y traidora, que no olvidaba que le había leído el diario). La miró con ternura y los ojos de ésta se humedecieron.

- Xib'alb'a... El inframundo. 
- ¡Venga jefe, saca el móvil y cuéntanos el Popol Vuh! -pidió con sorna el arqueólogo que le caía mal.
- "El Popol Vuh es una recopilación de narraciones míticas, legendarias e históricas del pueblo k'iche..." ¿Ah, no lo decías literalmente? -preguntó Pichu al ver sus caras.
- En serio... 
- ¡Es el Libro Sagrado de los mayas! No deberías...
- ¡Silencio! -estalló Mama Quilla. 

La pirámide comenzó a refulgir y de pronto la escena empezó a desdibujarse como si se tratase de una pintura al óleo bañada por fina lluvia. El lienzo se desvanecía y las pinceladas se perdían en el infinito. 

¡Pichu!
 
El joven arqueólogo alzó la mirada hacia los dioses.


Xib'alb'a, el reino de los muertos. Regido por las divinidades de la enfermedad Hun-Camé y de la muerte Vucub-camé. 

- 'Abandon hope all ye who enter here'... -susurró con voz sombría Pichu recordando el Infierno de Dante.
- ¡Bienvenidos a Guatemala! -bromeó el arqueólogo listillo para aliviar la tensión.
- ¿En serio? No estamos en la "tradicional" entrada de Alta Verapaz, eso seguro... -contestó Mama Quilla.

El mundo telúrico de Xib'alb'a estaba gobernado por unos ríos encantados con árboles espinosos -¡jicaros! presumió Pichu de conocerlos- que descendían de los barrancos por los que estaban penetrando en su interior. Lograron esquivar con suma cautela las profundas espinas que amenazaban con atravesar su piel y entonces llegaron al borde del río de la Sangre. En completo silencio pasaron por él y llegaron a un río de agua natural. Pichu trataba de recordar el Popol Vuh mientras observaba a su amiguito pokémon, que permanecía tranquilo y silencioso sobre su hombro. ¡Qué ricura!

- Bueno... ¿Y ahora qué?

Tras atravesar el último rio, llegaron a un lugar donde se cruzaban cuatro caminos. Un camino rojo, un camino negro, un camino blanco y un camino amarillo.

Continuará...


Dedicado a Javier, ¡feliz cumpleaños majo!

13 mayo 2020

The Monastery of Yn

Caminaban en silencio desde hacía varios días. Ërov parecía tan abstraída con sus propios pensamientos que Mordred no se atrevía a romper aquel instante de perpetuo mutismo. Solo caminaban, dormían y volvían a caminar, comiendo en ruta cuantas bayas recolectaban y pequeños animales cazaba él, sin detenerse jamás. Pronto, el monasterio de Yn estuvo nuevamente ante sus ojos, en lo alto de una colina oculto por un robledal.

- Ërov... 

Por primera vez desde que salieron del castillo de Vlädés, la sacerdotisa le miró. Sus ojos reflejaban tanta sabiduría como si mil vidas hubieran pasado desde que empezaran su camino en busca de la profecía. Y allí se hallaban, de nuevo, en el monasterio que no habían podido recorrer por culpa de los centinelas que lo guardaban. Pero esta vez estaban prevenidos.

- Lo siento.

El joven la miró con curiosidad.

- ¿Qué sentís, mi señora?
- Siento que os estoy fallando. A la Suma Sacersotisa, a mi familia... A ti... 
- A mi nunca podríais decepcionarme.

Mordred la miró intensamente y notó un aluvión de mariposas en su interior.

- Sois una maravilla de la naturaleza, fuerte y poderosa, con unos dones que ni vos imagináis... El destino del mundo está en vuestras manos y yo os ayudaré a soportar la carga para que sea más liviana. Solo tenéis que confiar en vuestros instintos. 

Ërov sonrió. Si unían fuerzas, todo era posible.


Cuando alcanzaron el monasterio, la sacerdotisa notó un cambio en el ambiente. No sabía decir qué era, si era fruto de sus poderes en constante evolución o si los demonios de Vlädés habían conquistado el lugar hacía décadas. No había sentido nada la última vez y no tenía razones para creer que el monasterio ya no fuese un lugar seguro de reposo para los monjes y centinelas del reino que les custodiaban.

- Mi señora... -comenzó Mordred, quedándose quieto de repente.
- ¿Sí? -respondió Ërov, impaciente por entrar y comprobar si sus sensaciones eran reales.
- ¿Por qué hemos venido?
- ¿A qué te refieres?
- La profecía ha sido destruida... Vuestro tío la quemó. ¿Qué hacemos en el monasterio?
- Yn es mucho más que un simple claustro y encierra más secretos que la profecía... Venimos a hablar con el Prior, el Guardián, el Gran Maestre...

Mordred la miró largamente. 

- ¿Viajamos para conversar con el Supremo? ¿Por qué?
- Pronto lo entenderás -contestó Ërov simplemente.


El monasterio de Yn era mucho más vasto de lo que se podía apreciar a simple vista, ya que parte de su construcción se encontraba bajo tierra, en el corazón de la montaña, lejos de miradas invasivas. Esta vez, sin embargo, no recorrerían sus galerías subterráneas, si no que entrarían por la puerta principal como viejos amigos. 

A la entrada del lugar, de piedra austera y vetusta, pudieron ver un mapa que indicaba los distintos aposentos y el laberinto que conformaba  sus entrañas.


- ¿No resulta extraño que tengan un plano del interior justo en el pórtico? Cualquiera podría conocer sus enigmas...
- ¿Eres capaz de verlo?

El joven asintió y esta vez fue Ërov la que lo miró durante un tiempo -más del necesario, por qué no admitirlo.

- ¿Qué secreto encierra? -cuestionó Mordred, suponiendo algún tipo de magia.
- El plano solo se muestra a aquellos puros de corazón que buscan la benevolencia, la erudición y el consejo virtuoso de los monjes. Jamás se revelaría ante un demonio, o cualquiera que deseara el mal.
- ¿Es eso cierto?
- Absolutamente.

El monje superior de la orden les recibió con una enorme sonrisa desdentada y abrió sus brazos en cálida bienvenida.

- ¡Oh, Mënthôr, estás aquí! -exclamó Ërov con una mezcla entre alegría y alivio.
- Por supuesto, pequeña sacerdotisa. Aunque he de decir que vuestros poderes han aumentado tanto que ya no sois una simple jovencita que aprende las artes antiguas...

¿Cómo podían ser bienvenidos si habían acudido al lugar a robar la profecía? Mordred no entendía nada.

- Este es un lugar peligroso para ladrones... ¿No es así, jovencito?

Mordred se sonrojó. ¿Le adivinaba los pensamientos?

- Los muros tienen memoria, vista y oídos. A veces un poco de sigilo en un pasadizo subrepticio no viene mal... -rió el monje.
- ¡No seas malo! Mi amigo no lo está entendiendo... -dijo Ërov empujando cariñosamente a aquel hombre mientras miraba a Mordred, que cada vez parecía más confundido.
- Esta mujercita sabe bien que los secretos de Yn pueden ser revelados por entes malignos que un día fueron buenos y que a veces un buen amigo puede penetrar sus defensas fingiendo ser pérfido en pos de un bien mayor...

El joven asintió aunque seguía sin comprender ni una palabra.

- Mordred...
- Es mi sobrina. Ërov es mi sobrina más querida, la única que tengo, la niña de mis ojos.

¿Cuántos familiares legendarios o proverbiales tenía aquella sacerdotisa? Su linaje era más fascinante y sofisticado de lo que nunca había imaginado...

- Tenemos que hablar del maestro.

El rostro de Mënthôr cambió a un semblante mucho más serio y circunspecto.

- ¿No me digas que también estás emparentada con él? -suspiró Mordred.
- Por supuesto que no. El maestro...
- El maestro es un traidor al monasterio.

Ërov miró a su tío, con expresión grave.

- ¿Lo sabías? -preguntó, dolida.
- Lo sé desde hace mucho tiempo. No quería que tú lo supieras hasta que fuera estrictamente necesario. 
- ¿Por qué?
- La profecía.


El silencio reinaba en los pasillos del claustro. Los centinelas se apartaban a su paso, ya que iban con el Gran Maestre y eran intocables. Mordred reconoció al guardia que dijo lo de "prendedlos" y había tratado de prenderles fuego... El hombre sonrió a modo de disculpa y el joven le devolvió la sonrisa, aunque no podía olvidar que por su culpa habían acabado en el desfiladero de los muertos y todo se había torcido... Resopló indignado y Ërov le dio la mano, reconfortándolo. Para ella tampoco había sido agradable... 

- Y bien, mi niña, aquí está.

Los dos jóvenes miraron a una balaustrada de madera intrincadamente tallada tras la cual había una puerta de piedra común y corriente. Traspasaron el umbral y al punto se sintieron diferentes. La magia antigua gobernaba aquel sitio. La sacerdotisa recordó cómo se había sentido en el exterior del recinto y no tenía nada que ver con aquello... 

- ¿Los vasallos de Vlädés han estado aquí?

Una sombra cruzó el rostro de su tío. 

- Nunca podrían llegar tan lejos. Su corazones se pudrirían en estos pasillos mucho antes de que cualquiera de los centinelas los encontraran. Por eso nos protegen, no solo con sus armas, sino con su lealtad.
- ¿Siempre habla en acertijos? -preguntó Mordred sin poderlo evitar. El monje sonrió.
- ¡Oh, sí! No puedes pasar tanto tiempo entre viejos libros y pergaminos sin adquirir un lenguaje tácito de sus palabras. Impregnan tu alma y su espíritu se queda con una parte del tuyo.

Un ruido quedo sonó en uno de los muros y Ërov buscó la fuente del mismo.

- No busques, pequeña sacerdotisa, no se dejarán ver.

Mordred sintió un escalofrío.

- ¿Qué estamos buscando? La profecía ya no existe.
- Claro que existe, aunque no tenga forma terrenal.
- El maldito Vlädés y su torpeza...

El monje soltó una risita.

- Si, mi cuñado siempre ha sido especial. Lástima que su cobardía haya hecho que le seduzca la oscuridad. No obstante, tiene buen corazón, y vosotros dos, el destino de la humanidad, se lo recordaréis...

El hombre cogió algo muy pequeño de una repisa y se lo entregó a Ërov. 

- Este anillo -dijo mientras la sacerdotisa contemplada la hermosísima pieza que yacía en sus manos- tiene un significado único para Vlädés. Le evocará recuerdos que harán que contemple su propia existencia desde otro prisma. Debéis entregárselo y permitir que se lo ponga en el dedo índice.
- ¿Precisamente en el índice?

El Gran Maestre clavó su mirada en Mordred y este quedó en trance por unos instantes. Acababa de ver su propia muerte de nuevo, los ojos del vacío...

- Ërov...

Fue demasiado tarde. El monje se abalanzó sobre ella con una fuerza indescifrable y le clavó la daga que la misma sacerdotisa llevaba entre los pliegues de sus vestimentas.

- ¡ËROV!


La sacerdotisa abrió los ojos. En el desfiladero de los muertos.



Dedicado a Verónica, ¡feliz cumpleaños neni!

16 enero 2020

Idealy-zen Chronycles


A veces las grandes historias comienzan en silencio. A veces los cuentos se hacen realidad. A veces el misterio va más allá de los misterios. Y las historias se entrecruzan para empezar a narrar. En lo más recóndito del espíritu. En el lago olvidado de la inspiración. Nace como un sueño idealizado. Lo que se hallaba perdido en la imaginación. Solo para aquellos que logran abrir el corazón...

Ocurre un día de otoño de atmósfera calmada. La lluvia impregna el ambiente de neblina. El sol brilla entre las nubes con su áurea aura. Nada en el ambiente presagia la magia ancestral. Los astros se alinean en danza enigmática. Los destinos marcan el inicio de lo clandestino. Allá en el bosque del cementerio de almas...

Allá en el bosque del espíritu del pasado surge de la hechicería atávica su don maldito. Donde las palabras yacen silenciosas la semilla de ambrosía planta su fruto prohibido. Y ese silencio logra su poder oculto de los espíritus a los que conquista, y ese silencio se convierte en un bosque en el que me hallo perdida. La espesura y su misterio me desorientan; la niebla me lleva a una perdición funesta; verde oscuro es todo lo que aprecian mis ojos; en el bosque primitivo de sentidos engañosos. Y camino sin rumbo queriendo conocimiento y deseando no saber acerca de su naturaleza. Me pierdo entre los majestuosos árboles y la espesura consciente de mi error.

Una hija de Eva cayendo en la tentación, un ser antiguo presa de una ilusión, un bosque oculto que presagia destrucción, una quimera que refleja su pasión. Su naturaleza me atrapa en ella; los pensamientos vagan sin sentido; ya no distingo luz de oscuridad; se magnifica lo que no existe. Llego a la pagoda como en un sueño, su belleza me cautiva, se desdibuja en el ambiente y el hechizo se desvanece.

Allá en el bosque exuberante de mis delirios perdí el sentido de la pura realidad. Entre la hojarasca, la espesura y el verde oscuro de su psique cautivadora como un embrujo. En el sortilegio de su naturaleza perdí la noción del tiempo y de mi. Quería conocer su esencia primigenia, aquello que le movía a ser como era. La pagoda se siente irreal, lejana y maldita, como el elixir de los dioses en la tierra. No conozco sus secretos pero la fuente de mi inspiración mana de ella y la necesito; aunque rompa mi ser en dos y escinda mi alma, quiero alcanzarla y ver en su interior qué me depara; pero se desdibuja en un jirón de niebla desconcertante dejándome con la miel en los labios...

Desperté en un reino otoñal en lo más profundo de mi mente. Nunca volví a aquel lugar en sueños y jamás supe si existía. El verde oscuro del bosque me perseguía en el silencio como una fantasía demente que había dejado cobrar vida en aquel cementerio de espíritus que era mi alma después de que la quimera hubiera borrado todo rastro de cordura en mi imaginación... Y fue cuando la pagoda regresó...


Dedicado a Jorge, por la lluvia y su embrujo.

27 diciembre 2019

Teonimia (Cosmogony)

Aquel lugar era tan increíble y majestuoso que le dejó literalmente sin respiración. A continuación se puso a toser como un loco. ¿Quién le mandaba tocar nada y levantar semejante polvareda?

- ¿Estás bien? -preguntó Mama Quilla, preocupada, poniendo una mano en su espalda.
- Si... -respondió con dificultad- A ver si resulta que tengo alergia...

Tras el imponente trono las paredes de piedra se alzaban a gran altura hasta el hueco en la roca por el que se filtraba la luz. No parecía un lugar por el que pudieran escapar, así que miró los alrededores. Un foso relativamente profundo con restos de vegetación seca y antorchas que se mantenían misteriosamente vivas en algunas columnas... ¿Cómo podía ser posible?

- Este lugar... Quiero irme -terció de repente Pacha Mama.
- ¿Por? 
- No lo sé... No me gusta...
- ¿Temes la ira de Viracocha? -cuestionó el arqueólogo listillo con sorna.
- ¡No tiene gracia! No sabemos lo que le pasa, y aquí mismo hay una imagen del dios... No puede ser simple casualidad...
- ¡Oh, dios de los báculos! ¡Oh, dios de las varas! No nos hagáis daño... 

Pichu emitió unos pequeños rayos en sus mejillas y el arqueólogo guardó silencio al punto. 

- Tendrías que ser más respetuoso... La verdad, no sé por qué te dedicas a estudiar antiguas civilizaciones si te vas a reír de sus creencias... -le regañó Pichu.
- Bueno... En fin -dijo el joven mirando hacia otro lado y fingiendo interés absoluto por las piedras.

El joven aqueólogo lo ignoró y paseó por la estancia. Ciertamente la figura de Viracocha era impresionante y le intrigaba especialmente la enorme piedra preciosa que parecía adornar su cuerpo.

- Pichu... Por favor... -dijo Pacha Mama con un hilo de voz.

Pichu la miró con afecto pero pasó de ella. No iba a molestar a los dioses ni a turbar su descanso ni su paz, solo quería respuestas... Respetuosamente, eso siempre. Le devolvió una sonrisa cálida que pareció reconfortar a la chica. Tampoco era cuestión de ser un jefe borde, ¿Es mejor ser temido o amado? De aquí surge la controversia. ¿Ser o no ser? Esa es la cuestión... ¿Pero por qué se ponía a citar mentalmente a Shakespeare y Maquiavelo?

- ¡Eh! Despierta Bella Durmiente, creo que he encontrado algo...

Pichu estaba tan empanado que ni siquiera se sintió ofendido. Aquel sitio despertaba su imaginación y sus pensamientos vagaban en un sinfin de conexiones e hipótesis. ¡Ay, pero cómo le gustaba la arqueología! Bajó hasta donde se encontraba su compañero, cerca del foso, y se agachó donde le indicaba.

- ¿Ves? Esos extraños símbolos...
- "Apu Qun Tiksi Wiraqucha", el nombre en quechua que se le dio durante la época de los evangelizadores católicos, así al añadir palabras a su nombre original recalcaban su calidad de ser supremo.

Estaba orgulloso de sí mismo, ¡Se había acordado! El arqueólogo que le cuestionaba le mirada alucinado.

- ¿Qué? 
- Pero... Yo... Solo decía que podíamos usar esas cuerdas...

Entendía su confusión. Lo único que él veía en la roca era una soga atada con nudos de cualquier manera. Él veía un quipu, porque era un Amauta. Así de sencillo .

- Me.. estás diciendo que sabes... ¿leer cuerdas? -preguntó Mama Quilla con renovado respeto. 
- ¡Pues claro! ¡Por algo soy el jefe! -presumió. 
-¿Y esa qué pone?

El aqueólogo que le caía mal le mostró una cuerda más abajo.

- Esa es una cuerda normal y corriente atada con nudos, ¡No seas estúpido! Pero nos puede servir...
- ¡No, no toques nada! Podría... Despertar una nueva maldición... -suplicó Pacha Mama.
- ¡Oh..! Está bien... De todos modos tenemos cuerda de sobra, no pasa nada, tienes razón.

El joven se levantó y movido por algún tipo de intuición sus ojos se posaron en una pared de lo más sospechoso. Parecía haber sido usada no hacía mucho tiempo (tal vez un par de siglos) y la piedra parecía diferente... Pero no sabía decir en qué...

- Venid, vamos a explorar esta pared.

El arqueólogo listillo rezongó y junto a las otras dos chicas le siguió. Pichu manoseaba las piedras en busca de algo que ni él mismo sabía que podía ser. La piedra preciosa del pecho de Viracocha brilló fugazmente, pero nadie se dio cuenta.

- Mirad por ahí, a ver si encontráis la manera de mover este muro...
- ¿Cómo..?
- ¡No me discutas! Sé que puede moverse, lo sé...
- ¡Pi, pi, pi!

Pichu miró a su amiguito, que había estado muy silencioso. El pokémon le miraba con cariño y entrecerraba sus ojitos en una mueca divertida. ¡Qué gracioso!

- Yo no encuentro nada -farfulló el arqueólogo que le caía mal, cansado.
- Ni yo...
- Pues... ¿Esto servirá?

Algo que parecía una brillante moneda incrustada en la pared relucía ahora que la chica le había retirado la capa de polvo que la cubría.

- Es del mismo material que la "Sala Brillante"... -concluyó Pichu tras inspeccionarla.
- ¿Y tú como lo sabes?
- ¡Tengo ojos! Y soy muy observador... Por cierto, llevas la bragueta bajada.

El joven enrojeció y Mama Quilla pareció decepcionada. ¿Ein?

- Voy a tocarla... -exclamó teatralmente sin saber por qué.
- Yo ya la he tocado y no ha pasado nada... -recordó Pacha Mama.
- ¡Pero tú no tienes poderes..! ¡Poderes... de deducción! -completó Pichu. ¿Quizá la falta de aire puro le afectaba?
- ¿Qué quieres decir con eso?
- Creo que hay otro botón oculto como este... En algún lugar de la sala.

Los arqueólogos miraron la inmensa estancia.

- ¿Estás de broma? ¡Tardaremos días en examinarlo todo..!
- Está aquí.

Pacha Mama dejó al descubierto otro botón un poco más abajo del primero.

- ¿Y por qué dos? ¿La dualidad? ¿El Sol y la Luna? ¿El Bien y el Mal?

Los ojos de Viracocha en el trono refulgieron un instante.

- Puro instinto... Vamos a apretarlos...

Las chicas ahogaron un grito cuando un tremendo sonido de piedras moviéndose inundó la sala. El eco era insoportable y todos se taparon los oídos, excepto Pichu, que debía seguir tocando los pulsadores para que el muro cediera y estaba medio tarumba. Una fuerte ráfaga de aire fresco llenó la sala y el polvo se levantó cubriendo parcialmente la vista como una terrible neblina.

- ¡Nooo! -gritó Pichu entre estornudos y toses estentóreas saliendo al exterior. Sus compañeros le siguieron sin pensar y de pronto llegaron afuera, a una puerta al pie de unas escaleras. 


Dedicado a Javier, ¡feliz cumpleaños salao!

13 mayo 2019

The Truth Beneath the Lie

Por fin. Escapar de las mazmorras de Vlädés había sido una aventura inenarrable. Los horrores que allí habían vivido quedarían grabados a fuego para siempre en su memoria. Ojalá pudieran olvidar...

- ¿Mi señora?

Mordred contemplaba a la sacerdotisa turbado. Parecía lejos, como si su mente tratara de asimilar todo lo ocurrido pero fuese incapaz de ello, porque había sido demasiado horroroso incluso como para ponerle nombre... 

- ¿Por qué mi tío hace esto?

La voz de la sacerdotisa sonó etérea, como si parte de su alma se hubiese perdido en aquella prisión demoníaca. 

- No creo que lo haga por propia voluntad...
- Claro que no. Teme a su maestro. Y se deja manipular... 
- Ahora pertenecéis a bandos contrarios. Él ha elegido su camino -terció Mordred.
- No. No ha escogido... -Ërov miró a través de uno de los huecos en la piedra. ¿Cuántas familias se habrían separado en aquella guerra?
- Mi señora, pienso que...
- Tenemos que irnos. Nuestro destino siempre fue Yn. Su monasterio. Vamos.

Ërov apretaba inconscientemente la daga que le había dado la Suma Sacerdotisa y que volvía a obrar en su poder gracias a sus dones. Tras arrebatársela a los demonios, se sentía más poderosa, más salvaje... Nunca volvería a ser la misma.


El castillo de Vlädés era una fortaleza inexpugnable pero ya había huido una vez y conocía sus secretos. Le resultaba curioso que la hubieran intentando encerrar y borrar sus recuerdos allí dentro... ¿No temían que algo saliera mal? ¿Qué pudiera volver a..?

- Espera.

La joven se detuvo en seco y Mordred la miró. 

- ¿Y bien?
- Mi tío... Él quería que el hechizo errase y yo pudiera...
- Ërov…

La sacerdotisa miró a Mordred, que negaba con la cabeza.

- No. El maestro habla a través de él, es su voluntad y el miedo el que le hacen seguirlo, como tantos de sus súbditos. No creáis que es más poderoso que él... Jamás se atrevería a desobedecerle…

Mordred hablaba del "maestro" con... ¿Reverencia? No le gustó nada.

- Creo que se nos escapa algo. 
- Como que pueda haber espías por doquier... -sugirió Mordred, extrañado de que no se hubieran cruzado con nadie aún.
- Estamos en las entrañas del castillo, nadie en su sano juicio se acercaría con esa jauría de ahí abajo... -dijo Ërov adivinando sus pensamientos. El joven tuvo que darle la razón. 
- Salgamos de aquí, necesito aire -respondió simplemente.


Como habían previsto, según avanzaban por la fortaleza se encontraron con sirvientes y algunas criaturas sorprendentes que no deberían estar ahí... Las alianzas entre los reinos empezaban a ser peligrosas, tenían que llegar a Yn lo antes posible.

- Bien, ahí está la puerta de entrada -señaló Ërov. En cuanto se abra, saldremos.
- ¿No sería mejor un lugar más discreto? -propuso Mordred.
- No. Todas las demás salidas estarán vigiladas. A nadie se le ocurriría escapar por la puerta principal. 

Mordred asintió. Se preguntaba si la sacerdotisa ya habría recuperado todos sus dones... Aquella malignidad había dejado una impronta terrible en su espíritu y una huella imborrable.

- Estaba más a gusto en el desfiladero... -murmuró Ërov sin darse cuenta. El joven la escuchó pero fingió lo contrario.
- ¡Hoolaaaa!

Ambos dieron un respingo. Vlädés había saludado tímidamente a un extranjero de porte adusto que se encontraba en las escaleras esperando. Vestía completamente de negro y la capa que le cubría le hacía parecer aún más severo. Ërov se agazapó tras un cortinaje aunque era consciente de que no podían verles. Sentía un odio incomprensible hacia su tío por retener a su abuelo... ¿Cómo podía traicionar a su linaje de aquella manera?

- Vlädés. Llévame con él -exhortó el hombre.
- ¿No querría antes..?
- Llévame con él -repitió.
- ¿Un té, unas pastas..?

El hombre le miró hoscamente.

- ¿Viandas, licor..? -trató de parecer más masculino Vlädés.
- ¿No queréis llevarme ante él? ¿Le tenéis miedo? -preguntó el hombre con sorna.
- ¡Adelante pues!

Vlädés trató de parecer confiado pero un deje de terror se dejó oír en su voz. 

- Vamos -dijo Ërov cogiendo de la mano a Mordred.
- ¿Qué..?
- Vamos a ver al maestro.
- ¡Mi señora!

Ërov parecía completamente determinada a llevar a cabo aquella locura y Mordred no entendía nada.

- Debemos ir a Yn, ¿De qué serviría ver al maestro?
- Se encuentra en este mismo castillo. No dejaré pasar esta oportunidad de oro.
- ¿Oportunidad para qué?

Un brillo sádico relució en los ojos de Ërov.

- Sacerdotisa... Estáis siendo imprudente. Os... dejáis llevar por... vuestros sentimientos...
- Si no queréis venir, iré sola.

Ërov soltó su mano y comenzó a seguir a Vlädés. Mordred suspiró y volvió a tomarle la mano.

- Os protegeré hasta la muerte.


Volvían a las mazmorras, pero aquel era un sitio diferente. A pesar de su innegable oscuridad, parecía un lugar... ¿Acogedor? Al menos en comparación con la auténtica prisión de los calabozos endemoniados. Vlädés picó a una portezuela y un profundo "adelante" se oyó en su interior. Ërov miró a Mordred, que asintió muy a su pesar. Le parecía que se estaban metiendo en la boca del lobo, aunque la sacerdotisa brillaba de nuevo. Aquel halo de esperanza la hacía terrible y hermosa.

La estancia era muy fría a pesar del fuego que ardía en la chimenea y no aportaba ninguna calidez. Quizá la magia oscura pervivía mejor a bajas temperaturas... Ërov sacudió la cabeza, ¿Qué distracciones absurdas eran aquellas?

- Vlädés.

La sacerdotisa miró en el interior de la mazmorra. Su instinto le decía que no debían proseguir, el peligro acechaba. Si daban un paso más, dejarían de estar a salvo y no podrían regresar. 

- Bienvenido al reino del norte -se escuchó la voz del maestro.
- Un momento... -murmuró Ërov. Centró la mirada y dejó que sus ojos viajaran a través de la sala hasta mirar de frente al maestro. Un escalofrío se apoderó de ella y tiró de Mordred, haciéndole retroceder. Juntos corrieron hacia la puerta que Vlädés había dejado entornada y se deslizaron rápidamente por el castillo hasta el portón de entrada. Mordred no entendía nada, solo seguía a su señora, que se aferraba con más fuerza a su mano por momentos.


La tenue y cálida luz del sol iluminaba por fin sus rostros. La piedra gris que rodeaba el castillo de Vlädés contrastaba con el cielo azul que se entreveía entre las nubes. Mordred observó a la sacerdotisa, que pareció imbuirse de fuerzas renovadas al contacto con la naturaleza.

- ¿Me vais a explicar..?
- Monasterio de Yn, próxima parada -dijo simplemente Ërov. Mordred asintió. Cuando estuviera lista, se lo diría.


Dedicado a Verónica, ¡feliz cumpleaños maja!

27 diciembre 2018

Kay Pacha











Las aguas habían descendido y el brillo cegador se había apagado. Pichu miró alrededor comprobando que ninguno de los muros había sido dañado en el proceso y que todos estaban bien.

- ¡El panteón de los dioses se vengará por la afrenta infligida a su templo! -gritó el que se creía Viracocha.
- Acabamos de salvar este lugar del agua, no creo que los dioses se enfurezcan precisamente por ello... ¿Estáis todos bien? -preguntó preocupado. Al fin y al cabo era su expedición.
- Si -dijeron todos casi al unísono, salvo el chico que no sabía nadar y que aún estaba muy asustado y el arqueólogo listillo, que parecía muy molesto.
- ¡Oh, esposa de Inti, libérame de mis ataduras! -rogó Viracocha. 
- Madre Luna no va a salvarte... ¿Antes dijiste que esta era tu tumba?

Viracocha le miró entre furioso y halagado.

- ¡Recordáis mis palabras, mortal!
- ¡Amauta! Soy un amauta, un hombre sabio...

Una risita despectiva resonó con el eco de la sala, pero Pichu la ignoró.

- Este es un santuario dedicado en mi honor, ¡Tratadlo con respeto! -exigió el arqueólogo de ojos dorados.
- Pero no es Quisuar Cancha, ¿no? -preguntó el arqueólogo que le cuestionaba para demostrar que él también sabía cosas (y no necesitaba mirar el móvil).
- Desde este templo sagrado se originó el mundo tal y como lo conocéis.

Pichu le miró fascinado. Viracocha había comenzado su obra en el mundo de los antiguos tallando en piedra las figuras de los dos primeros seres humanos, un hombre y una mujer. Colocó las estatuas en diferentes sitios, y éstas se fueron animando a medida que les otorgó un nombre, cobrando vida en la oscuridad del mundo primigenio mucho antes de que el dios iluminara el mundo con su luz, que solo poseía el resplandor de Tití, el puma salvaje y ardiente que vivía en la cima del mundo. Por eso aparecían jaguares en las figuras totémicas del Imperio Inca... Le sonaba haber visto alguno por las cercanías...

- ¡Pichu! ¡Regresa!
- ¿Si? ¡Sí! Aquí estoy, estaba escuchando... 
- ¡No has oído lo último que ha dicho, fijo!
- ¿El qué?

La arqueóloga se desesperó.

- ¡Sobre este santuario pesa una antigua maldición de las tribus..!
- ¡No lo digas, no desveles el misterio! -rogó Pichu con voz de Sméagol. 
- Pero vamos a ver, ¿cuántas maldiciones pesan ya sobre nuestras espaldas? -cuestionó con tono grandilocuente el arqueólogo que no sabía nadar.
- Unas cuantas, a decir verdad... Es decir, no... A ver... -Pichu no sabía cómo explicarse ni hasta qué punto debía hablar. El pokémon Pichu se subió a su hombro y por un momento se sintió como un pirata... Ay, a ver si sus compañeros tenían razón y se le estaba yendo la olla...

Un gran sonido de paneles moviéndose interrumpió sus pensamientos. Uno de los muros comenzó a desplazarse verticalmente y una nube de polvareda les recibió mezclándose con los restos de agua del suelo, ennegreciéndola. 

- Veamos... al próximo que vuelva a tocar cualquier mecanismo misterioso sin mi permiso, ¡está despedido! -amenazó Pichu.
- Lo siento... -dijo la arqueóloga que se hacía pasar por Pacha Mama.

Pichu se asomó con precaución e iluminó la estancia con su móvil. Estaba repleta de telarañas, polvo y parecía que no había sido explorada en siglos, quizá desde su propia construcción. Miró a Viracocha, que estaba inusitadamente silencioso y miraba casi horrorizado a la oscuridad de esa estancia. ¿Reaccionaba así por lo que contenía su interior o porque lo habían descubierto?

- Bueno, yo voy a explorar... Pacha Mama, Mama Quilla y tú -señaló al arqueólogo listillo- os venís conmigo. 
- ¿Yo? -preguntó el chico, confuso.
- Si, claro, no me fio ni un pelo de ti así que te vienes. Los demás vigilad a Viracocha, al otro y pobres de vosotros como oséis tocar algo... Si en un par de horas no hemos vuelto, os doy permiso para que tú y tú -esta vez señaló a la arqueóloga que le caía bien y a otro de los chicos- nos sigáis y nos rescatéis o lo que sea...
- ¿Y yo me tengo que quedar con los lunáticos? -se quejó uno de los arqueólogos.
- No son peligrosos, están maniatados y parece que nuestro Viracocha ha entrado en trance o algo...

El joven miró a Viracocha, que abría la boca en gesto de terror mudo y parecía querer revelar alguna de sus grandes verdades pero algo lo detenía... Esas muecas tendrían que ser suficientes como para disuadirlo de entrar en la estancia polvorienta pero a esas alturas estaba en modo Indiana Jones total y quería seguir adelante.

- Os iremos dejando señales de tiza en las paredes por si nos perdemos... o cualquier otro tipo de señal suponiendo que las paredes sean valiosas. Confío en que seáis lo suficientemente inteligentes como para seguirlas... -les dijo Pichu- De momento me llevo cuerdas, linternas y algún vívere, tengo hambre... 

El arqueólogo listillo rodó los ojos.

- ¡Adelante!

Pichu se internó en la oscuridad, iluminando con la linterna, y se encontró en una amplia sala de piedra sin nada llamativo en su interior a simple vista. Ningún dibujo ni señal, solo dos pasillos que llevaban a las profundidades de la cueva.

- Este va hacia ligeramente hacia arriba y este hacia abajo... ¡Por el de abajo! -terció Pichu, seguro de sí mismo.
- ¿Por qué? -preguntó la arqueóloga Pacha Mama.
- El aire no está tan viciado aquí abajo... En caso de duda, Meriadoc, ¡sigue siempre tu olfato!
- Vale, seguimos instrucciones de Gandalf... ¿A él le atacó un Balrog, recuerdas?
- Oh, no creo que encontremos Balrogs por aquí... Aunque a este paso quién sabe... -musitó para sí Pichu. El pokémon pareció reírse. 

Descendieron por la escalinata durante lo que pareció una eternidad hasta encontrarse en otra sala de piedra toscamente labrada con más símbolos de nativos de la zona y sus dioses. No parecía tener ninguna salida, por lo que Pichu se decepcionó.

- Esto... ¿Son tumbas? -preguntó caminando con cautela Mama Quilla.
- Bueno, tampoco sería tan extraño que fuera un yacimiento... -dijo Pichu mirando a su alrededor. El pokémon bajó de su hombro y empezó a saltar por la sala muy alegre.
- ¿Qué le ocurre?
- No sé... ¿Qué pasa, pequeñín? ¿Has encontrado algo interesante?

Pichu fue hasta una de las esquinas de la sala y lanzó unas pequeñas chispas. El arqueólogo lo siguió e inspeccionó los alrededores.

- ¡Mirad, restos arqueológicos!

Trozos de vasijas y algunos Mullu se encontraban en una oquedad del muro. 

- ¿Qué es eso? -preguntó Pacha Mama.
- Pues Mullu, un molusco de coloración rojiza que se usaba como medio de cambio antes de la conquista española. También como ofrenda para ritos funerarios, ornamentación, joyería, máscaras o pequeñas estatuillas... -contó Pichu desde la esquina mirando su móvil con disimulo. ¡Si que le llegaba lejos la cobertura!
- Interesante... Oye, he encontrado una palanquita. ¿Puedo pulsarla? -preguntó con cierta sorna el arqueólogo listillo.
- Veámosla -dijo Pichu, encantado y hasta sorprendido de que le hubiera pedido permiso. ¡Así no podría despedirle! - Sí... parece una palanca normal y corriente, presiónala a ver qué pasa.

El arqueólogo volvió a rodar los ojos y tiró de la palanca. No se movió.

- No se... mueve... -dijo.
- Dale con más fuerza -aconsejó Pichu.
- ¿Te crees que no lo hago? ¡Ayúdame!

Juntos tiraron de la palanca arriba y abajo alternativamente pero no se movía.

- Aquí hay un botón.

Mama Quilla señaló al muro contiguo, donde cubierto de telarañas había un botón de aspecto oxidado.

- Uy, uy, uy, esto me huele a trampa... Apartaos hasta la puerta y dadme un palo -ordenó Pichu.
- ¿¿Y de dónde vamos a sacar un palo?? -preguntó el otro chico.
- Pues una piqueta, un boli, no sé, algo alargado...
- ¿Te vale este bocata?

Pichu miró a la arqueóloga y se encogió de hombros.

- Qué remedio...

Tapó cuidadosamente el bocadillo y cuando todos estuvieron al otro lado de la puerta presionó con cuidado el botón. Al punto se oyó un ruido, unas cuantas flechas herrumbrosas salieron de diferentes direcciones y un pequeño altar con un cofre surgió del suelo.

- ¡Os lo dije! -exclamó ufano.
- Bueno, también podía haber sido un mecanismo que cerrase esta puerta y nos hubiera pillado en medio dejándonos encerrados... -razonó el arqueólogo listillo. Pichu le fulminó con la mirada.
- Vamos a ver qué es ese altar...
- ¡Oh, mirad esto!

Pacha Mama había entrado por una puerta secreta surgida en el muro justo al lado izquierdo de la escalinata y les gritaba desde el otro lado.

- ¡Has ido sin mi...! ¡Ooh!

Cuando Pichu llegó hasta ella, vio una enorme sala de piedra iluminada por una tenue luz que procedía del exterior y en medio de la misma un hermoso círculo que llevaba por unas escaleras a un trono con la imagen de Viracocha tallada. 


Dedicado a Pichu, ¡feliz cumpleaños bollu!

13 mayo 2018

Evil Dungeons

- ¿Abuelo?

No podía creérselo. Aquel anciano, antaño un mago de renombre, si no el mejor que hubiera existido después de Merlín, estaba encerrado en aquella miserable celda como un alma en pena. Lo había conocido de niño, cuando no era más que un infante con la cabeza llena de pájaros e ideas equivocadas sobre la magia y el poder. El amable hechicero le había guiado por la buena senda y dejado en manos de otros maestros, pues el mal que debía combatirse en la tierra era demasiado grande en aquel momento y no tenía tiempo para aprendices. Pero nunca olvidaría sus lecciones...

- ¿Ërov? -susurró el anciano con un hilo de voz. 
- ¡Abuelito! -dijo ella con los ojos anegados en lágrimas, que resbalaban sin control por sus mejillas.
- Mi niña... ¿Qué haces en este terrible lugar? Debes huir y ponerte a salvo... -respondió con dificultad.
- ¡No me iré sin ti!

El poder de sacerdotisa que manaba de su espíritu recibió en aquel instante una oleada de energía que hizo saltar los barrotes de la celda en un silencioso crujido. Mordred no podía estar más asombrado.

- ¡Abuelo! -corrió la joven a abrazarlo.

El anciano miró largamente a Mordred y esbozó una leve sonrisa mientras la abrazaba con debilidad.

- Veo que el tiempo te ha convertido en un muchacho sabio y de gran porte... Como los grandes magos de la antigüedad...

El joven se sonrojó, agradecido por sus palabras.

- Pero la muerte es tu estigma... aunque eso te dote de una sabiduría más allá de lo concebible, es peligroso... -la voz se le quebró y Ërov trató de ponerle en pie.
- Vamos, tenemos que salir de aquí -urgió.
- Mi niña... ya soy muy viejo y mis días acaban aquí... Sálvate y salva al mundo de la oscuridad...
- No. Te pondrás fuerte cuando salgas de este ambiente viciado. Aún no eres tan viejo...

Mordred miró al anciano con curiosidad. Realmente desconocía su edad, aunque sí recordaba que ya era muy mayor cuando lo conoció. Los magos solían vivir más que los humanos corrientes... ¿Unos doscientos, trescientos años, quizá? El aullido de un demonio interrumpió sus pensamientos.

- Debéis iros y dejarme atrás... Me alegro de haberte visto por última vez, mi niña...

El anciano suspiró con dolor de nuevo y sus agotados miembros se soltaron del abrazo de Ërov.

- Abuelito... por favor, no...
- Ve allá donde tu corazón te guíe... y encontrarás tu destino... 

El grito del demonio se oía cada vez más cerca.

- Vamos, Ërov -dijo Mordred con suavidad.
- ¡No podemos dejarle aquí!
- Te prometo que volveremos por él, pero ahora debemos salir de aquí y ponernos a salvo.

Justo después de decir aquello, uno de los brazos desmembrados del demonio apareció a la entrada de la celda, cortando el paso. Los jóvenes lo miraron espeluznados y el miembro, como si tuviera vida propia, se coló entre los barrotes torcidos, se abalanzó contra el anciano y comenzó a estrangularlo. 

- ¡¡¡NO!!! -chilló Ërov, fuera de sí. Su ira creó un halo rojizo a su alrededor y sin que supiera cómo, conjuró una ráfaga de fuego que redujo el brazo a cenizas. Un alarido de dolor se escuchó por toda la mazmorra.
- Estoy bien... marchaos... -musitó el anciando respirando con dificultad y tocándose la garganta.

Mordred agarró a Ërov y la obligó a salir entre los barrotes.

- ¡Espera! -exclamó ella dándose la vuelta. Conjuró un hechizo de protección y selló la celda- No quiero que sufra más de lo debido... 
- ¡Volveremos! -prometió Mordred mientras la cogía de la mano y la hacía caminar.

A los pocos pasos giraron en una bifurcación y se encontraron de frente con otro demonio. Los escalofríos no se hicieron esperar, porque era aún más horripilante que el anterior y su maligna presencia corrompía la atmósfera. Un olor hediondo procedente de un amasijo lleno de sangre cerca de la criatura les hizo estremecer. Mordred agarró con fuerza la mano de la sacerdotisa.

- Nunca saldrán de aquí... Nunca atravesarán el portal... -canturreaba el ser.

Ërov lo atravesó con asco y Mordred la siguió, con una sensación de repugnancia que jamás había sentido. La joven miró con odio a la criatura y pensó en asesinarla... Pero desechó la idea porque no quería atraer a los otros demonios. 

El pasillo que habían escogido era terrible. En algún punto se convirtió en una galería con paredes llenas de estalactitas de sangre que goteaban sin cesar y un olor nauseabundo casi insoportable. 

- ¿Crees que es por aquí? -dudó Mordred.
- Si no queremos dar un rodeo, sí -contestó ella, simplemente. Tampoco le hacía gracia atravesar por allí pero serían aún peor el otro sitio... Sus visiones cada vez eran más espantosas y solo quería huir y encontrar la manera de rescatar a su abuelo. 

Los seres malignos dejaban su impronta por las galerías laberínticas de aquel lugar pero la joven se movía con destreza para esquivarlos. En alguna ocasión tuvieron que traspasar a algún demonio o alguna criatura, y la sacerdotisa destruyó la pierna del demonio desmembrado con un tinte de sadismo en su mirada cuando se cruzaron con ella. Mordred no podía culparla, aunque le pareciera un poco imprudente...
Pronto llegaron a un enorme portal de piedra que marcaba el fin de las mazmorras. Estaba repleto de demonios que lo hacían infranqueable y un foso subterráneo de vísceras daban fe de ello.

- ¿No podremos atrave..?
- ¡Sh!

Ërov entró en pánico. Los demonios de aquella puerta parecían tener una capacidad sensitiva superior que rebasaba sus poderes. Las teas que iluminaban tenuemente el pasillo parecían reflejar sus halos de luz invisibles y la sacerdotisa empujó a Mordred hacia la oscuridad del pasadizo anterior antes de que les vieran.

- No podemos continuar -musitó.

Mordred la contempló en silencio. Parecía realmente asustada.

- ¿No lo sabíais?

Ërov negó con la cabeza. De alguna forma se sentía engañada por sus instintos, que no le habían advertido del sumo peligro al que se enfrentaban. Aquellos seres malignos habían dominado su voluntad para atraerla hacia el portal por razones que desconocía. Sin darle tiempo a reaccionar, otro de los brazos desmembrados del demonio la cogió por el cuello y empezó a asfixiarla. No podía respirar, sentía que se desvanecía...

….

- ¿Ërov?

La joven abrió los ojos. Estaba tendida en el suelo de la mazmorra completamente desorientada.

- ¿Qué ha pasado? -preguntó levantándose de golpe y logrando que la oscuridad se volviera más densa con su mareo, mientras empezaba a ver chispitas.
- Te desmayaste con tanta oscuridad de los demonios... Fue como si empezaras a absorber su malignidad y te quedaras sin fuerzas... Te cogí en brazos y te traje aquí, pero me temo que me he desorientado entre tanta negrura.

La joven cerró los ojos y trató de concentrarse. Luego los abrió, confundida.

- No tengo visión.

Mordred la contempló preocupado.

- ¿Qué quieres decir?
- No tengo visiones. No veo. Ya no veo el camino...

Una voz horripilante sonó en su mente haciendo eco. 

"Te lo advertí... nunca atravesaréis el portal... moriréis aquí..."


Dedicado a Verónica, ¡feliz cumpleaños cuca! 

25 febrero 2018

Myst (Atlantis Evolution)


El misterio de la tumba de la sacerdotisa nunca sería descubierto... Sus enemigos jamás conocerían la verdad oculta tras su lápida... El cementerio perdido la honraba y guardaba sus secretos más profundos... Pero a veces los secretos no descubiertos pueden cambiar el destino...

La Atlántida yacía silenciosa enterrada en un mundo oceánico... Magia y tradición en sus muros derruidos por el paso del tiempo... Sus descendientes querían saber qué había sepultado su isla... Bajo el piélago se hallaba el enigma que pretendían resolver para seguir evolucionando y crear de nuevo su sabia civilización y su cultura, lejos de los hombres que solo sabían de guerra y destrucción... 

El nuevo mundo les esperaba en otro lugar aún desconocido... Solo la sacerdotisa podría guiarlos desde el más allá de la vieja Atlántida... Y si no encontraban su tumba en la inmensidad del mar quedarían desvinculados de su propia historia, perdidos en el olvido para siempre... 

La leyenda narraba que la tumba se encontraría en el templo atlante, dormida por toda la eternidad salvaguardando sus misterios inmortales... Nunca fueron capaces de hallarla, ni siquiera supieron si existía en realidad, y sus descendientes cayeron en el olvido de un mundo bárbaro...

Su historia acabó siendo un mito y sus logros magníficas leyendas que contar a unos herederos que jamás se reconocerían a sí mismos...


Dedicado a Veneranda, por su fortaleza.

27 diciembre 2017

Chuqui illa

Una cascada de agua comenzó a manar de varios salientes en la roca que se encontraban fuera de su alcance. Viracocha reía enloquecido y relataba profecías sobre las aguas y su poder destructor a voces, lo que no les permitía concentrarse para intentar buscar una solución. Pichu estaba enfadado y preocupado. ¿Cómo saldrían de esta?

- No has visto muchas películas sobre arqueología, ¿Me equivoco? ¡Nunca debes presionar palancas misteriosas! -gritó al joven.
- ¡Pi, pi, pi! -corroboró su amigo pokémon. 
- Bueno, entonces siguiendo la estela de las pelis, deberíamos buscar otra palanca que solucione este entuerto -dijo la arqueóloga que le caía bien, aunque ya no tanto. 
- ¡Claro, como si esto fuera una peli! -exclamó Pichu.
- Pero acabas de decir...
- ¡Buscad una roca con forma especial, o un significado secreto en algún muro, ¡Algo! -la interrumpió con voz de Sméagol y un cierto deje desesperado.

Los arqueólogos de la expedición se pusieron a rebuscar por todos lados pero no encontraron nada. El agua comenzaba a cubrirles por encima de las rodillas y Viracocha seguía con sus augurios apocalípticos.

- ¿Alguien puede callar a ese lunático? ¿Otro calcetín, quizá? -propuso uno de los chicos.
- ¡Tratad con respeto a vuestros dioses o su ira caerá sobre vuestra estirpe!
- Mi linaje no da para mucho... créeme... -dijo otro de los jóvenes.
- ¡Aquí!

Pichu se dirigió a un pequeño altar de sacrificios que había pasado desapercibido hasta entonces, donde su pequeño amiguito daba saltos de felicidad y parecía muy contento. 

- ¿Qué es esto, pequeñín? -preguntó cariñoso- ¡Oh! ¡Mirad esto!

Detrás del altar había un panel de roca y cuando Pichu lo tocó, éste se giró dando paso a una hermosa composición de un chamán adorando a los dioses, representado con vivos colores cálidos y tonalidades de la naturaleza.

- Esto representa a la Serpiente Emplumada y solo el chamán posee la luz de la sabiduría, que se simboliza con esta luz de aquí... -señaló a la parte derecha del panel.
- Encantador, pero jefe, el agua empieza a cubrir la cintura...
- ¡Sí, sí! Debemos buscar una especie de puertecita como ésta de la luz...
- ¿Cómo? -preguntó otra chica.
- No sé, tal vez como... ¿esto? 

Pichu calcó en una de las piedras, pero no ocurrió nada. Las arqueólogas comenzaron a tocar las piedras de alrededor hasta que una de ellas dio con otra palanca, que bajó sin consultar ninguna opinión. El agua empezó a caer con más fuerza y de más agujeros.

- ¡Solo los dioses y chamanes poseen la luz, los insensatos mortales perecerán bajo el diluvio! -gritó Viracocha, ufano.
- ¡Que yo soy de tu corte de Amautas! ¿Recuerdas? ¿Y qué hemos dicho de tocar cosas? -dijo Pichu a la chica, entre irónico y molesto.
- ¡Tú lo ibas a tocar de todos modos! ¡A mi no me eches la culpa! -chilló ella, un poco histérica.
- ¡No sé nadar! -confesó uno de los chicos atemorizado viendo que el agua ya le llegaba a las axilas.
- ¡Se me moja el móvil! -gritó otro.
- ¡Tú súbete en algún sitio y todos con el móvil en alto, como hago yo! -ordenó Pichu- ¡Que a mí ya se me acabó la garantía!

El arqueólogo con el calcetín en la boca rodó los ojos. ¿Cómo podía ese Pichu ser tan estúpido?

- ¡Mirad lo que hace Pichu! -gritó una de las arqueólogas.

Todos miraron hacia Pichu, que tenía el móvil en lo alto y por un momento se sintió ridículo, aunque claramente era el más listo de todos.

- ¡No él! ¡Él! -señaló la chica.

El pokémon saltaba por las paredes sirviéndose del relieve irregular de las rocas y presionaba suavemente con sus patitas por encima de las mismas, consiguiendo que los chorros de agua se detuvieran en su totalidad.

- Mediador entre las aguas y las fuentes de población... Digo... las fuentes de población y las aguas... -murmuró Pichu. 
- ¡Sigo sin saber nadar! -gritó el chico de antes, literalmente con el agua al cuello.
- ¡Y yo sigo diciendo que te subas... aquí por ejemplo! -sugirió Pichu señalando al altar con el móvil.


Las cascadas de agua dejaron de fluir de los muros y los arqueólogos se miraron unos a otros, completamente empapados y cubiertos de agua casi en su totalidad.

- ¡Bien hecho, Pichu! -alabó Pichu al pokémon, que sonreía con la mirada.
- ¿No sería cosa de sacarle el calcetín de la boca? -preguntó una de las chicas fijándose en el arqueólogo listillo- a ver si se va a ahogar...
- No creo...
- ¡Me podía haber ahogado! -corroboró el joven cuando se vio liberado de su atadura.
- ¡No seas dramático! Tú mismo te lo has buscado cuestionándome todo el rato... -respondió Pichu con poca amabilidad.
- ¡Los dioses infligirán su castigo a los..!
- ¡Qué siiiiiii! -exclamó la chica que se hacía pasar por Pacha Mama- ¡Lo hemos entendido! ¡Basta!

Viracocha guardó silencio aunque todavía parecía trastornado con sus ojos dorados.

- ¿Y cómo abrimos la puerta de la cámara?
- En pársel, naturalmente -respondió Pichu, muy tranquilo.
- ¿Qué?
- ¡Oh! Perdonad, estaba distraído. Hallando la luz. 

El arqueólogo que le caía mal puso un gesto sarcástico pero se guardó sus comentarios.

- Me refiero al panel, no me miréis así -aclaró Pichu- Lo dice bien claro.
- ¿Puede tu amiguito encontrar esa luz? -cuestionó uno de los chicos.
- Veamos. ¿Pichu, puedes encontrar esto? -señaló Pichu por debajo del agua al pokémon.
- ¡Pi, chu! ¡Pichu!

El animalillo saltó por los muros y se acercó a uno de los salientes de agua en la roca. Olisqueó por la zona y trató de ojear dentro de la oquedad.

- ¿Qué demonios hace?
- ¡Más respeto a Chuqui illa, el relámpago! -volvió a gritar Viracocha.
- Por una vez le doy la razón -asintió Pichu. Si confiárais más en él...
- ¡Pi!

Pichu se detuvo cerca del panel, frente al rostro de uno de los nativos, que parecía un chamán con ojos de esmeralda. 

- ¡Mirad eso! Se parece al tipo del panel... ¡Ya está! ¡Tenemos que buscar un nativo como ese con ojos de ónix! ¡O de azabache!

Los arqueólogos se miraron entre ellos cuestionando una vez más la posible demencia de su jefe.

- ¡Ojos oscuros, ojos negros! ¡Como él! -señaló al panel.

El grupo se puso a inspeccionar cuidadosamente las paredes hasta que uno de ellos dio con un nativo muy semejante al del panel principal.

- ¡Este se parece! ¡Tiene ojos de roca negra!
- Roca, roca... es turmalina, inútil -dijo Pichu en voz baja con su tono de Sméagol -¡Lo ha encontrado! ¡La luz debe andar cerca!

Efectivamente, a una distancia similar del chamán se encontraba una piedra reluciente cuyo brillo se desdibujaba bajo el agua, pero indudablemente dorada.

- ¿Y qué es lo que significa?
- ¿Alguno de vosotros ha sido mayordomo alguna vez?

Nadie respondió, sin entender a qué podía referirse el loco de su jefe.

- Solo lo decía para romper la tensión... -comentó con ligereza Pichu, que a pesar de todo seguía dándole vueltas a quién sería el traidor- Esto... bueno, voy a pulsar en la lucecita a ver si...

La Sala Brillante, como la había bautizado, resplandeció con un brillo cegador aún más acusado debido al agua que les dejó sin visión por unos instantes. Lo único que notaron con certeza era cómo el agua bajaba de nivel y un fuerte sonido a rocas se oía en la lejanía. 


Dedicado a Javier, ¡feliz cumpleaños Pichu!

25 junio 2017

Stand my ground

Y de nuevo me encontraba en las fauces de aquel laberinto maldito... Veía en blanco y negro, como si estuviese en lo más profundo de mi subconsciente... Intuía la maldad y el peligro acechando en sus rincones oscuros y ocultos... No me atrevía a caminar por él, aunque penetrar su silencio fuese la única forma de escapar...

El pasillo era solitario y no había nada a su alrededor que pudiera orientarme... Solo podía avanzar y confiar en mis sentidos para mantenerme a salvo... Al girar el recodo encontré al primer monstruo invisible que trató de acabar con mi vida... Le vencí con dificultades con mi magia interior hasta que segué su existencia...

El laberinto era cada vez más siniestro y su quietud no mitigaba sus tormentos... Otro ser terrible e incorpóreo me quiso sacrificar y volví a vencerlo con mis dones... Proseguí caminando por los pasillos sin encontrar nada salvo mis pensamientos... Todo siempre en blanco y negro, silencioso, vacío y lleno de condenación... Tal vez la existencia no sea más que un laberinto por el que caminamos sin pensar... Tal vez la soledad y las horribles criaturas no sean más que nuestros pensamientos... Tal vez si miramos en nuestro interior veremos que en realidad no existen...  Solo se hallan en nuestra conciencia como aquel lugar vacío en blanco y negro... Un lugar en lo más profundo donde somos nosotros mismos en nuestra peor dimensión... Un lugar maldito donde solo existimos para acabar con nuestra propia existencia... Un lugar que tememos con reverencia y del que nunca podremos escapar con vida... Solo si hallamos la fuerza para caminar podremos convivir con su maldición...

Llegué a una puerta metálica que pronosticaba calamidades si se atravesaba... Me arrodillé y vi un agujero a través del cual pude mirar en su interior... Daba a un patio abierto rodeado de espinos, siempre en blanco y negro... Crucé el agujero y miré a mi alrededor sin encontrar nada pero intuyendo el peligro...
Caminé por el patio vacío mirando atrás sin ver ningún monstruo aunque los sentía cerca... Y tras un recodo que no recordaba en aquel patio cerrado encontré una intrigante maravilla... Una estancia al aire libre con muros de piedra cubiertos de retratos de grupos musicales... Sabía que si acariciaba los que me gustaban por alguna razón perdería aquel juego maligno... De modo que solo los contemplé y elegí tocar uno que jamás hubiera escogido... Olvidé a las terribles criaturas que se escondían en aquellos muros y miré los retratos... Y al tocarlos se abrieron las puertas de lo desconocido ante mis ojos lejos de mi visión... Unas puertas más allá del infierno de aquel lugar en mi imaginativa mente llena de racionalidad...

No recuerdo nada más allá de aquella estancia en blanco y negro, siempre en blanco y negro... Ni el vacío ni la sensación de resolver el enigma, no recuerdo nada... Porque solo se trató de un sueño, quizá de una lejana pesadilla... De pensamientos que se pierden en un laberinto de emociones y soledad... De esos demonios internos con los que convivimos y que nos hacen más fuertes... Que surgen en nuestros sueños cuando ya no tiene sentido que existan en nuestras vidas... Que nos recuerdan que los laberintos de nuestra mente los creamos nosotros mismos... Y que el mundo solo es en blanco y negro si queremos cerrar los ojos y olvidar todo por lo que existimos...


Dedicado a David, por el aroma a libro antiguo.

13 mayo 2017

Murder

Era un lugar terrible, un auténtico laberinto. De alguna forma, las mazmorras parecían estar selladas bajo algún tipo de maldición, un hechizo que las convertía en un sitio extraño, como sacado de una pesadilla, regido por una voluntad diabólica. No sabía cómo explicarlo.

- ¿Mi señora..?
- Está lleno de demonios, malignidad, seres terribles y almas en pena... mas los que se hallan encerrados, los enemigos del maestro.
- ¿El maes..?
- Lo mejor será que huyamos cuanto antes. No será sencillo.
- Nos verán...
- No si yo puedo evitarlo.

Mordred sonrió. Sabía que podía hacerlo, pero ella misma debía descubrirlo. Él solo era su guía espiritual. Ërov bendijo de nuevo la oscuridad y le dio las manos al joven con un ligero temblor. Cerró los ojos e hizo que ambos se volvieran invisibles excepto el uno para el otro, viéndose con un ligero haz de luz rodeándoles.

- Sois muy bella, ahora puedo veros mejor -susurró Mordred. Ërov se sonrojó aún más y esperó que su haz de luz no comenzara a soltar chispas- Sois dorada.
- Y tu azul... ¡Shh!

La sacerdotisa había oído algo. Al parecer todos sus sentidos se estaban agudizando, pues una queja lastimera de un anciano que provenía de una celda lejana le partía el corazón.

- Tenemos que salvarlo...
- ¿A quién?
- Hay un anciano encerrado... mi intuición me dice que debemos ir a por él. ¡Vamos!

La joven tomó uno de los cerrojos de la puerta en sus manos y este se deshizo en una voluta de ceniza. Tomó el segundo y sus manos quedaron llenas de sangre.

- ¿Qué..? ¡Esos cerrojos están malditos!
- ¿No os lo esperabais, mi querido Mordred? -dijo Ërov con una voz extraña.

El tercer cerrojo soltó electricidad en cuanto lo rozó y ésta se extendió por todo su cuerpo, pero la sacerdotisa no se inmutó. Lo dejó en el suelo y soltó el cuarto y último candado, que rió malignamente y se convirtió en varias serpientes que reptaron alejándose de ellos por el pasillo. La joven se quedó quieta y comenzó a brillar, expulsando toda la oscuridad que se encontraba en su interior.

- ¡Qué cerrojos más horribles! ¿Mordred?

Él estaba anonadado. No se esperaba que los poderes de su señora fueran a perfeccionarse con tanta facilidad en aquella aciaga situación. Estaba muy orgulloso de ella.

- Salgamos de aquí.

La puerta se abrió con un chirrido que hizo eco por los pasillos y Ërov le tomó de la mano. Murmuró unas palabras y Mordred sintió una extraña sensación. La joven susurró de nuevo y notó un cosquilleo en la garganta.

- Ahora podemos atravesar materia viva y solo nosotros oiremos nuestras voces.
- Sois increíble... -la admiró el joven. Esta vez Ërov no pudo evitar que viera sus mejillas encendidas, a lo que él dedicó una sonrisa.


Las mazmorras del castillo de Vlädés estaban auténticamente malditas. La oscuridad regía el lugar salvo por pequeñas teas que iluminaban de cuando en cuando los corredores y algunos demonios de aspecto horripilante vigilaban algunas celdas. Todo estaba cubierto de telarañas que se les enredaban en el cabello y las ropas pero afortunadamente los conjuros de Ërov lograban que se volvieran invisibles al contacto con su piel y vestimenta.

- ¿Por qué tengo estos poderes? -preguntó la joven mientras guiaba a su salvador hacia las profundidades del castillo.
- Siempre han estado ahí. Como os dije, como sacerdotisa vuestros dones nacen de vuestro corazón. Y vuestro corazón anhela escapar de este lugar. Cuando recuperéis la memoria...

Ërov se paró en seco.

- Lo saben.

El demonio había regresado al calabozo y no había hallado rastro de los cerrojos, salvo el eléctrico, ni de sus prisioneros. Su terrible aullido se extendió por toda la prisión.

- Nos buscan -dijo Ërov, apurada.
- No temáis, mi señora. Estamos a salvo con vuestros poderes, que se volverán más fuertes si no dejáis de confiar.
- Lo sé. Pero hemos de encontrar al anciano. Está cerca, lo presiento. Puedo oírle.

Mordred escuchó atentamente y él también comenzó a oirlo. Un sollozo afligido de alguien que sufría largamente. Él también se conmovió.

- ¿Quién es?
- No lo sé, pero hemos de... ¡oh, no!

Las serpientes del cerrojo se habían cruzado en su camino y los miraban fijamente. Se fundieron en un gran basilisco e inmediatamente Mordred y Ërov cerraron los ojos para eludir su mirada mortal. La joven veía perfectamente y fijó los ojos en la criatura. Ésta pareció amedrentarse, pues nadie jamás la había mirado sin caer fulminado.

- Tengo un espejo, mi señora -escuchó decir a Mordred en su mente. La joven, sin dejar de desafiar al basilisco con su mirada, rebuscó en los ropajes de Mordred y sacó un pequeño y hermoso espejo. El basilico chilló y cayó muerto al suelo.
- ¿Telequinesis? -preguntó Ërov devolviéndole el espejo.
- Telepatía, mi señora -rió Mordred. La joven sonrió pero su sonrisa se borró rápidamente. Uno de los demonios que los buscaba venía por el pasillo con su fría presencia y un halo de oscuridad indescifrable que incluso hacía que la visión de la sacerdotisa se volviera en tinieblas.
- El basilisco... -susurró con una voz tan horrible que dolía al oído.

Ërov y Mordred se dieron las manos y la joven conjuró un círculo de protección a su alrededor.

- No deben hallarse lejos... Nunca saldrán de las mazmorras.. -dijo el demonio mirando a su alrededor. Repentinamente hizo un movimiento y Ërov chilló, pero el terrible ser no la escuchó. Se descompuso en varias partes y sus miembros desmembrados se alejaron del lugar en su búsqueda siniestra.
- ¡Qué sitio más horrible! Encontremos al pobre anciano y vayámonos de aquí.

Los ojos de Ërov se llenaban de lágrimas. Algunos de los prisioneros estaban en un estado tan deplorable que la muerte sería un destino menos cruel que aquel al que había sido condenados. Por fin llegaron a la celda del anciano, que suspiraba de forma aún más lastimosa. La joven abrió los ojos desmesuradamente y se agarró a los barrotes de la celda.

- ¿Abuelo..?


Dedicado a Verónica, ¡feliz cumpleaños guapísima!