13 enero 2018

Cohkka


La mansión estaba derruida por dentro, donde solo quedaban miles de recuerdos muertos. Solo los fantasmas del pasado quedaban como testigos de la destrucción que se había producido hacía ya siglos. Pasear por sus estancias era una condena que nunca olvidaría, atada a sus muros oscuros y vacíos de por vida. No tenía sentido luchar contra lo que era inevitable, solo abrazarlo y dejar que la niebla con su beso lo borrase.

¿Pero por qué si era feliz seguía sintiendo la oscuridad? ¿Nunca se libraría de su maldición en su interior?

Luchaba siempre contra una marea inexorable que la arrastraba. Los muros de la mansión sangraban oscuridad que la rodeaba. Su eterna presencia no conocía lo efímero y se arraigaba. Solo había una sentencia justa dentro de su albedrío, bailar junto a ella por siempre sin caer en el abismo.

Nunca caería en el abismo de la oscuridad, había aprendido a bailar y dejarlo pasar. 

Las puertas de la mansión se cerraron y la poca luz que había se extinguió. ¿Y a ella qué le importaba si brillaba con luz propia? No temía aquella sensación tan opresiva que la ahogaba. Había aprendido que la mansión era una parte de su realidad.

La locura se cernía sobre ella constantemente como un animal salvaje que controlaba sus impulsos

Caminar en el abismo de aquella mansión era algo natural para ella, que no temía su oscuridad tan conocida y a la vez desesperante. El océano vesánico y el rumor de sus olas eran su melodía particular en la subjetividad del sufrimiento que cada uno esconde. Pero aquello ya no la atormentaba porque conocía la mansión a la perfección y sus escondrijos. Su interior se convertía en un inmenso espacio de creatividad. La oscuridad se convertía en exquisitas composiciones. No había motivo para temer lo que era parte de su genio creador aunque fuese algo que podría destruirla con el tiempo en su mansión de tortura.
Las pesadillas son parte de los sueños que moran en nuestro interior. Los artistas viven atormentados en su océano de oscuridad. Y aquella mansión representaba todo lo que odiaba de si misma y le permitía ser un ser creativo con un don para la escritura.

Destruir aquella mansión sería destruir su esencia y liberarse para siempre del dolor, pero no podía acabar con lo que amaba solo para no volver a ser torturada por su propia mente. Vivía la maldición de los genios condenados a existir en la oscuridad sacrificados a su mácula que los convertía en dioses...


Dedicado a los seres de Astralia. 

01 enero 2018

Deitys of Astralia III


Ganimedes

La niebla desdibujó el castillo y la catedral pero la luz de la piedra marcaba el camino. Oía la naturaleza y creía encontrarme en un jardín, no muy lejos del Edén, mi paraíso. El equilibrio interior era esencial para descubrir la armonía de Astralia y los mundos de fantasía de sus jardines. Imaginar la perfección la ocasionaba en realidad, por eso Astralia era tan bella y única desde su origen...

El jardín oculto tras la niebla estaba en ruinas pero aquello no le despojaba de su gran belleza. Un precioso santuario y unas fuentes destrozadas eran los testigos de la decadencia de aquel mundo. Y entre todas las piedras que yacían en la tierra se encontraba una de las piezas de mi puzzle rota. Solo un corazón puro podría volver a unirla y esos en la Astralia conocida ya no existían. Miré hacia lo más profundo de aquel hermoso mundo y entendí que en algún lugar de su inmensidad le encontraría y sería mío para siempre como lo era aquel jardín y todo su misterio. La neblina se cerró y me dejó a solas en la oscuridad buscando la luz...


Continuará...

The Girl and The Dreamcatcher

La luna brillaba en el firmamento dándole un aire de espectral belleza nacarada. La noche era fría y estaba despejada, pero el miedo le impedía ver a su alrededor. La sensación horrible que oprimía su pecho era una tortura de la que no podía escapar, y cuánto más pensaba en ella, más fuerte y angustiosa se tornaba en su interior. 
Sêdnä se arrebujó en su túnica aterciopelada de color azul cobalto. Templanza, sabiduría, virginidad, piedad, el cielo... Aquellas palabras no tenían ningún significado en ese instante, aquella dulce tonalidad no la hacía sentir mejor. Caminó hacia el pueblo más cercano en busca de refugio. Ella, la que anhelaba la soledad, la temía más que nunca.


Un pueblecito de casitas retorcidas le dio la bienvenida en la oscura noche, poco antes de los primeros rayos de sol del amanecer. No sabía hacia dónde ir, se sentía perdida, y era algo poco habitual en ella. Por no decir inusual. Caminar toda la noche la había dejado extenuada, ella, que adoraba el frío aire nocturno y no dormir. ¿Tanto habían consumido y cambiado los espíritus su alma?
No había nadie en derredor, el pueblo dormía. Ninguna luz en las casas, solo alguna chimenea iluminando el hogar. Ningún ser vivo al que pedir compañía, solo el lejano aullido de algunos lobos. La soledad perpetua que siempre la custodiaba. 

No se había dado cuenta de lo mucho que había avanzado entre las callejuelas de piedra hasta que vio una estatua que la dejó boquiabierta. En ella podía verse a una joven bellísima que parecía una diosa rodeada de magia. Al pie de la figura había unas palabras:

"Sêdnä, la bruja de Yör, 
poderes ocultos en su corazón"

Ya sabía que era venerada, pero no que su culto se extendiera tantas leguas. La figura no la representaba de todos modos, aquella joven era demasiado hermosa, sus ojos más grandes que los suyos y sonreía feliz. Y ella ya casi nunca sonreía...

La luz del amanecer iluminó su rostro tenuemente y la joven cerró los ojos. Estaba tan cansada...


Cuando abrió los ojos se encontraba recostada mirando a la estatua cubierta con su capucha y rodeada de niños pequeños que exhalaban pequeños grititos de emoción.

- ¡Mirad, mirad, se mueve!
- ¡No la asustéis!
- ¿La conocemos?
- ¡Mirad, mirad!

La joven se dio la vuelta con suavidad y se incorporó mientras la capucha se deslizaba por sus oscuros cabellos.

- ¡Ooh! ¡Es guapísima!

A Lady Blue se le escapó una sonrisa tímida. Qué dulces parecían.

- ¿Quién eres?
- ¡Es la diosa!
- ¡Es como una diosa!
- ¡Busquémosle unas flores!
- Niños, no la agobiéis, estará muerta de hambre...

Una señora de canosos cabellos castaños y ojos vivos que se le antojó muy simpática se agachó y le ofreció un poco de pan con miel y agua.

- No es gran cosa pero espero que te guste, es néctar de nuestras mejores flores, te ayudará a recuperar energías.

Algo en su tono de voz le hizo confiar en ella y tomó lo que le ofrecía. Estaba delicioso.

- Muchas gracias...
- Estarás helada. Ven a calentarte a la lumbre -dijo la mujer dándole la mano. Los ojos de Lady Blue se llenaron de lágrimas. Había olvidado lo que era la amabilidad.
- No llores, aquí estás a salvo.


Sêdnä se sentó en un pequeño taburete y se quitó la capa. Su vestido azul oscuro, al igual que su manto, estaban húmedos por el rocío nocturno. Le encantaba sentir la cálida sensación que le aportaba el fuego. Miró un poco a su alrededor y pudo ver muchas hierbas secas en tarros, calderos y libros polvorientos. Un altar con un pentagrama adornado con ramas, flores secas y flores azuladas y un símbolo con el árbol de la vida llamó su atención. Parecía el hogar de una practicante de Wicca.

- Espero que no te moleste, querida -dijo la señora ofreciéndole una infusión- Nuestras creencias son primordiales para nosotros y la naturaleza de las mismas no siempre es bien recibida... Muchos no entienden.

Qué le iba a decir a ella.

- Lo se, yo también respeto el culto -respondió la joven. La mujer la miró fijamente y sonrió complacida.
- Lo suponía. Tienes una mirada mágica y pura, tenías que ser de un linaje de poderosas brujas.

La joven, que en ese instante estaba bebiendo un sorbo de su cuenco, se atragantó. 

- ¡No te preocupes! -exclamó la mujer riendo- En este pueblo somos muy abiertos con la magia, no tememos su poder como esos incultos forasteros...
- ¿De verdad? -preguntó Sêdnä con los ojos brillantes.
- Pocos son los que poseen poderes reales en este lugar... pero se admira a los elegidos por los dioses para tener dones. 

Cada vez se sentía más a gusto en ese pueblecito.

- ¿Y qué sitio es este? ¿Dónde estamos?

La mujer sonrió.

- Ämsyar, el pueblo que viene y va, no tiene un lugar concreto en el que reposar -respondió misteriosamente.
- Ämsyar...

Le sonaba aquel nombre, pero no podía recordar de qué.

- Cuenta la leyenda que Ämsyar fue fundada por unos caballeros Luminarios -comenzó la mujer como si leyera sus pensamientos- en una época indeterminada muchos siglos atrás. Cuando la magia pura...
- ... reinaba por doquier. No ocultaban sus dones... 
- ... ni los temían. Exacto. Conoces la leyenda, por lo que veo...
- Si, se contaba en... mi pueblo. Pero allí no... No les gusta la magia. No existen las brujas...
- Excepto tu.

La joven se estremeció y se guareció tras el cuenco, fingiendo que bebía.

- Yo no...
- Tú no debes negarlo más. Ya has sufrido bastante.

Sêdnä la miró fijamente con un deje de tristeza. 

- No sé de qué me habláis...
- Tú eres...

Un grupo de niños irrumpió en la estancia con un montón de preciosas flores, tan bellas que casi parecían irreales. Muchas de ellas ni siquiera era capaz de reconocerlas.

- ¡Toma, Gran Diosa! ¡Es para ti! -exclamó emocionado uno de los niños dejando en su regazo un amuleto con el árbol de la vida tallado a mano en plata. Lady Blue lo tomó en sus manos y lo hizo brillar moviéndolo cerca del fuego.
- Gracias... pero no soy una diosa. No me lo merezco -dijo tendiéndoselo de vuelta.
- ¡Es un regalo! No lo rechaces... -pidió una niña de bucles dorados con un puchero. La joven rio y se lo anudó al cuello.
- ¡La diosa está guapísima! ¡Qué suerte que nos haya visitado! -exclamó otro de los niños. Ella solo se sonrojó.
- Dejadnos a solas un momento, pequeños. La diosa debe recuperar la memoria antes de mostrarse al mundo tal y como es.
- ¡Bella y poderosa! -dijeron ellos con alegría.
- ¡Así es! ¡Vamos, vamos! ¡Coged uno de los dulces de mandrágora cuando salgáis, lo estáis deseando! -ofreció la mujer entre risas.

Sêdna se sentía arropada por todo el cariño que se demostraban unos a otros y pudo ver a un grupo de curiosos mirando al interior de la casa desde la puerta abierta. Cuando les devolvió la mirada parecieron muy alegres y halagados. Volvió a sonreír con sinceridad.

- ¿Por qué creéis que soy especial? Solo soy una joven perdida... buscando su lugar... -murmuró para sí.
- Eres más que eso, realmente eres especial -corroboró la mujer mientras cerraba la puerta- Eres Sêdnä, la bruja de Yör.

Por una vez en mucho tiempo no le molestó que se refiriesen a ella por su nombre terrenal.

- Yo... no lo soy... Solo... Quizá me parezco un poco... -trató de justificarse.
- Ojos verdes, pelo oscuro, grandiosos dones y poderes. Más allá de lo imaginable. Pero has jugado con lo prohibido, pequeña, porque te han impuesto una soledad a la que no debías estar destinada.

La joven guardó silencio sintiéndose culpable.

- El velo nunca debió rasgarse pero nadie te culpa por tu atrevimiento. Eres sabia -dijo ignorando la mueca de dolor de Sêdnä- y debes enmendar tu error. Nosotros, con nuestra fuerza, te ayudaremos si nos lo permites, pequeña diosa.

Lady Blue no sabía qué decir.

- Te esperaremos junto a la estatua cuando estés preparada. Ahora, pequeña diosa, debes descansar. Tu dolor aquí no tiene lugar.

Sêdnä sintió que se le cerraban los ojos y caía en un mullido colchón dormida. 



Dedicado a Sedna, ¡feliz cumpleaños guapísima!