18 octubre 2017

The Ivy Wood


(Eres mío en el silencio)

Cuenta una vieja leyenda que en el Bosque Hiedra
se iluminan con la luz de las estrellas..
Cuenta una vieja leyenda que hadas y ninfas
con sus hechizos a todos los cautivan..
Y cuenta una vieja leyenda que en lo más remoto
de aquel Bosque existe una bella flor de oro..
Dice la vieja leyenda que quien se la encuentra
cae presa del conjuro... y erra..
Cuenta una vieja leyenda que pierde el camino
y nunca jamás encuentra.. su sino..
Y dice la vieja leyenda que la Bruja Negra
empozoña su tierra...

...

Era una antigua doncella de la corte
bella y silenciosa, aristócrata y noble
sangre de bruja, maldita ondina y dulce adivina
una flor delicada que perdió su inocencia muriendo en el Bosque...

...

Su funeral fue una tarde ominosa
la marcha fúnebre lenta y triste por su espíritu...

.

Cuenta una vieja leyenda que abrió los ojos
y se despertó convertida en reina..
Dicen que vive en el Bosque muerta y ha perdido
la belleza y sentido en el más allá...

Dulce espíritu
Por Siempre

Cuenta una vieja leyenda que el Bosque de Hiedra
embruja en las noches de luna llena..
Cuenta una vieja leyenda que el espíritu de la joven...

El Bardo guardó silencio y se retiró cuando su señora le dispensó del salón. La mujer había perdido a su hija por la maldición de la Bruja Negra hacia ya algunos años por esa época y el otoño siempre le recordaba a ella... Su noble linaje estaba condenado desde que se había descubierto que su vástago tenía poderes que no provenían de los cielos y los dones del altísimo...

Las sacerdotisas trataron de llevársela. Las ninfas quisieron secuestrarla. Los elfos pedían su mano. Para las brujas su don no era pagano... La magia la consumía en su interior, quería liberarse y regresar al Bosque. Por eso un día sus pasos la llevaron a ese lugar, donde había de terminar para empezar... La encontraron las ondinas, tratando de acabar con su vida. La recogieron y la cuidaron, la acogieron y la honraron. La joven no se sentía especial, su don era una maldición... abominable. Ella solo quería reinar y vivir en libertad y armonía con la naturaleza que la había elegido para ser diferente en la corte... Las ninfas le contaron el secreto oculto de su estirpe. La sangre de la bruja corría por sus venas las noche de luna llena... Y si buscaba la flor de oro la brujería la abandonaría y podría regresar con su familia... Las ninfas la engañaron. Lejos se la llevaron. La flor no existía. No como ella quería... La encerró su conjuro en las fauces de lo oscuro... Perdió su espíritu, su belleza... su inocencia y su vida para convertirse en la reina del Bosque Hiedra, con las dríadas y las nereidas...

Se convirtió en la Bruja Negra, reina del bosque... por siempre jamás. Su estirpe maldita por una ondina y antigua brujería... ancestral. El silencio del Bosque se volvió su aliado secreto por culpa de las ninfas que la habían condenado... Y creó una corte de enemigos y magia tan lujosa y poderosa como la de su castillo, donde era la reina...
Cada vez se olvidaba más de su belleza y juventud porque la bruja de su interior reclamaba su don y su espíritu... Y en las noches más oscuras cuando las ninfas no la ven visita su propia tumba...

Dulce espíritu
Por Siempre

Existe una forma de liberarla de su maldición... Un auténtico beso de amor de su otro corazón, al que espera en la oscuridad del Bosque oculta al que es suyo en el silencio... por siempre.


Dedicado a Alex, por compartir un mismo amor, xdd. 

09 octubre 2017

Aphrodisiac Aphrodite

Despertarse con el sonido del mar era una delicia. Con el picoteo de una gaviota en sus pies, no. Märga abrió los ojos de golpe y espantó al pájaro, que había dejado un atún en su huida y graznaba asustado. ¿Pero qué..?

- No, ahora no... Luego, luego... 

Princesa por sorpresa murmuraba en sueños y soltaba unas risitas... peculiares... Sí, las llamaría "peculiares" en su mente, mejor. La meiga salió del refugio, se estiró y contempló el océano. Se sentía diferente, más ligera, y le dolía el cuello. Pero con una felicidad y paz interior que no era capaz de entender ni describir. ¿Tendría que ver con lo ocurrido el día anterior? Quizá simplemente con encontrarse en el bello Êdimbürgh en silencio mientras todos dormían, sin preocupaciones por el momento, sin que el alba hubiese despuntado del todo... Tal vez el brujo sin nombre le había concedido el don de la poesía...

- Ay, sí... No, no, no...

Märga rodó los ojos. Mejor se alejaba un rato mientras Princesa seguía soñando...


Cuando tiempo más tarde el Clan siniestro se despertó la meiga no estaba con ellos.

- ¿Veis? ¡La habéis espantado! -sollozó Polvo de la Galleta, que ya se veía siendo mujer durante el resto de su vida.
- Que no, que habrá ido a tomar un baño o refrescarse...
- ¿Cómo podéis saberlo? ¡Le estamos dando muchos problemas!
- Sí -coincidió Chico-chica- viajar con nosotros no ha resultado fácil por los hechizos de esa bruja, pero a partir de ahora todo irá mejor. Cumpliremos esa promesa, recuperarás tu cuerpo original y la pobre meiga podrá vivir en paz y dedicarse a sus quehaceres -le consoló.

La meiga, que acababa de llegar al refugio y no había podido resistir la tentación de escuchar a hurtadillas lo que estaban diciendo, se emocionó. ¡Eran encantadores! Soltó una lagrimilla y se la enjugó. ¡Qué chenchible estaba!

- Hola, chicos -saludó- solo estaba paseando por los alrededores, respirando el aire del océano...
- ¡Quiero mi cuerpo! ¡Ya! ¡Por favor, no puedo seguir así! -casi lloró Polvo de Galleta.
- Tú eres una meiga y ayudas a la gente... -dijo el novio de Princesa con un cierto tono crítico. ¡A ver si no eran tan sensibles como parecían!
- No pasa nada, hoy mismo resuelvo el favor de Pänsy y todos como siempre. Solo procurad que no os embrujen para no perder más tiempo... -contestó con una pizca de ironía. 
- ¡Oh..!
- ¡Ssshh! Tiene razón... -asintió El doble de chico-chica.

Tras recoger el refugio y desayunar unos bollos de almendras conjurados por la meiga aunque el Clan siniestro le rogara chocolate, comenzaron la caminata.

- No entiendo por qué tenemos que subir esta montaña...
- ¡Por favor! ¡Que solo es un montículo! ¡Un valle! Digo... ¡una colina!
- Para mí es como una cumbre escarpada... -farfulló Km3.
- Si desayunarais con más energía...
- ¿Eres meiga o..?

Märga le echó una mirada a Chico-chica, que cerró la boca al punto.

- ¡No os metáis con ella! Todos estamos agotados por tanta aventura, pero pronto acabará. Solo un último esfuerzo.

Pero qué exagerados, se nota que no están de caminar... -pensó Märga contemplando el pequeñísimo montículo que estaban subiendo cuesta arriba.

- ¿Por qué no quieres contarnos en qué consiste ese favor?

La meiga se detuvo y los amigos se pararon junto a ella, respirando con fuerza y observándola con cautela por si desataba su ira.

- Princesa...
- ¿Princesa..?
- ¡Son nombres en clave! Secretos...
- Responde.

Märga les miró uno a uno y suspiró exasperada.

- Prefiero no contároslo hasta que sea totalmente imprescindible... Lo que ocurrirá en breve.
- ¿Cuál es la razón? -preguntó El doble de chico-chica.
- Es... algo humillante.
- ¿Para todos o solo para ti? -cuestionó Princesa por sorpresa.
- Para todos, me temo... Extraño, no puedo decir más. Prosigamos.

Cuando llegaron a la cúspide, Märga les señaló el valle que se extendía bajo sus pies. 

- ¡Oooh! ¡Se parece al valle de la bruja! -exclamó Polvo.
- En parte lo es. Ese valle existe a lo largo y ancho de todo el mundo, réplica tras réplica pero cada uno tiene su propia idiosincrasia. 
- No he entendido nada... -murmuró Km3.
- Que todos esos valles son únicos y especiales aunque sean la réplica del valle de Pänsy -explicó la meiga.
- ¿Y qué tiene este de particular?
- Una flor blanca o roja llamada Ëdeweiss...
- ¿"Edelweiss"? ¿No crecen en la alta montaña?
- "Ëdeweiss", la Afrodita Afrodisiaca-matizó Märga- una flor que...
- ¡Nos estamos yendo del argumento principal! -volvió a exclamar Polvo de Galleta.
- ¡En absoluto! Cuando consigamos la flor...
- ¡Quiero, no, ¡necesito! mi cuerpo! -rugió Polvo al borde de las lágrimas.
- ¿Por qué tanto empeño?
- ¡La naturaleza! -gimoteó el chico, rindiéndose.

Ooops. ¡Ay, pobre! Märga no sabía si reír o llorar. Qué extraño que el hechizo estuviera tan perfeccionado... Ella de momento no... ¡Brrrr! Prefería ni pensarlo.

- Tranquilo... cuando consigamos esa flor...
- ¡Vamos!
- ¡Al próximo que hable cuando digo "flor" acabará probando uno de mis hechizos!

Los chicos se disculparon al unísono por interrumpirla constantemente y se dispusieron a escucharla.

- Cuando se encuentra la flor -dijo haciendo énfasis y callando un segundo para después continuar- no se puede recoger simplemente. Se requiere un poderosísimo hechizo para romper su bendición. 
- ¿Su "bendición"? ¡No será su "maldición"? ¡No me conjuréis, os lo ruego! -imploró Chico-chica.
- Está bien -rió Märga. No, tiene una bendición de las ninfas y ondinas que no permite retirarlo del valle, pero si la anulamos entonces podremos dársela a Pänsy.
- ¿Todo este rollo por una simple flor? -preguntó Km3.
- Bueno... no es solo eso... 
- ¿Qué tiene de especial?
- Pues resulta que... como os lo diría...
- Oh, oh... ¿Ëdeweiss decís? 

Polvo de Galleta parecía haber caído en la cuenta de algo de suma importancia.

- Si...
- Estamos apañados...
- ¡Dejaos de misterios y explicádnoslo de una vez! -apuró Chico-chica.
- La flor viene con una promesa de amor. Quien la libere hará que se convierta en un hombre apuesto y se enamore de una dama... Y este hombre tiene un nombre: Absalón. 
- ¿La bruja quiere un... amante?

Las risitas hicieron eco por doquier.

- No... bueno, sí... Es complicado.
- ¿Y humillante por qué? Bueno, más allá de no poder encontrar un pretendiente por ti mismo... ¿o ya se conocían?
- Es que a ver... Como os lo digo...
- Es complicado... -la apoyó Polvo.
- Muchísimo. La flor, el hombre -aclaró- a su vez está maldito por las ninfas.
- ¿Maldito o bendito?

¡Cuántas preguntas aquella mañana!

- La flor se convierte en hombre, viene con la bendición del amor eterno pero maldición por las ninfas, que han convertido a un hombre en flor.
- Un manflorita...
- ¿Quién ha dicho eso?
- Los espíritus de este valle...

Tras un instante en el que miraron a su alrededor sin ver ni sentir nada, Märga carraspeó.

- Y el hombre viene desnudo.
- ¡Uhm! -exclamó Princesa para disgusto de su novio.
- Y eso es importante por que...
- Por que... No se le puede vestir, no podemos actuar sobre él más allá de los hechizos que porta consigo.
- Surrealista... -admiró Polvo de Galleta.
- ¡Ya te digo! -corroboró El doble de chico-chica.
- ¿Y cuál es el truco? ¿Qué te ha pedido exactamente Pänsy?
- Llevarlo a su valle... 
- ¡Sin transporte! -chilló Princesa, no se sabía si emocionada o conmocionada.
- ¡Cuánto tendremos que andar! -lamentó Km3 por su parte.
- A mí me preocuparía más lo de que tengamos que ir por el mundo con Absalón... -empezó la meiga.
- ... ¡como lo han traído al mundo! -completó Polvo.
- ¡Eso, Polvo!
- Inaudito... -suspiró el novio de Princesa por sorpresa.
- ¿Entendéis ahora lo que ocurre? -preguntó Märga en un suspiro.


Dedicado a Marga, ¡feliz cumpleaños guapísima!

01 octubre 2017

Hydra

El viaje cada vez era más silencioso. Prôed, de mal humor pensando en qué tenía el otro elegido para ser considerado mejor que él por la Diosa. Lêandrö, luchando contra sus demonios y el ardiente amor que profesaba en secreto a la sacerdotisa. Y pensando en la brújula y cuando podría examinar con tranquilidad el libro de nácar para saber interpretarla. Pero sobre todo, en la hechicera... 

Prôed daba vueltas entre sus dedos al anillo de ópalos mientras cabalgaba. No entendía por qué el príncipe de los Leonîdas... 

- ¿Y esa bruma? -rompió el silencio provocando que Lêandrö diera un respingo.

Una niebla densa y opaca les rodeó repentinamente y una figura femenina empezó a formarse en ella. Los ojos de Lêandrö brillaron esperando que fuera su amada, pero la decepción se vio claramente reflejada en su rostro cuando en su lugar apareció una joven menuda y rubia de tez pálida como un rayo de luna y ojos verdes casi transparentes.

- Bienvenidos, elegidos. Las tierras de Möryew os esperan para dar respuesta a las preguntas que atenazan vuestro corazón -dijo con voz etérea abriendo los brazos.
- ¿Möryew? Pero eso está al sur... 
- Iremos con vos, señorita -sonrió Lêandrö.
- ¿Ahora vamos donde tú dices? -se molestó Prôed.
- Claro, socio, así verás que ambos somos elegidos y dejarás de estar tan serio... echo de menos a mi amigo divertido que solo montaba en Cólera, su caballo, no en ira... -dijo susurrando las últimas palabras.
- Ese chascarrillo ya está muy gastado. Está bien, iremos de todas formas, pero solo para entender las profecías y qué pinto yo aquí...
- Socio... -suspiró Lêandrö.


Desviarse hasta Möryew les llevó dos largos días en los que Prôed hablaba entre dientes y Lêandrö se perdía en sus ensoñaciones de enamorado. La noche previa a su llegada fue capaz de encontrar un rato para él cuando Prôed decidió irse de paseo a inspeccionar los aledaños -según la teoría de Lêandrö para acudir a "la naturaleza"- y por fin abrió el libro de nácar. En un principio las páginas emitieron una luz cegadora que le dejó sin visión y lo cerró de golpe.

- ¡Increíble!
- ¿Y esa luz? -oyó en la lejanía con voz de esfuerzo a su compañero. 
- ¡Nada, una llamarada del fuego! -exclamó riendo para sus adentros. Volvió a coger el libro, lo envolvió en su capa y lo abrió de nuevo. Las páginas estaban tan negras que no leía nada. Lo sacó de la capa y volvió a emitir su luz.
- ¿Otra... llamarada? 
- ¡Si! ¡Tranquilo, socio, todo bien! ¡Ánimo! -volvió a reírse con los gruñidos que contestó su amigo.

Parecía que el libro brillaba con la luz de la luna pero no era capaz de leer nada si lo cubría... ¿entonces cuál sería la forma adecuada de poder ver su contenido? Por los ruidos que oía no tenía tiempo de descifrarlo aquella noche, así que lo dejaría para después. Quizá en Möryew tuvieran la solución a la incógnita...


La noche transcurrió sin percances salvo una llamarada real del fuego, que crepitó con fuerza al contacto con algún animal que arrojó algo en él -probablemente unas hojas- y Lêandrö se maravilló con las luciérnagas que se veían en la penumbra. El heredero al trono de Nrym le ignoró y se dio la vuelta en su lecho, para desasosiego del otro. 

Al día siguiente, con las primeras luces del alba, los dos guerreros recogieron sus enseres y se dirigieron al enclave mágico en busca del templo de las profecías. No tuvieron que buscar mucho tiempo porque la sacerdotisa que se les había aparecido fue a su encuentro con una gran sonrisa y una mirada misteriosa en sus ojos traslúcidos. 

- Bienvenidos, elegidos. La Gran Señora os espera.
- ¿La Diosa? -preguntaron los jóvenes al unísono.
- Si -dijo simplemente la sacerdotisa.

Imposible. ¿Cómo iba a estar allí la Gran Diosa entre los mortales?

Siguieron a la sacerdotisa hasta el templo, donde la Suma Sacerdotisa, una anciana hermosa en su vejez, de vivos ojos castaños y cabello largo y perlado, les esperaba junto a una niña palidísima cuya tez parecía la luna y cuyos cabellos cobrizos y ojos oscuros brillaban con luz propia como el fulgor del amanecer.

- La Gran Diosa espera vuestra audiencia. Sus palabras escritas en el templo revelarán hechos de suma importancia para vuestro futuro -dijo la Suma Sacerdotisa.
- ¡Ah! -exclamó Lêandrö, que había entendido. No era la Diosa en persona, solo sus palabras en el reino mortal. Prôed no podía creer el poco saber estar de su compañero.
- Gracias, Señora. Leeremos con honor y sabiduría a la Gran Señora.
- Eso, eso. 

¿En serio? ¿Quién se creía, aunque tuviera ya tres símbolos? El señor de las tierras de Kyrien no daba crédito a su actitud ni a cómo de repente paseaba por el templo como si se tratase de su propio hogar, tocando sin pudor los muros donde la Diosa inscribía su saber. La Suma Sacerdotisa no parecía darle importancia, al igual que el resto de las hermanas. Seguro que era porque era elegido... El Elegido, no como él, que era un mindundi.

- ¿En qué pensáis? ¿Qué caviláis con tanta profundidad?

Ahora la niña le hablaba de forma elegante y enrevesada y le hacía parecer aún más tonto de lo que se sentía. Le hacía sentir más tonto de lo que parecía. Le hubiera gustado pronunciar algo hiriente pero los ojos de aquella pequeña le cautivaban y no podía odiarla. Le resultaba familiar...

- Solo meditaba antes de leer los designios de nuestra Señora. ¿Quién sois?

El rudo en ese momento era él, pero Lêandrö se subía a las rocas y salientes de las columnas buscando escondrijos secretos y no se le tomaba por iluminado. Un poco de tosquedad no haría daño a nadie y así desahogaba su frustración.

- Mi nombre no lo recuerdo, mis dones se lo han llevado...
- ¿Uhm..?
- Esta niña, a la que hemos bautizado como Enya, se encontraba perdida en la montaña cuando nuestra hermana la acogió. Era tan solo un bebé, no tendría más de dos años, y lleva con nosotros desde entonces.

Los ojos de Prôed se humedecieron. Él había perdido a una hermana, secuestrada cuando la guerra les obligó a alejar a mujeres y niños de Kyrien, hacía pocos años. A su regreso, la nodriza había relatado la historia de cómo unos hombres la habían arrebatado de su lado por la fuerza y a ella la habían... No quería pensar en ello. Miró a la niña y sonrió. "Pequeño fuego" era un nombre perfecto para ella.

- ¿Y qué dones posee?
- ¡Mira Prô! ¡Profecías! ¡Prô-fecías!

El guerrero prefirió ignorar al otro elegido y miró a la Suma Sacerdotisa.

- Los elementos no le son ajenos, su clarividencia es extremadamente fina... No recuerda su nombre pero puede ver el pasado y el futuro de los hombres, aunque no el suyo propio. Creemos que algo horrible le sucedió para hallarse abandonada en aquel lugar inhóspito, y su mente ha renunciado al dolor para salvar a otros de la desdicha.
Tanta grandilocuencia le cansaba y no estaba de humor, así que se limitó a sonreír y disculparse para ir con su compañero a ver el templo y esas respuestas prometidas a sus interrogantes.

- ¡Por fin vienes! Mira, no se entiende nada.

Lêandrö señaló a los muros, adornados de preciosos símbolos indescifrables.

- Solo las sacerdotisas pueden, no los entendidos en el arte de la guerra o los hombres comunes -explicó la niña apareciendo a su lado y tomando la mano de Prôed para su sorpresa.
- ¿Y cómo sabremos..?
- Tú no. Él sí.

Ambos se miraron. La niña solo miraba a Prôed.

- ¿Qué quieres decir?
- Nuestros corazones están unidos por la distancia. Tú eres El Elegido, solo tú te mantienes cuerdo. Bajo él -señaló a Lêandrö- pesa la marca de la muerte, del sino, de la que le roba el hálito de vida y provocará que la muerte sea tu amiga.
- No te entiendo, niña misteriosa. Habla claro -exigió Lêandrö sintiéndose ofendido por lo de que no estaba cuerdo y sin entender bien todo el resto.
- Tú sabes a qué me refiero. Su cuerpo domina tu mente.
- ¡La sacerdotisa! ¡La..!
- ¡Cállate! -bramó el príncipe- ¡No oseis insultar el nombre de mi dama!

La niña se balanceó sobre un pie y sonrió a Prôed tirando suavemente de su mano.

- ¿Ves? Es un peligro, no está cuerdo. Y sin embargo, os necesitáis mutuamente para completar la misión. Pero no sé si tú la acabarás, tus pasos lo decidirán.
- ¡Oye niña! ¡Que yo no soy un asesino!
- Elige una profecía.
- ¿Cómo?

La pequeña señaló a los muros del templo.

- Elige una profecía.
- No se leerlas. No puedo -trató de justificarse el príncipe, que por alguna razón que parecía lejos de su verdadera voluntad sentía que no debía elegir ninguna. ¿Qué le aconsejaría su hermosa señora, cuál escogería ella?
- La descifraremos para ti. Los sabios la inscribirán para la posteridad. ¿Puedes encontrar la nueva profecía de la Diosa? Elige una.

Lêandrö no sabía bien cómo hacer. Cerró los ojos, trató de inspirarse y tras dar unos pasos, escogió una corta profecía de dos líneas.

- Ahora tú.

El señor de Kyrien caminó por el templo con la niña esperándole en el punto donde la había dejado y tras mucho pensar eligió una de seis líneas.

- Mis hermanas las descrifrarán y vuestras elecciones os guiarán hacia la verdad.
- Hermanas... -murmuró Prôed mirándola.


Dedicado a Leandro y Pedro, ¡feliz cumpleaños chavales!